Alfredo Acosta Zapata, nuevo ministro de Igualdad y Equidad. Foto: MinIgualdad.
En entrevista con CAMBIO, el nuevo ministro de Igualdad y Equidad reflexiona sobre la violencia física y verbal en Colombia: “Nos ha llevado a cometer acciones que nunca debieron ocurrir, como me pasó a mí con el sargento del Ejército Nacional Rodrigo García. Por eso me arrepiento”.
Por: Armando Neira
Muy pocos colombianos pueden decir, como Alfredo Acosta Zapata, nuevo ministro de Igualdad y Equidad, que han recorrido el país a pie, de occidente a oriente y de sur a norte. Como coordinador nacional de la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC), durante 14 años ha ido de aquí para allá con su bastón de mando, defendiendo la diversidad étnica y la gestión autónoma de los territorios indígenas, en medio de una confrontación armada de la cual también ha sido víctima: a su padre lo desapareció la entonces guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).
Aunque en los círculos políticos tradicionales su nombre era poco conocido, para los movimientos indígenas es una de sus figuras más importantes. Su rostro se hizo viral en 2012, cuando maltrató al sargento del Ejército Nacional Rodrigo García, en Toribío, Cauca. También fue uno de los indígenas que se internó, en 2023, en la profundidad de la selva para rescatar con éxito a los hermanitos Mucutuy, sobrevivientes de un accidente aéreo. En esa ocasión hubo abrazos y lágrimas de emoción con los militares. Ahora, el presidente Gustavo Petro lo llevó al gabinete, y por eso CAMBIO lo entrevistó.
CAMBIO: ¿Qué significa para usted y para el movimiento indígena su llegada al Ministerio de la Igualdad?
ALFREDO ACOSTA ZAPATA: No llego yo. Esta decisión del presidente Petro me trasciende, porque en realidad llegan los pueblos, las comunidades, los mayores, los ancestros, la dignidad, el respeto y la honestidad a esa casa que es el ministerio.
CAMBIO: ¿Se avanza como sociedad con su nombramiento?
A. A. Z.: Siempre hemos dicho que hay que ser equitativos, igualitarios. Eso nos lo enseñaron nuestros abuelos; es la palabra del mayor, de los ancestros, que por muchas circunstancias estuvo oculta y que ahora se hace más visible. Creo que eso es lo que llega y así avanzamos.
CAMBIO: ¿Cómo perciben en los territorios su llegada al ministerio?
A. A. Z.: Con mucha esperanza. Sobre todo, la gente de las orillas me dice: “Por fin llegó alguien que nos conoce”. Es muy importante dar pasos para conocernos como país.
CAMBIO: A propósito, usted sí puede decir: “Yo sí conozco a Colombia”...
A. A. Z.: Es un hermoso privilegio. He recorrido este país en todas sus geografías. Por mi trabajo en la guardia indígena he ido a todos los departamentos y regiones, lugares a los que muchos no han podido llegar. Ojalá algún día todos los colombianos pudieran conocerlos; sería muy emocionante.
CAMBIO: ¿Cómo han sido esos viajes?
A. A. Z.: He recorrido el país a pie, en mula, en lancha, en canoa, en avión. Recuerdo subiendo al alto del río Andágueda: iba en una mula que se cansó, se enterró en el barro y no quiso seguir. Tuve que continuar a pie. Fue muy duro, pero al mismo tiempo ver tanta vida en ese paraíso es algo indescriptible. Allí viven más de 9.000 indígenas del pueblo embera katío, del resguardo Tahamí. Han sufrido mucho por la presencia de grupos armados. Cientos de ellos hoy están en las ciudades, sobre el asfalto, lejos de su escenario natural, que les pertenece.
CAMBIO: Usted llega a un punto de esos territorios, se detiene y mira. ¿Qué ve?
A. A. Z.: Nuestra tierra, nuestro espacio. Es imponente, rica, diversa, un regalo. He respirado el aire de los Llanos Orientales, he subido a la Sierra Nevada, he entrado a la Amazonía, y así he comprendido nuestra riqueza y aprendido a conocer el territorio.
CAMBIO: Colombia es un país rico por su diversidad geográfica, ecosistémica y cultural. ¿Cuántos pueblos indígenas hay?
A. A. Z.: En Colombia hay 116 pueblos indígenas, más de 850 comunidades y más de 1.100 resguardos. El último censo decía que éramos 2.800.000 personas, pero creo que estuvo mal hecho. Calculo que hoy somos cerca de 3.500.000.
CAMBIO: Otro tesoro es la diversidad lingüística. ¿Cuántas lenguas indígenas existen?
A. A. Z.: Tenemos 64 lenguas indígenas.
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CAMBIO: ¿Se mantienen intactas?
A. A. Z.: No. Hay lenguas que se están perdiendo porque los pueblos que las hablaban fueron desplazados por la guerra. Por ejemplo, el idioma de los puinaves y el de los coconuco se perdió. El kankuamo y el muisca están en proceso de recuperación. Otros pueblos están desapareciendo por el conflicto. Es una lástima, porque con cada lengua se pierde conocimiento. Para que exista un idioma debe existir un espacio.
CAMBIO: ¿Hay pueblos que no solo hayan perdido su idioma, sino que hayan sido extinguidos físicamente?
A. A. Z.: Sí. Hay pueblos que están a punto de sufrir un genocidio. La guerra los está matando. Si desaparecen, no pierden solo ellos, perdemos todos.
CAMBIO: ¿Por qué seguimos atrapados en la violencia?
A. A. Z.: La guerra tiene muchas causas, pero también es un problema de necesidades básicas insatisfechas: alimentación, educación. Si una persona solo sabe usar un arma y no le sacan el fusil del corazón, la reconciliación fracasa. Se necesita educación y condiciones de vida dignas.
CAMBIO: Usted participó en el proceso de paz con las Farc. ¿Cuál fue su labor?
A. A. Z.: Acompañé a las comunidades para explicar qué significaba el proceso de paz, haciendo pedagogía. Desde la ONIC y la guardia indígena exigimos un capítulo étnico, porque el conflicto afectó de manera desproporcionada a pueblos indígenas y afrodescendientes. Tras el acuerdo, la reconciliación no llegó como se esperaba y seguimos en una situación dolorosa.
CAMBIO: Además de la violencia, Colombia sufre por el racismo. ¿Qué piensa de eso?
A. A. Z.: Es producto del desconocimiento. El sistema educativo no invita a conocer al otro, y eso genera segregación. Es necesario acercarnos más, escucharnos, mirarnos a los ojos.
CAMBIO: ¿Por qué cree que la palabra ‘indio’ se usa de forma despectiva?
A. A. Z.: Es una herencia de la colonización. Se transmitió que el indígena no sabe, que es salvaje. Y se quedó la palabra indio, que ni siquiera es nuestra porque nosotros somos pueblos originarios, gente de la tierra. Y en su contenido para muchos, claro, está equivocada porque el indígena sabe cultivar, proteger y cuidar la vida. Esa palabra con ánimo despectivo hace daño, la violencias verbal hace tanto daño como la física.
CAMBIO: Usted es nasa. ¿Cómo es su pueblo?
A. A. Z.: Somos el segundo pueblo más numeroso después de los wayuu. Antes nos llamaban paeces. Nasa significa “gente de la tierra”. Tenemos un profundo respeto por ella.
CAMBIO: ¿Tiene esposa?
A. A. Z.: Tuve. Adriana Aguilar, una misionera laica. Murió hace 20 años; tenía 38 años. Me dejó dos hijos; después tuve otros. En total son cinco hijos. Cuando ella partió, tuve que esforzarme para hacer mi trabajo con la comunidad y seguir adelante en mi formación. Dormía poco, pero valió la pena, porque he tenido una vida plena.
CAMBIO: ¿Qué estudios tiene?
A. A. Z.: Soy bachiller pedagógico. Estudié pedagogía y educación bilingüe con mi lengua. He sido profesor, formador y defensor de derechos humanos. No tengo título universitario, pero mi título es la vida y la defensa de la tierra.
CAMBIO: Tras su nombramiento, hubo quienes lo criticaron por no tener título universitario. ¿Qué les responde a esas personas?
A. A. Z.: Que me conozcan antes de juzgar. El problema es que no nos conocemos como colombianos y, desde el inicio, tendemos a ser negativos con el otro, sin saber quién es, qué experiencia tiene, si sabe o no guíar a una comunidad.
CAMBIO: ¿Pero cree que el título es importante?
A. A. Z.: Yo he estado dando clases a jóvenes en la Universidad de los Andes y les he dicho que quienes van a tener un título deben usarlo para proteger la vida, la diversidad y el conocimiento de nuestros ancestros, de dónde venimos; si no, no sirve.
CAMBIO: Sin experiencia administrativa, ¿cómo va a afrontar el manejo del ministerio?
A. A. Z.: Con trabajo colectivo. Tengo un equipo valioso. Hay que lograr articulación entre el ministerio, el fondo y la fiducia. Sin coordinación, los procesos se paralizan. Cuando llegué, me di cuenta de que hay oficinas que no se comunican entre sí; eso explica la baja ejecución. Debemos comprender que estamos de paso y que nos debemos a la sociedad, por eso hay que trabajar de manera conjunta.
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CAMBIO: ¿Por qué cree que llegamos a niveles tan altos de confrontación?
A. A. Z.: Porque no hemos hecho una catarsis del dolor. Ha habido muchos muertos y muchos silencios, y no hemos conversado lo suficiente. El miedo nos ha separado y, al separarnos, no hay puentes, sino tensión. Esa cultura de la violencia hay que sacarla del corazón.
CAMBIO: Usted también ha sido víctima de la violencia. A su padre lo desaparecieron las Farc. ¿Cómo fue eso?
A. A. Z.: Sí. En 1984, por los lados del Naya. Se llamaba Moisés Acosta y era mestizo afro. Yo tenía entonces ocho años. Fuimos a buscarlo, pero no lo encontramos. El tiempo pasó. Mi mamá, Ana Tulia, que era nasa, siguió buscándolo en la zona. Luego se enfermó. Cuando estaba muriendo, yo le decía: “Mamá, váyase tranquila, usted se va a encontrar con mi papá”. Eso marca profundamente a una persona y me marcó mucho a mí.
CAMBIO: ¿Qué hizo entonces usted?
A. A. Z.: Decidí perdonar. ¿Qué podía hacer? Irme de paramilitar, buscar venganza mientras les preguntaba a los responsables: ¿por qué a mi familia, por qué a nosotros, y buscar a los miembros de las Farc para eliminarlos? Pero esa no es la respuesta. Entré a la guardia indígena, tomé mi bastón de mando y decidí que mi vida debía tener un sentido apostándole a la paz. Ahora, con la Comisión de la Verdad, estamos tratando de ver si encontramos los restos de mi papá, como una forma de sanación, para que mi mamá y mi papá estén bien y se reencuentren para siempre.
CAMBIO: ¿La guardia indígena aleja a sus integrantes de la confrontación armada?
A. A. Z.: Así es. Nosotros decidimos coger el bastón, no el fusil. Apostamos por la paz. La guardia indígena tiene más de 129.000 integrantes y eso ha salvado a muchos jóvenes del reclutamiento. Nos protegemos entre todos. Si ellos no estuvieran allí, seguramente ya habrían sido reclutados por grupos armados ilegales. No portamos armas porque las armas nos han destruido.
CAMBIO: ¿Para usted qué significa el bastón?
A. A. Z.: El bastón simboliza la dignidad y una propuesta de vida. Frente al fusil, el bastón propone armonía. Colombia necesita armonizarse. El bastón nos protege.
CAMBIO: Usted le ha pedido perdón al sargento del Ejército Nacional Rodrigo García por lo sucedido hace unos años en Toribío, Cauca. Al volver la vista atrás, ¿por qué cree que se llegó a ese extremo?
A. A. Z.: Como le he dicho, porque en nuestros corazones está muy arraigada la cultura de la violencia. Él sufría por su honor militar y yo sufría porque estaban agrediendo a la Madre Tierra. Yo vi al sargento llorar, pero a mí nadie me vio llorar. Solo me senté a llorar, reprochándome por cómo lo habíamos tratado, cuando ellos estaban cumpliendo con su deber. Debo decir que nunca usaron las armas, nunca dispararon. Por eso me arrepiento y le vuelvo a pedir perdón, en nombre mío y de la guardia.
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CAMBIO: ¿Qué enseñanza le dejó esa situación?
A. A. Z.: Que la intolerancia no es el camino. Le cuento la historia completa: la noche anterior estuvimos compartiendo la olla en Berlín, preparando aguapanela y compartiendo pan. Los soldados estaban muy felices porque la guardia había llegado. Pero al día siguiente ocurrió esa confrontación que finalmente nos llevó a esas situaciones. Imagino el dolor de su señora madre, tan grande como el de la mía, viendo a dos hermanos pelear.
CAMBIO: Llega usted ahora al ministerio, pero tiene muy poco tiempo. ¿Qué va a hacer en estos seis meses?
A. A. Z.: Yo hubiera querido empezar desde el comienzo, pero tengo seis meses para mantener la esperanza. Hay que poner de urgencia un plan de ejecución, casi un plan de choque, para llegar a las regiones más apartadas y tratar de romper la desigualdad. También hay que hacer pedagogía sobre qué es el ministerio. Muchos colombianos no lo conocen, así como no conocen al indígena o al afro. Hace falta explicar su necesidad para que la gente lo entienda y lo valore.
CAMBIO: Pero usted no parece de oficina.
A. A. Z.: No. El ministerio no es un edificio; el ministerio es el territorio. Por eso voy a estar allá, porque en las oficinas no se sienten las necesidades de la gente. Para eso hay que ir hasta donde viven, escucharlos y permitir que nos exijan, como Gobierno, las soluciones que necesitan.