Novak Djokovic, el tenista más ganador de la historia. Créditos: Colprensa.
A los 38 años Novak Djokovic logró ganarle en semis al impenetrable Jannick Sinner, 14 años menor, y poner contra las cuerdas a Carlos Alcaraz, número 1 del mundo y 16 años menor. Para entender su vigencia, quizá hay que apelar a su animalidad.
En 2023, en una entrevista para el periódico italiano Corriere della Sera, Novak Djokovic contó que, en su infancia, en las montañas de una Serbia sitiada por la guerra, tuvo un encuentro frente a frente con un lobo. Por diez segundos –los más largos de su vida– se miró a los ojos con el animal, retrocediendo lentamente y de espaldas, hasta que el mamífero se dio la vuelta y se alejó.
“Juego con la energía de los lobos”, declaró en una de sus participaciones en Wimbledon, para después aclarar que el miedo profundo que sintió al tenerlos tan de cerca, en las montañas de su niñez, se tradujo luego en una conexión espiritual con el letal y solitario animal.
“Tengo su mismo carácter”, añadió.
Este domingo, mientras el sol recién se ponía en Colombia, Djokovic perdió la final del Australian Open contra Carlos Alcaraz, número 1 del ranking mundial, en cuatro sets.
Al final, como viene pasando desde septiembre de 2023 –cuando ganó su último Grand Slam en Nueva York, contra Daniel Medvedev– la sensación fue que, para ganarles a los veinteañeros que hoy dominan el circuito, ya no le basta con exigirse hasta más allá del límite. La superioridad de Alcaraz en los últimos tres sets del campeonato fue elocuente e incontestable y reconocida por el propio Djokovic, que lo felicitó con grandeza y se resistió a hablar de sus problemas físicos para no esgrimir excusas.
%%recuadro%%3
Pero si uno atiende la dignidad con la que jugó el partido de principio a fin, el esfuerzo que le significó a Alcaraz –prodigio físico y técnico 16 años menor– no doblarse ante la voluntad, el coraje y la exquisites técnica del serbio, es posible aterrizar del concepto a la emoción la ‘espiritualidad lobuna’ del tenista más ganador de todos los tiempos.
%%recuadro%%1
Es metáfora, claro, pero es también el intento más preciso para describir la animalidad de la que se ha valido Djokovic para ganar lo que nunca nadie ha ganado. Esa misma animalidad de Jordan, Ali, Serena Williams y en general todos los deportistas que ya no podemos olvidar.
La mirada de Djokovic antes de servir para un punto decisivo, la disposición de su cuerpo y sus instintos, la elegancia con la que sus extremidades se adueñan de la cancha, del tiempo, la cadencia animal con la que se vuelca hacia adelante, hacia la presa, es definitivamente salvaje. Tan animal como la mirada canina de Messi una vez se fija y se aliena en el balón.
%%recuadro%%2
Será por eso, por el efecto óptico de estar viendo algo distinto a un ser humano, que, a miles de kilómetros de distancia, con lagañas en los ojos, uno se crispa y se alegra y tensa el cuerpo cuando el serbio acierta y cuando falla. Y se conmueve como solo es posible conmoverse a partir del gesto y el cuerpo. “El poder de un momento, de vivir ese momento y en consecuencia darse cuenta de que estamos en este cuerpo y en este mundo para poder sentir ese regocijo de existir, esa conciencia de presenciar lo excepcional”, escribió la escritora argentina Mariana Enriquez, confesa devota de Djokovic. Hipnotizada también por su animalidad.