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Lunes 4 de mayo de 2026
Sobre el origen de la desilusión con la democracia

Foto: Colprensa/Prensa/Redes sociales

Sobre el origen de la desilusión con la democracia

Dos analistas expertos en el tema, el exministro y académico Alejandro Gaviria y la doctora en Ciencia Política Sandra Borda, se aventuran a descubrir los factores que llevaron a los pueblos a perder la fe en este sistema político y advierten que la recuperación de la ilusión democrática, perdida por los extravíos de la economía y por las expectativas frustradas, no será fácil. Pero, también, sugieren hipótesis que pueden inspirar el diseño de eventuales soluciones.

A lo largo y ancho del mundo, la democracia se encuentra en crisis. Según un estudio del Centro para el Futuro de la Democracia, a mediados de los años 90 del siglo pasado la gran mayoría de los países miembros del sistema internacional estaba satisfecha con el comportamiento de ese sistema político. Desde entonces, el porcentaje de individuos que se declara insatisfecho con él ha crecido en más de 10 puntos porcentuales, de 47.9 a 57.5%. Este nivel, señala el estudio, es el más alto de insatisfacción desde 1995. El año de inicio de la crisis o de lo que el estudio denomina la “recesión democrática global” es 2005: desde este momento, la proporción de ciudadanos insatisfechos ha aumentado en al menos una quinta parte de la población.

El quiebre empieza en el mundo desarrollado y es explicado principalmente por las democracias más populosas: la insatisfacción en Estados Unidos, Brasil, México, Reino Unido, Sudáfrica, Colombia y Australia es históricamente alta. Naciones menos populosas como Suiza, Dinamarca, Noruega, Países Bajos y Luxemburgo, se han movido en dirección de un aumento en la confianza cívica en sus instituciones. Asia, por su parte, también ha evitado la crisis de la democracia que afecta al resto del mundo.

En el caso particular de América Latina, hay un aumento casi simultáneo en todos los países en la insatisfacción con la democracia alrededor de 2012, que coincide con el fin del ciclo de materias primas, el fin de la expansión económica y los problemas de corrupción que crecieron en medio de la abundancia: los casos del Lava Jato en Brasil, la condena al expresidente Rafael Correa del Ecuador por corrupción y sobornos, las múltiples acusaciones contra varios de los gobiernos en Argentina y las persistentes acusaciones relacionadas con el Agro Ingreso Seguro durante la administración Uribe, en Colombia, son sólo algunos de los ejemplos de los escándalos de inmoralidad que, en esta coyuntura, contribuyeron ostensiblemente al deterioro de la confianza en la democracia.

'En el caso particular de América Latina, hay un aumento casi simultáneo en todos los países en la insatisfacción con la democracia alrededor de 2012'

El mismo estudio finalmente sugiere que los niveles de insatisfacción ciudadana con la democracia responden a circunstancias y eventos objetivos que van desde la ocurrencia de crisis económicas y escándalos de corrupción, hasta la ineficacia y desgaste de las políticas públicas.

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Las explicaciones

Si bien las causas de este fenómeno son sujeto de constante examen por varias disciplinas de las ciencias sociales, en este texto queremos aventurar un análisis sobre dos hipótesis que, a pesar de ser un tanto evidentes, pueden inspirar el diseño de eventuales soluciones para revertir la desilusión con la democracia.

La primera explicación sugiere que, en el mundo en desarrollo, la crisis financiera de 2008 en Estados Unidos y la posterior en Europa llevaron, con razón, a una idea o sentimiento generalizado de captura de la democracia por parte de los poderes económicos. El posterior movimiento de Occupy Wall Street y el discurso político en contra de la acumulación acelerada de la riqueza por parte del uno por ciento, fueron el resultado justamente de ese sentimiento. Una encuesta reciente de IPSOS sugiere que este sentimiento continúa siendo prevalente: en todos los países (con excepción de Polonia) la gente es más proclive a decir que la economía tiene un sesgo a favor de los ricos y poderosos y a poner en duda que ella beneficia a todos.

En América Latina, la explicación es levemente distinta. La insatisfacción parece ser más el producto de una ilusión pérdida: la gente parece estar ante la tarea difícil de disculpar ilusiones y de negociar las altísimas expectativas que trajo consigo la democracia después de las transiciones y los resultados que finalmente pudo entregar. El final de las dictaduras durante la segunda mitad del siglo XX generó la expectativa de sociedades incluyentes, políticamente participativas y, por lo tanto, más igualitarias. Luego, la primera década del siglo actual pareció mostrar que había una salida a los problemas estructurales de exclusión, crimen y debilidad del Estado. Pero todo resultó ser un ciclo económico y político más. Vinieron los escándalos de corrupción y, con ellos, llegó también la desilusión.

'La insatisfacción parece ser más el producto de una ilusión pérdida: la gente parece estar ante la tarea difícil de disculpar ilusiones, de negociar las altísimas expectativas que trajo consigo la democracia después de las transiciones y los resultados que finalmente pudo entregar'

Además, el paso del tiempo trae consigo un par de paradojas que nos llevan a la segunda hipótesis, la del desgaste del régimen político democrático. El tiempo tiene dos efectos contradictorios sobre la confianza que tenemos en la democracia: de un lado, aumenta las expectativas sobre el régimen político, atribuyéndole la capacidad de resolver toda la plétora de problemas sociales. Esperamos que la democracia resuelva la desigualdad, la exclusión, la discriminación, el dogmatismo, el autoritarismo o cualquier forma de concentración de poderes, etc. Y simultáneamente, la desilusión con la democracia, como otras cosas de la vida, crece con el tiempo, con el desgaste de los años vividos. Las expectativas crecen y la confianza en la democracia y su eficiencia decrecen.

¿Qué hacer?

En este texto proponemos dos discusiones que pueden eventualmente indicar posibles salidas. La primera tiene que ver con la corrupción. No cabe la menor duda de que ella reduce la satisfacción de los ciudadanos con la democracia. Pero el uso político de la corrupción, la ‘sobresimpificación’ de sus causas, la tendencia a atribuirle un papel determinante en todos los problemas sociales (en Colombia hizo carrera la idea de que la corrupción asciende a 50 billones de pesos) y todos estos extravíos políticos sin relación alguna con la evidencia sobre las proporciones del problema y sus potenciales causas, no reducen la corrupción y, al contrario, sí afectan la satisfacción de los ciudadanos con la democracia. El construir asociaciones automáticas entre corrupción y partidos políticos o corrupción e instituciones políticas, contribuye a minar la credibilidad en estas instituciones democráticas y no aporta nada en la búsqueda de soluciones al problema. En otras palabras, el discurso populista alrededor de la corrupción, como los discursos populistas de todo tipo, atentan contra la democracia en la medida en que deterioran la confianza que los ciudadanos tienen en ella con argumentos falaces. Como sociedad, nos corresponde exigir más rigor en esta discusión.

‘El discurso populista alrededor de la corrupción, como los discursos populistas de todo tipo, atentan contra la democracia en la medida en que deterioran la confianza que los ciudadanos tienen en ella con argumentos falaces’

Finalmente, el deterioro de la confianza en la democracia no será reversible sin una economía más justa y menos desigual. La necesidad de políticas públicas que lleven a un aumento de los salarios reales, a la generación de empleo no calificado y a ciertas formas eficaces de redistribución es evidente. El caso reciente de México, por ejemplo, plantea posibilidades interesantes. En parte, por los cambios en la globalización y en parte por políticas deliberadas como el aumento en el salario mínimo, la posibilidad de una prosperidad compartida luce hoy menos lejana.

‘El deterioro de la confianza en la democracia no será reversible sin una economía más justa y menos desigual’

La recuperación de la ilusión democrática, perdida por los extravíos de la economía y las expectativas frustradas, no será fácil. Sea lo que sea, ella no será posible sin la moralización de la política (no la polarización de la moral) y la creación de economías más incluyentes y sostenibles en un momento de tensiones geopolíticas y transiciones inciertas.

*Si tiene algún comentario, por favor envíelo a este correo: [email protected].

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