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Lunes 4 de mayo de 2026
Argentina campeona del mundo. Créditos: Colprensa/externos.

Tres estrellas, tres años después: el día que un país entró en juego

Argentina campeona del mundo. Créditos: Colprensa/externos.

La escritora Amalia Tapiero fue parte de la extática congregación en Buenos Aires cuando Argentina se coronó campeona del mundo, en Catar, hace, exactamente, tres años. En esta crónica se pregunta, no sin nostalgia, por uno de los grandes milagros de los que el fútbol es capaz: hacer del yo un nosotros.

Por: Amalia Tapiero Barreto

Esta es la crónica de un avión que no abordé. Un llamado intangible pero insistente me lo impidió: intuición, arrebato, creencia o simple necesidad. El 15 de diciembre de 2022, el vuelo AV 218 Buenos Aires-Bogotá despegó sin mí. En el taxi hacia Ezeiza se me atravesó una extrañeza inesperada, como si, con ritmo propio, ese país me reclamara un instante más. Pedí dar la vuelta. Ya en una esquina, quieta, comprendí a medias que aún no era hora de irme.

Ese jueves, una corriente colectiva —esa mezcla argentina de fervor, melancolía y desobediencia— recorría la ciudad y sus veredas. No haber viajado, absurdo en apariencia, empezaba a cobrar sentido. En el aire flotaba lo que, de ese país, Cortázar encuentra “tan triste en lo más hondo del grito y tan golpeado en lo mejor de la garufa”; a lo que, aun así, contesta: “Pero te quiero, país de barro… y algo saldrá de este sentir”. Era como si ese sentir me pidiera quedarme un poco más. Era una secreta regla del tres: el país estallaría tres días después, tras conquistar su tercera estrella contra Francia, tras un extenuante 3-3 en penales.

Hoy, tres años más tarde, esa renuncia a volar la iluminan el recuerdo épico de aquellos días y una alegría de lo absurdo que me permitió entender algo de ese país. Mi renuencia a partir me abrió un tiempo distinto: uno en el que la ciudad, con su expectativa y su fiebre, se volvió legible. Y con la final del Mundial, esa alegría desbordada también me alcanzó. Esos tres días se hicieron necesarios para que, por fin, la historia de la tercera estrella se dejara contar. Pero ¿qué era distinto? 

En Colombia, pocas veces presenciamos partidos de esa magnitud, y yo sí conozco bien la euforia del balompié: aquel 2015 inolvidable cuando Santa Fe alzó la Sudamericana; cuando el Once Caldas, contra toda lógica, le arrebató a Boca Juniors una Libertadores en 2004; la ilusión que se desvaneció en Brasil 2014. Pero este sentimiento era otro: no solo era fútbol, sino una vibración más honda, un temblor común que excedía cualquier camiseta.

Si retrocedo a las semanas previas a la final, recuerdo un clima desbordado y cómico para una extranjera, como yo, habituada a las derrotas. Justo un día que salía de ese país por un tiempo, su selección tropezaba frente a Arabia Saudita en la fase de grupos, y la consternación se desató: las calles eran lamentos, furia e improperios lanzados al aire. Lo presencié atravesando el Río de la Plata rumbo al país chiquito, donde sus históricos rivales (los uruguayos) se regocijaban. Todo parecía derrumbarse para Argentina.

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Pero el pulso cambió. De regreso en la ciudad de la furia, jornada tras jornada, el fútbol volvía a congregar en los parques durante aquel verano porteño. Entonces comprendí que, más que un juego, ese deporte era una ceremonia en la que esa sociedad se afirmaba. Las victorias frente a México y Polonia no solo se celebraron: restituyeron la fe.

Se manifestaba con claridad ese tránsito del yo al nosotros al que alude Galeano cuando habla de los aficionados: “Mientras dura la misa pagana, el hincha es muchos […] Rara vez el hincha dice ‘Hoy juega mi club’. Más bien dice: ‘Hoy jugamos nosotros’”.

Lo comprendí mejor en los gestos cotidianos, incluidos los clubes de barrio, donde se organizan las ligas amateurs desde la pertenencia y el encuentro. Allí, el nosotros se aprende temprano: en la cancha, en la tribuna improvisada, en el cuidado de lo compartido. Esa misma lógica atraviesa una vida urbana volcada a la vez hacia lo público y lo propio, en una ciudad que es extensión de la comunidad. Incluso en la educación, lo público no es algo secundario, sino un horizonte de excelencia y prestigio, pues formarse implica participar de algo mayor.

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Ese paso del yo al nosotros se daba en la euforia del partido, que no responde a una gratificación individual ni al mero triunfo, sino al reconocimiento compartido de formar parte de un mismo cuerpo. Y se daba en mi transformación, que fue ocurriendo sin momento inaugural. Después de varios meses allí, el Mundial empezó a operar como una forma de pertenencia que no había buscado. La pulsera albiceleste dio paso a la camiseta; el silencio cauteloso, a los rituales y cantos aprendidos sobre la marcha; el desconocimiento, a la repetición casi automática del ‘once’ ideal de Scaloni.

La corrupción y la maquinaria de la FIFA seguían ahí. Pero algo —la calle, los cuerpos, la voz compartida— hacía que el espectáculo cediera paso a la experiencia. Y, sin ignorar lo terrible, aparecía una forma de magia. Antes me habría callado con pudor y lealtad, como si otra adhesión implicara traición. Pero sin mi país compitiendo, algo se desplazó. No fue una decisión individual ni reflexiva: fue el entorno haciendo su trabajo. 

Y lo que antes habría interpretado como arrogancia empezó a ser un orgullo nacional distante del nacionalismo de “escarapela y banderita” acusado por Cortázar. La entrega llegó sin estridencias, y el fútbol —como la vida— fue digno de ser honrado, en palabras de Galeano, “por el puro goce del cuerpo que se lanza a la aventura prohibida de la libertad”.

Esa libertad la celebré a gritos en el gesto del Topo Gigio que, heredado de Riquelme, Messi dedicó al cuerpo técnico de los Países Bajos en aquel electrizante cruce de cuartos de final. Luego llegó la victoria contundente de la semifinal contra Croacia, con dos tantos de Julián Álvarez y otro de Messi, que trasladaron la celebración a la calle Julián Álvarez; por una noche, esa arteria que atraviesa Palermo y Villa Crespo resignificó el nombre del prócer de la Revolución de Mayo hasta convertirse en epicentro de la fiesta futbolera nacional.

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La pasión por el fútbol nace de una conciencia profunda de la identidad nacional y, en este caso, se tornaba continental en el sur de Suramérica. “Y ya lo ve/y ya lo ve/el que no salta es un inglés”, vitoreaba la hinchada en plena Buenos Aires. Es como si los antiguos colonizados, receptores del fútbol como producto de la exportación imperial británica, hubieran aprendido el juego como nadie para devolverlo transfigurado: no como herencia dócil, sino como gesto de afirmación, desagravio y revancha simbólica, atravesado por una memoria histórica que incluye a La Mosca y sus “pibes de Malvinas que jamás olvidaré”.

La misma dinámica explica que aun en las antípodas, como Bangladesh —excolonia británica—, exista una pasión desbordante por la selección argentina, arraigada desde el Mundial de 1986 y la mano de Dios de Maradona contra Inglaterra. La unión que produce el partido no es efímera ni circunstancial; solo puede emerger allí donde existe una conciencia compartida de lo que se es y una memoria común que sostiene y da sentido al encuentro.

Estas reflexiones regresaron en forma de flashback al planear mi salida de ese país. Por eso no abordé el avión. Preferí honrar la cábala y atender el patrón: aquella vez rumbo a Montevideo, Argentina había perdido, y no estaba dispuesta a que se repitiera en la final. Fue, además, un gesto de respeto a una autodeterminación simbólica contraria a la creencia de que —como había dicho Mbappé meses antes— “en Suramérica el fútbol no está tan avanzado como en Europa”.

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La víspera había sido pura tensión y vigilia: calles tomadas, cantos interminables, la respiración suspendida de un país entero. Por eso, aquel domingo a mediodía, la concentración fue absoluta, como si de ella dependiera una anhelada reparación simbólica. Ansiedad en las veredas, rezos laicos, supersticiones, abrazos entre desconocidos: todos iban al unísono de los once hombres jugándose el futuro al otro lado del globo. El sentimiento se volvía también íntimo y personal, el de ese yo ahora reconocido en un nosotros más amplio. 

Argentina parecía haber escrito el partido con pulso firme: la ventaja inicial, la autoridad de Messi, la precisión de Di María. Todo indicaba un desenlace controlado, casi pedagógico. Pero el fútbol —arte cruel— se encargó de desarmarlo. En minutos, Mbappé había devuelto a Francia al ruedo y posibilitado una prórroga que se vivió en vilo. Era como si el orden se hubiera invertido de pronto: primero la zozobra, después, si acaso, la redención. 

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Antes de los penales, caían las lágrimas: era el cansancio acumulado de tantas finales perdidas y promesas quedadas a mitad de camino. Entonces, precedida por un silencio extraño en la ciudad, la definición de Gonzalo Montiel llegó como un resarcimiento definitivo. No hubo estallido inmediato, sino una liberación lenta: un gesto mínimo que cerraba una historia larga y sentida. Primero, Argentina; después, Francia. Buenos Aires, tantas veces llamada la París de Suramérica, dejó de ser comparación para afirmarse en lo evidente: no era otra cosa que Buenos Aires, simple y magnífica en su celebración.

Argentina no solo ganó una Copa del Mundo ese 18 de diciembre de 2022: saldó una deuda consigo. Por un día, las crisis económicas y políticas de un país habituado a vivir al borde de un ataque de nervios cedieron ante la reunión colectiva. En minutos, las calles se llenaron y todos salieron en el triunfo común rumbo al Obelisco. La alegría era total; la comunión, completa. Al día siguiente, las sonrisas cómplices dejaban ver una satisfacción antigua, reconocible, en la que también me vi reflejada como latinoamericana. 

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Cuatro días después, por fin abordé el vuelo al que había renunciado. El júbilo seguía: el aeropuerto estaba colapsado, y solo logré irme cuando los campeones aterrizaron donde yo despegaba. Era como si ambos viajes —el mío y el de ellos— debieran culminar juntos.

El fútbol también imparte lecciones extrañas de humildad. Con el tiempo entendí que debía vivir esa alegría en mi propio país. En 2024, no quise tanto que Argentina perdiera en la Copa América como que nosotros, los colombianos, ganáramos por fin. Tal vez ahí surge una pregunta necesaria: ¿seremos capaces, como comunidad, de sostener lo común, defender nuestra dignidad y ejercer la autodeterminación como base de cualquier victoria?

Pienso en Argentina, hoy en disputa por la continuidad de lo construido en común y los derechos conquistados durante décadas. Y me pregunto: ¿cuánto de ese sentido de comunidad permanece vigente? En un contexto global marcado por autoritarismos, el repliegue individual y el avance del capital (nada ajenos al Mundial 2026), la cuestión no es solo quién ganará, sino si aún seremos capaces de reconocernos en un nosotros que no sea una consigna vacía. Tal vez eso aprendí de aquel diciembre: ninguna victoria es puramente deportiva, ni ningún país puede pensarse al margen de sus vínculos colectivos. Ojalá en Colombia sepamos no solo celebrar, sino también defender esa forma compartida de la gloria.

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