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Lunes 4 de mayo de 2026
Foto: Stock

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La salud mental: el factor invisible que está reconfigurando las elecciones presidenciales

En las campañas electorales se miran gráficos, se escuchan discursos y promesas, pero rara vez se entiende el estado emocional desde el que se toman las decisiones. En un contexto de fatiga, ansiedad e incertidumbre, comprender la salud mental del electorado se vuelve clave para entender por qué la gente vota como vota.

Por: Jose A Posada Villa

Hay algo que no aparece en las encuestas, que no se discute en los debates televisados y que rara vez ocupa titulares. No es el PIB, ni la inflación, ni la seguridad ciudadana. Es algo más íntimo, más silencioso, pero que atraviesa la vida de millones de personas y, sin que lo notemos, está moldeando la política contemporánea: la salud mental de los votantes.

Durante años, la conversación pública sobre las elecciones presidenciales se ha movido entre cifras, diagnósticos económicos y promesas de campaña. Pero mientras discutíamos sobre crecimiento, impuestos o seguridad, algo más profundo se estaba gestando en el interior de la ciudadanía: un cansancio emocional que se ha vuelto parte del paisaje. Un cansancio que no solo afecta cómo dormimos o cómo trabajamos, sino también cómo votamos.

Vivimos en un tiempo en el que la incertidumbre parece no tener pausa. Crisis económicas que se encadenan, redes sociales que amplifican el conflicto, discursos políticos que apelan al miedo como si fuera una herramienta legítima de persuasión. En ese ambiente, el estrés crónico, la ansiedad y la depresión no son excepciones: son el telón de fondo de la vida cotidiana.

Y ese telón de fondo, aunque no lo veamos, se cuela en la política.

La ciencia lleva años diciéndolo: las decisiones humanas no se toman solo con la razón. Se toman con el cuerpo entero. Con el corazón acelerado, con la respiración entrecortada, con la sensación de amenaza o de alivio. El voto no es una ecuación: es una emoción.

Cuando una sociedad vive bajo estrés prolongado, la percepción de riesgo se distorsiona. Todo parece más urgente, más peligroso, más frágil. La ansiedad exagera las amenazas. La depresión apaga la confianza. La irritabilidad vuelve más atractivos los discursos que prometen soluciones rápidas, simples, contundentes.

En ese estado, el electorado no busca matices. Busca refugio. Busca certezas, aunque sean ilusorias. Busca líderes que hablen fuerte, que prometan orden, que reduzcan la complejidad del mundo a una frase contundente.

Por eso, en momentos de malestar emocional colectivo, crece el apoyo a opciones populistas o antisistema. No porque la gente sea irracional, sino porque está emocionalmente agotada.

En los últimos años, los investigadores han empezado a hablar de “estrés electoral”. Y no es una metáfora. Es un fenómeno real, medible, que se expresa en síntomas muy concretos: insomnio, irritabilidad, fatiga mental, ansiedad anticipatoria.

Las campañas políticas, lejos de aliviar ese malestar, suelen intensificarlo. Mensajes que repiten que “el país está al borde del abismo”, que “si gana el otro, todo se derrumba”, que “esta es la elección más importante de nuestras vidas”. Cada frase es un golpe más a la salud mental de una ciudadanía ya desgastada.

El resultado es un electorado más cansado, más temeroso y más vulnerable a mensajes alarmistas.

Y hay grupos especialmente sensibles: personas con alta necesidad de certidumbre, quienes han vivido traumas económicos y sociales, quienes tienden a preocuparse en exceso. Para ellos, la incertidumbre electoral no es un proceso democrático: es una amenaza personal.

Estudios recientes de universidades como Harvard, Stanford y Northwestern introducen un elemento sorprendente en esta conversación: la existencia de un circuito cerebral relacionado con la intensidad del comportamiento político. No se trata de ideología, sino de la forma en que las personas expresan sus convicciones.

Algunas configuraciones neurológicas pueden hacer que ciertos individuos vivan la política con más intensidad, más pasión, más riesgo. No determina lo que piensan, pero sí cómo lo sienten.

Y en tiempos de polarización, esa intensidad puede convertirse en combustible.

Los trastornos de ansiedad y depresión afectan la forma en que procesamos la información. En contextos electorales, esto puede traducirse en tres tendencias muy humanas, pero tremendamente peligrosas: creer más fácilmente en mensajes catastróficos, desconfiar de instituciones que antes parecían sólidas y aceptar teorías conspiratorias que ofrecen explicaciones simples a problemas complejos.

La combinación de malestar emocional y desinformación es explosiva. Cuando el miedo colectivo aumenta, también lo hace la disposición a creer narrativas que cuestionan la legitimidad electoral. Y con ello, la estabilidad democrática se vuelve más frágil.

La convergencia entre deterioro mental, campañas basadas en el miedo y polarización extrema genera riesgos claros: normalización de discursos antidemocráticos, mayor tolerancia a la violencia política y erosión acelerada de la confianza institucional.

Si el deterioro de la salud mental se convierte en un rasgo permanente del electorado, los incentivos para que actores políticos exploten ese malestar aumentan. Y con ello, la gobernabilidad se vuelve más incierta.

Los hallazgos recientes apuntan a una conclusión simple pero profunda: la salud mental es un factor político de primer orden. No es un detalle, no es un ruido de fondo. Es el clima emocional en el que se toman las decisiones más importantes de un país.

¿Qué hacer?

Incorporar indicadores de bienestar emocional en los análisis políticos, reducir el uso del miedo como herramienta de campaña y promover una ciudadanía más crítica frente a la desinformación.

La política no puede seguir actuando como si las emociones fueran un obstáculo. Son, hoy más que nunca, el centro del escenario. Y quien no entienda esa realidad corre el riesgo de interpretar mal al electorado y de perder de vista la fragilidad emocional que atraviesa a nuestras democracias.

* Médico psiquiatra. Observatorio de Salud Mental Positiva del ICSN – Clínica Montserrat Hospital Universitario.

Fuente: Effects of focal brain damage on political behaviour across different political ideologies. Shan H Siddiqi, Stephanie Balters, Giovanna Zamboni, Shira Cohen-Zimerman, Jordan H Grafman. Brain. 2025 Sep 3;148(9):3280-3289.

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