Ilustración: Jorge Restrepo
Nuestro periodista Juan Francisco García analiza el sapo que nos debemos tragar como hinchas latinos si lo que queremos es disfrutar de la fraudulenta fiesta de unión y de paz que promete ser el próximo Mundial en Estados Unidos.
En agosto de este año, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, visitó al presidente Donald Trump en la Casa Blanca y llevó consigo el trofeo original de los mundiales. Después de tocarlo, aunque este privilegio estaba hasta entonces permitido únicamente para jugadores campeones del mundo, con su voz ronca de Godfather, el hombre anaranjado dijo que “era una hermosa pieza de oro”, y acto seguido le preguntó al mandamás de la FIFA si podía quedársela. La pregunta de Mr. Trump es la metáfora escabrosa de lo que está pasando y va a pasar en el Mundial del próximo verano.
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Es verdad que para sostener la gran ficción que tanto nos aliena cada cuatro años, los amantes del fútbol nos tragamos sin asco sapos nauseabundos con tal de disfrutar de “la gran fiesta que une al mundo”. En las dos ediciones anteriores, por no ir más lejos, miramos para otro lado cuando la FIFA le lavó la cara al régimen autocrático y sanguinario de Putin en 2018, sin que esto nos privara de celebrar como maníacos los goles agónicos de Mina y la redención de Falcao.
En Catar, en el 2022, además de la amalgama corrupta con la que el emirato se ‘ganó’ ser la sede mundialista y que se tradujo en un escándalo con tufo a Hollywood –otra de las aristas del ‘FIFAgate’– con el FBI como protagonista, no nos hizo temblar ni apagar el televisor la estructura esclavista y denigrante que permitió construir en tiempo récord los estadios de lujo y aire acondicionado que terminaron de eternizar a Messi. Se contaron por cientos los migrantes que murieron a causa de las condiciones de trabajo infrahumanas que la monarquía del país anfitrión -¡qué sorpresa!- negó sistemáticamente a pesar de las múltiples denuncias de organizaciones de derechos humanos e investigaciones periodísticas.
La pelota, en manos de la FIFA, desde hace rato huele a petróleo, cadáveres e intrigas.
Pero esta vez, quizá por la cercanía geográfica, el sapo naranja que hemos de tragarnos para emborracharnos de fútbol en junio y julio próximos se antoja indigerible. El Mundial de 2026, como ninguno otro en la historia, será el evento en el que el balón terminará de confeccionarse al antojo y capricho del imperio del dinero en su expresión más vulgar y salvaje.
En 2016, cuando Gianni Infantino fue elegido por primera vez como presidente de la FIFA –en coincidencia con la primera elección de Trump–, el poliglota nacido en Suiza de padres italianos que matoneaban en el colegio por tener el pelo rojo y llevar bráquets, compró aplausos a rabiar al prometerle a los presidentes de las federaciones asociadas que volvería a hacer a la FIFA grande, muy grande, de nuevo. Y que en contraste con el avaro presidente anterior, Sepp Blatter, que usó la organización para engrosar sus cuentas bancarias y la de sus afectos más cercanos, él multiplicaría y repartiría las riquezas como un emperador próspero y democrático. “El dinero de la FIFA no es del presidente, es de todos ustedes”, dijo.
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Hasta ahora, al parecer, les ha cumplido. Y ellos a él: Infantino ha sido reelecto para seguir en la silla presidencial dos veces consecutivas y sin oposición alguna. Y al igual que sus antepasados en el puesto, los voraces y corruptos de Blatter y João Havelange, el suizo es insaciable; en el 2017 levantó el teléfono para contarle a Mr. Trump que postularía a su país para albergar el evento deportivo más visto en el planeta. ¿5.000 millones de televidentes únicos a la merced de los discursos delirantes y grandilocuentes del republicano? La tentación fue tal que el presidente–golfista se obligó a profesar simpatía por un deporte que, de puertas para adentro, bien podría calificar como una actividad plebeya del talante de negros, latinos, migrantes y **drugdealers.**
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Como consecuencia de tener a Estados Unidos como anfitrión del Mundial de Clubes –que facturó unos 2.000 millones de dólares el verano pasado– y del Mundial de selecciones, además de saciar por unos meses el narcisismo clínico de Trump, la FIFA recibirá a cambio el cheque más suculento del que se tenga registro por un evento deportivo.
La propia FIFA ha estimado que solo en el año mundialista recaudará 8.900 millones de dólares. A estos hay que sumarles otros 3.000 millones que habrá ganado antes del pitazo inicial en junio, para un total de más de 12.000 millones de dólares como revenue total del ciclo mundialista entre 2023–2026. Los cálculos arrojan que el Mundial por venir será 5.000 millones de dólares más rentable que el anterior en Catar, que ya había roto todos los récords de monetización. ‘Money talks, baby’ e Infantino entiende perfectamente su lenguaje.
Volvemos, pues, a los aficionados de a pie –usted y yo– con sus preguntas obvias. ¿Por qué pasamos de 32 selecciones y 64 partidos a 48 selecciones clasificadas y 104 partidos, de los cuales la gran mayoría serán un triste bostezo? Por el dinero: el aumento dramático de juegos engorda el pastel de derechos de televisión, que en esta edición se estima en 4.000 millones de dólares.
¿Por qué las boletas se triplicaron de precio con respecto al Mundial pasado y ahora, para los partidos en Estados Unidos, obedecen a la lógica de la libre reventa y la tarifa dinámica? Business. Poco le importa a Infantino y su estructura que los 1.476 dólares que –por ahora– vale la boleta más barata para ver a Colombia contra Portugal el próximo 27 de junior en el Hard Rock Stadium de Miami sea un valor imposible para la inmensa mayoría de los hinchas colombianos. Su matriz de éxito y monetización deja en fuera de lugar a los hinchas con monedas devaluadas.
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¿Cómo es posible que las boletas de la final del próximo Mundial empiecen en 6.000 dólares y que el valor de los parqueaderos durante el mismo vayan a oscilar entre los 100 y 200 dólares? La FIFA grande, muy grande de nuevo. ¿Por qué carajos habrá un intermedio de 30 minutos en el último partido, como si se tratara del Super Bowl y no de la Copa del Mundo que Brasil ha alzado cinco veces? Es obvio: el mandato es estirar los espacios publicitarios, el show, hasta el desgarro.
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¿Por qué la cabeza de la organización que rige el fútbol en el mundo, y que supuestamente opera bajo un código ético que le exige neutralidad política y cuyo eslogan reza que ‘El fútbol nos une’ creó un premio de paz hecho a la medida del mayor cómplice y financiador del genocidio en Gaza, el gran portavoz supremacista, racista, misógino y xenófobo en occidente y presidente que da la orden, mientras espera el evento, de aniquilar indiscriminadamente tripulaciones de lanchas en el Caribe? Todo se vale con tal de asegurar el chorro inédito de miles de millones de dólares que la FIFA va a recaudar con enormes exenciones de impuestos a pesar del reclamo de varios alcaldes de las ciudades anfitrionas en razón del detrimento patrimonial de estos acuerdos. Olivia Chow, la alcaldesa de Toronto, ha aseverado en varias ocasiones que el acuerdo con la FIFA tiene condiciones leoninas.
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En un perfil publicado en el diario británico The Guardian, el periodista Jonahtan Liew cita a una fuente cercana a Infantino que afirma que el burócrata italiano tiene una debilidad por los millonarios y se “derrite ante la gente con dinero”. Ese amor que les profesa a los hombres como Trump se traduce, hoy más que nunca, en el desprecio por los hinchas de clase media y baja que sostienen la pasión del fútbol en el mundo. Y que como no podemos pagar el dineral que su evento exige, les servimos como borregos de sofá que se contentan con las migajas de un torneo tan grandilocuente como mediocre deportivamente. “Ver y no tocar” es el estribillo.
El sapo, esta vez, se resume a celebrar un fútbol que nos desprecia. Como nos desprecian Trump y sus esbirros de la ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas), que en el Mundial de Clubes que ya pasó y que sirvió de prólogo del que viene, les advirtieron a los asistentes migrantes llevar sus papeles en regla para no salpicar el espectáculo. ¿Nos lo vamos a tragar? Me temo que sí, como cada cuatro años.