Simón Giraldo en la Maraton des Sables. Cuatro días, tres noches y 120 kilómetros en el Sahara. Créditos: Organización Maratón des Sables.
Temperaturas de hasta 50 grados centígrados, dunas que se yerguen como paredes que alcanzan hasta los 30 metros, tormentas de arena, cinco litros de agua diarios y el imperativo de ser autosuficiente en uno de los entornos más remotos y áridos de la Tierra. El arquitecto Simón Giraldo logró la mejor clasificación para un latinoamericano en la versión de 120 kilómetros de la histórica ‘Maratón des Sables’ y le contó a CAMBIO su experiencia.
CAMBIO: Hay un cliché sobre los corredores que se someten a carreras como esta, en la que el sufrimiento está garantizado, y es que lo hacen para sortear obsesiones, adicciones, tristezas, duelos. ¿Usted por qué corre?
S.G.: Aunque esto se puede convertir en una obsesión, yo creo que correr una maratón como la des Sables permite conocerse en su estado más puro. Ese estado de absoluta vulnerabilidad, de estar hecho mierda en la mitad de un desierto, permite conocer aspectos de una que solo ahí se expresan. Con la familia, los amigos, en el trabajo, de una u otra forma manera uno activa mecanismos de protección que en ese estado se diluyen. Uno vuelve a ser un niño y nada es bueno ni malo: simplemente es.
CAMBIO: Profundicemos en eso. ¿Cómo se jaquea a la mente para que no claudique ante una experiencia tan límite?
S.G.: En otras experiencias, como las maratones de ciudad, se puede jaquear la mente con atajos y banalidades, pues uno va muy rápido y viendo gente todo el tiempo. Pero en el desierto, a 50 grados bajo el sol, esos hacks dejan de servir y hay que filtrar la atención y atender lo realmente importante. Una de las grandes revelaciones de la exigencia extrema es que uno se da cuenta de lo importante de hacerse cargo de sus emociones. En el Sahara nadie va a hacer nada por usted, no hay nadie a quien echarle la culpa, nadie a quien señalar. Es usted con 120 kilómetros por delante y sus cargas, pensamientos y emociones. No queda de otra que hacerse cargo.
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CAMBIO: ¿Hay riesgo de perderse en el desierto?, ¿cómo se afecta la percepción después de 20 kilómetros de caminar y correr en el desierto?
S.G.: El circuito está muy bien señalizado y a uno le dan una hoja de ruta con ciertos puntos de control que uno debe ir registrando, además de estar siendo monitoreado por GPS. Pero cuando uno va horas atravesando el desierto, sin ver nada ni a nadie, es imposible no pensar en la posibilidad de estar perdido. En el año 99, por una tormenta de arena, un corredor italiano se perdió durante días en esta misma carrera. Lo loco es que hay mucha gente que vive su día a día así; uno paga, se entrena, viaja para experimentarlo…
CAMBIO: ¿Cómo es exactamente la exigencia de ser autosuficiente en el desierto?
S.G.: Antes de salir hacia el desierto, en el hotel de la organización, a usted le hacen exámenes médicos y le revisan que cumpla con lo indispensable: 2.500 calorías de comida –liofilizada, como en el Ejército– para cada uno de los cuatro días en el Sahara, sleeping bag, carpa y el equipo para correr. Yo llevé dos camisetas y no más. Cada día usted tiene derecho a cinco litros de agua que debe administrar para hidratarse, cocinar y lavar. ¡Eso no es nada! Y no está permitido dejar cosas en el desierto: la instrucción es volver con todo lo que llevó.
CAMBIO: ¿Y la dormida? ¿Vio muchas estrellas en la noche?
S.G.: Hay un día de “descanso” –entre comillas y a 50 grados centígrados–, pero la verdad es que quedarse dormido no es tan fácil. Además de la cantidad de cafeína que tiene en el cuerpo por los geles hidratantes, el desierto está lleno de ratones que uno siente que se le meten por debajo de la carpa… Eso sí, vi más estrellas que las que había visto en toda mi vida y también unos atardeceres impresionantes. El paisaje es durísimo pero muy místico. Y además en las noches uno coincide con gente de todas partes, cada uno con historias y razones fascinantes para estar ahí.
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CAMBIO: ¿Cómo cuál?
S.G.: Me hice cercano de un señor de 57 años que empezó a correr porque su esposa se quitó la vida. Mucha gente va con cosas por sanar y después, como él, se enganchan por completo con la experiencia.
CAMBIO: ¿Cómo fue la preparación? ¿Fue con el objetivo de ganar la competencia?
S.G.: Durante los seis meses anteriores a la carrera, corrí un promedio de 130 kilómetros semanales. Este año, desde febrero hasta ahora, ya voy 3.000. Con mi entrenador nos propusimos estar entre los primeros 50, pero como en la primera y en la segunda etapa quedé entre los primeros 10, para la etapa final me propuse a defender el top 10 costara lo que me costara. Al final quedé sexto, que es la mejor clasificación de un latinoamericano en la historia de la carrera. No corrí con ese objetivo, pero hoy dimensiono lo que significa.
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CAMBIO: ¿La repetiría? ¿Cuál es la próxima aventura?
S.G.: Quiero prepararme para correr la versión de la Maraton des Sables de 250 kilómetros, que es la que llaman ‘Legendaria”. Y el otro año quiero correr el cruce de los Andes, en Argentina, que es una carrera de 100 kilómetros por etapas.