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Lunes 4 de mayo de 2026
Ingrid Betancourt, jefa del Partido Verde Oxígeno.  Foto: Colprensa

Ingrid Betancourt, una vida política atrapada en la confrontación

Ingrid Betancourt, jefa del Partido Verde Oxígeno. Foto: Colprensa

La actual crisis del partido Oxígeno, con la renuncia de varios de sus aspirantes de la lista del Senado y que lo puede llevar a su desaparición si no alcanza el 3 por ciento de los votos, vuelve a darle vigencia a la frase de que “ella todo lo que toca lo desbarata”. Perfil de una figura tan controvertida en Colombia como respetada afuera.

Por: Armando Neira

¿Y ahora qué le pasa a Ingrid Betancourt? La pregunta vuelve entre ciertos sectores cada tanto y, en la mayoría de los casos, con evidente tono de fastidio. Sin importar lo que haga, muchos ya han tomado partido para condenarla. Tras la liberación de su secuestro, una encuesta de Cifras y Conceptos mostraba que el 70 por ciento de los colombianos tenía de ella una opinión negativa.

¿Cómo es posible que, en un país de víctimas, no hubiera la empatía para valorar su resistencia frente a los captores? Según la Comisión de la Verdad, hubo unas 80.000 víctimas de este delito en el marco del conflicto armado entre 1990 y 2018. Los mayores responsables fueron las Farc, con 40 por ciento; los grupos paramilitares, con 24 por ciento; y el ELN, con 19 por ciento.

En su caso, sin embargo, la percepción general era que ella era la única responsable. “¿Quién la mandó a meterse a la boca del lobo?”, se decía.

Aunque Ingrid explicó lo sucedido, sus argumentos se olvidaron. Contó que en 1997 creó el partido Verde Oxígeno, que ganó, con Néstor León Ramírez Valero, en 2001, una alcaldía. La de San Vicente del Caguán, un municipio del Caquetá de geografía espléndida, bañado por los ríos Caguán y Yarí y santuario histórico de las Farc.

Cuando se produjo la ruptura de los diálogos de paz del Gobierno del presidente Pastrana, Ingrid Betancourt sintió que no podía dejarlo solo y decidió ir a arroparlo. “Hay que estar en las buenas y en las malas con nuestra gente”, dijo en el aeropuerto de Florencia, donde buscaba afanosamente una conexión aérea. Frustrada, anunció que continuaría por tierra.

El DAS, la Policía y el Ejército le advirtieron que no lo hiciera porque era muy peligroso, no solo por la posible acción de los guerrilleros, sino porque, en la retoma del Estado, la Fuerza Aérea se preparaba para bombardear. El general Arcesio Barrero, comandante de la IV División del Ejército y máximo responsable del área del Caguán, fue el último que intentó disuadirla. “¡Qué mujer tan terca!”, exclamó vencido.

En la boca del lobo

En un último intento, Betancourt le hizo llegar el mensaje a Pastrana de que le diera un cupo en el avión presidencial que iba para el Caguán. Se le negó con el argumento de que la zona era un centro de operaciones de guerra y no una romería de aspirantes presidenciales.

Betancourt siguió su camino en compañía de su entonces amiga del alma y jefa de campaña, Clara Rojas. Su marcha fue frenada en El Líbano, un paraje solitario entre los municipios Montañita y Paujil, por varios guerrilleros. Ellos tenían instrucciones de Manuel Marulanda Vélez, Tirofijo, de plagiar a cuantos políticos pudieran para negociar una ley de canje. “Nos la encontramos en el camino”, decían, sorprendidos, los insurgentes a sus jefes.

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Así, la hija de un exministro de Educación, Gabriel Betancourt, y de la excongresista y exembajadora en Guatemala Yolanda Pulecio, así como estudiante de Ciencias Políticas en Francia, donde su padre desempeñó el cargo de embajador ante la UNESCO, y exesposa de un diplomático francés, se convertía para las Farc en su botín más preciado.

Sin embargo, ella misma mostró una entereza notable frente a sus captores en un video que se convirtió en símbolo del horror del secuestro en Colombia. El periodista Antonio Caballero lo describió como “una obra de arte involuntaria por parte de su autor material, el esbirro de las Farc que maneja la cámara; arte bruto, habría que llamar a eso: arte sin conciencia. Y arte consciente por parte de la protagonista. Una obra de arte firmada por la voluntad de Ingrid Betancourt”.

De hecho, esas imágenes inspiraron a muchos a participar en las marchas del 4 de febrero de 2008. Se estima que al menos ocho millones de colombianos salieron a manifestarse en un acto que resultó en el puntillazo que acabó políticamente con las Farc.

Luego, ella misma fue protagonista de otra historia extraordinaria: la liberación tras la Operación Jaque, una de las acciones más audaces en la historia de las Fuerzas Armadas, que arrebató a los secuestrados a las Farc sin disparar un solo tiro. Tras su liberación, Betancourt se mostró en directo y ante las cámaras distante de su pareja, Juan Carlos Lecompte, quien durante años se había movido por todo el país con una foto de tamaño real de ella.

Del agradecimiento a la demanda

El país no vio entonces un final feliz de la pareja, sino una ruptura que tuvo mayor eco cuando ella, en 2010, anunció que iba a demandar al Estado para que le pagara a ella y a su familia unos 6 millones de euros por los perjuicios morales y económicos que les causó su secuestro de más de seis años. El Ministerio de Defensa se declaró “sorprendido y apesadumbrado” por la demanda.

“El mundo ha sido tierno y duro con Ingrid Betancourt. Varias veces la vida la encaramó al cielo para arrojarla con más fuerza al infierno. Con ella no hay medias tintas: o es una santa o de repente se transforma en una arpía enferma de maldad y codicia”, escribió Héctor Abad Faciolince.

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Para entonces ya estaba en un conflicto sin tregua con el oficialismo del Partido Liberal, al que abandonó en 1998 para presentarse al Senado por su propia colectividad, el partido Oxígeno Verde, “porque yo no puedo andar con corruptos”.

Fue una implacable crítica de la administración del presidente Ernesto Samper, quien fue financiado durante su campaña por el cartel de Cali, dando origen al proceso 8.000. Mientras él alegaba su inocencia y decía que todo había sido a sus espaldas, ella escribió un libro titulado Sí sabía. Luego fue más allá y emprendió una crítica a toda la clase política en La rabia en el corazón.

Con esa cruzada en defensa de la ética en el servicio público y mostrándose como incorruptible, varios medios la dibujaron como una especie de Juana de Arco. En ese camino, se granjeó la enemistad de buena parte de la clase política con la que paradójicamente se había criado.

Reconocimiento mundial

Y así, mientras más rechazo alimentaba en Colombia, ganaba más reputación en el exterior. Más de 1.000 ciudades le han dado el título de Ciudadana de Honor; recibió el Premio Holandés a la Resistencia; en París la alcaldía tenía del piso al techo su fotografía; en España le otorgaron el premio Príncipe de Asturias; fue presidenta de honor del Congreso Internacional de los Partidos Verdes en São Paulo; le dieron la Legión de Honor francesa en grado de Caballero de manos del presidente Nicolás Sarkozy y el Women’s World Award como ‘Mujer del Año 2008’.

Se instaló en Francia para recuperar el tiempo perdido con su familia y para trabajar por las víctimas del terrorismo y, en especial, por quienes aún permanecían en poder de las Farc. “No descansaré hasta que todos los que permanecen en cautiverio por esa guerrilla recobren su libertad”, dijo.

Sin embargo, más tarde anunció que se retiraba de la vida política para siempre porque se iba a Inglaterra a estudiar Teología en la Universidad de Oxford. Su propósito era hacer un profundo viaje interior.

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Pero volvió a la política nacional con la intención de “salvar al país” de las “garras de la corrupción y el narcotráfico”. En la campaña de 2022, sin embargo, empezó con polémica. Durante un debate afirmó que “las mujeres que se hacen violar”, lo que fue interpretado como una afrenta a las víctimas de violencia de género.

Ella señaló que lo ocurrido fue una “embarrada” provocada porque tiene “dos idiomas en la cabeza”, el francés y el español. “Hay veces que hay un cortocircuito mental; no volverá a suceder”.

Pese a las explicaciones, no se calmó la tempestad. La socióloga Sara Tufano expresó que “quienes la excusan diciendo que en francés es muy común usar la voz pasiva” deberían saber que en ese país existe un debate, liderado por feministas, que discute “la pertinencia de la voz pasiva en el caso de una violación”. “Ingrid está desconectada de todo. ¿No les parece grave?”.

El adiós de Sofía Gaviria

Y ahora, otra vez, en el centro de otra controversia: una guerra abierta con varios de los integrantes de la lista de Oxígeno al Senado, entre ellos la número 1, Sofía Gaviria. Las consecuencias pueden ser definitivas. Una ruptura de esta dimensión puede incidir en que la colectividad no alcance la votación mínima para mantener la personería jurídica. Necesita al menos el 3 por ciento de los votos para mantenerse como partido político por cuatro años más.

La colectividad puede desaparecer y le ha dado argumentos a sus críticos, especialmente desde la izquierda, después de que ella la bautizara como la ‘lista antiPetro’ y la vieran reunirse sonriente con el expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Con Gaviria, hermana del aspirante Aníbal Gaviria, se han ido cuatro candidatos más, aunque ella dice que se gesta una rebelión sin precedentes y que en total 22 personas renunciarán.

El caso recuerda a otros momentos en que Betancourt rompió con distintos líderes a los que ella misma había abierto las puertas. En 2022, a Ingrid se le responsabilizó de dinamitar la Coalición Centro Esperanza que buscaba consolidar una opción política alejada de los extremos. En un debate, le reclamó a Alejandro Gaviria, exrector de la Universidad de los Andes, haberse aliado con políticos tradicionales, una raya que —dice— no está dispuesta a cruzar.

“No voy a dejar que los lobos entren a donde están las ovejas”, le dijo. Cuando llegó su turno de réplica, Gaviria señaló su “hipocresía y oportunismo” y le reprochó hablar con “superioridad moral”.

La expulsión de De la Calle

Ella siguió su camino, pero luego hubo otra crisis. Oxígeno expulsó a sus dos máximas figuras: Daniel Carvalho y Humberto de la Calle, después de que se negaran a la decisión de declararse en oposición al Gobierno de Petro. Ambos congresistas defendían una postura independiente.

Carvalho afirmó entonces que la decisión fue tomada “a través de una asamblea plagada de violaciones a la ley y a los estatutos del partido” y la calificó de ilegítima. También denunció intentos de aprobar estatutos antidemocráticos e imponer decisiones a los congresistas.

En 2023, el Consejo Nacional Electoral les dio la razón y restituyó sus curules. Sin embargo, De la Calle renunció al Senado en 2025, argumentando, entre otras razones, que se sentía atrapado en la colectividad liderada por Betancourt. “Me voy —dijo— para tener libertad e independencia”.

En conversación con CAMBIO, Betancourt matiza la crisis actual:

—El partido no implosionó. Respeto que alguien quiera retirarse de una lista; es un derecho. La lista es cerrada y sigue adelante. Somos muchos.

El desafío es considerable. A contados días de las elecciones, el partido debe duplicar esfuerzos para superar el umbral y conservar la personería jurídica. Según proyecciones, este estaría entre 650.000 y 700.000 votos.

¿Lo logrará?

—Claro que sí —responde Betancourt—. Nuestro objetivo es obtener diez congresistas para fortalecer mayorías que defiendan las instituciones y contrarresten lo que consideramos una alianza entre narcotráfico y comunismo en el Gobierno de Petro.

Una rebelión enorme

Gaviria no se fue sola. Algunos de quienes la apoyaron en la conformación de la lista también anunciaron su retiro. En una carta, el exaspirante al Senado Juan Fernando Betancur González habló de “inoperancia manifiesta” y de “arrogancia insoportable” de Betancourt. Según él, ella actúa de manera “dictatorial permanente”.

“El proyecto no ofrece garantías mínimas de transparencia, deliberación interna, pluralismo ni respeto por la autonomía de sus candidatos”, le dijo Gaviria a CAMBIO. “Ingrid incumplió todos los requerimientos éticos en términos de lo que debe ser un partido serio y respetuoso”, agregó.

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Gaviria dice que le duele esta situación porque interpreta que la lista se había hecho con el propósito de defender a las víctimas de la guerra en Colombia. “Se quedan desamparadas”, afirma.

Pero, ¿por qué tiene Ingrid este comportamiento? Gaviria sostiene que ella está y no está en Colombia. Cuenta que desde finales del año pasado se fue para Francia y solo volvió hasta ahora. “Eso en una campaña es fatal. Nadie se puede desconectar así”.

Varias víctimas de secuestro señalan que este delito afecta gravemente a una persona, por más fuerte que sea mentalmente. Ingrid, por ejemplo, durante su cautiverio tomaba un saco de lana que desarmaba con paciencia; luego tomaba el ovillo y lo volvía a hacer. Así mataba las horas. Su propósito era no dejarse hundir en la depresión que causa el secuestro.

Su drama lo contó en No hay silencio que no termine, un libro de 710 páginas y 82 capítulos, con una prosa ágil que retrata los horrores de un delito infame y que, de paso, acabó con su amistad con Clara Rojas. “Lo que dice es infame”, afirmó ella, dolida por algunas revelaciones íntimas.

Es una contradicción, dicen varias personas que la conocen. Ella cree que actúa de manera diáfana, mientras que los demás son los responsables de llenar de manchas los proyectos. Una superioridad que le impide conectarse con un país que ella ha sufrido profundamente. “Todo lo que toca Ingrid —escribió hace unos días el analista León Valencia— lo desbarata”.

Ella, por su parte, dice que quiere construir un país mejor, aunque acepta que es difícil cuando buena parte de los victimarios sigue por ahí como si nada. Para ella la guerra ha dejado heridas que aún no sanan.

En una conversación con el expresidente Juan Manuel Santos, a propósito del libro Palabras pendientes, en el que hablan, junto a Juan Carlos Torres, sobre el proceso de paz y sus implicaciones, ella le dice al premio Nobel:

“Todos estamos confrontados al odio. Pero, reconociendo con humildad que nos es imposible amar a ese otro que fue nuestro verdugo, podemos escoger, sin embargo, transitar hacia el perdón”.

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