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Lunes 4 de mayo de 2026
Jorge Luis Borges, escritor argentino y director de la Biblioteca Nacional, retratado frente a la institución que marcó buena parte de su vida intelectual. Dijo alguna vez que, en la vida de un escritor, la parte menos interesante, más deleznable o prescindible son sus opiniones políticas. · Foto: Colprensa + ChatGPT

Jorge Luis Borges, escritor argentino y director de la Biblioteca Nacional, retratado frente a la institución que marcó buena parte de su vida intelectual. Dijo alguna vez que, en la vida de un escritor, la parte menos interesante, más deleznable o prescindible son sus opiniones políticas.

Foto: Colprensa + ChatGPT

Borges y la democracia

Una lectura de las ambigüedades políticas del autor argentino, su desconfianza frente a la democracia, su rechazo a los totalitarismos y la forma en que esas tensiones atravesaron su obra, su pensamiento y algunos de sus relatos más inquietantes.

Por: Alejandro Gaviria

Borges quiso y despreció la democracia. A cuarenta años de su muerte, ocurrida el 14 de junio de 1986 en Ginebra, Suiza, sus ideas y relatos políticos ameritan ser releídos y estudiados. Sus cuentos especulativos (que postulan una irrupción insidiosa del mundo de la fantasía en el mundo real) parecen hoy, con la ubicuidad de las máquinas pensantes, casi clarividentes. 

Especial Imaginar La Democracia

Borges dijo alguna vez que, en la vida de un escritor, la parte menos interesante, más deleznable o prescindible son sus opiniones políticas. Pero nunca estuvo muy dispuesto a practicar lo que predicaba, a ser fiel a sus admoniciones. Opinó de manera frecuente sobre política, con libertad y desenfado. Dio miles de entrevistas. Lidió con las preguntas impertinentes de periodistas y admiradores que, sobre todo al final de su vida, lo trataban como una especie de oráculo desdeñoso.

Borges dijo alguna vez que, en la vida de un escritor, la parte menos interesante, más deleznable o prescindible son sus opiniones políticas

Borges no fue un escritor político. Muchas de sus ficciones son juegos intelectuales y relatos oníricos alejados de este mundo. Pero dos hechos políticos tuvieron una gran incidencia en su vida, su pensamiento y algunos de sus cuentos: el ascenso del nazismo en Europa y del peronismo en Argentina. Ambos hechos coincidieron con su etapa más creativa, con la escritura de sus relatos más notables, algunos de los cuales pueden leerse como distopías políticas.

Borges no fue un escritor político. Muchas de sus ficciones son juegos intelectuales y relatos oníricos alejados de este mundo

Peronismo y nazismo

El escritor y poeta mexicano José Emilio Pacheco propuso hace unos años que, para entender a Borges y profundizar en sus opiniones e ideas, uno debe partir de una dicotomía generosa, acrítica: de un lado está Borges, el genio tímido, lúcido y reflexivo, y de otro, “Georgie” —así lo llamaban sus amigos—, el niño mimado, insolente y apasionado. En las entrevistas, Georgie solía decir atrocidades; Borges, por el contrario, opinaba calmadamente, como un conservador desencantado, escéptico en asuntos políticos y literarios.

Georgie parecía no tener ningún recato en proferir opiniones despreciables. Dijo alguna vez que “los vascos parecen más inservibles que los negros: no han hecho otra cosa en la historia que ordeñar vacas”. En un artículo publicado a finales de los años setenta en la revista argentina Todo es historia, defendió la dictadura militar. “Ahora tenemos un gobierno militar, y creo en él. Confío porque se trata de un gobierno de caballeros, y no un gobierno de truhanes y rufianes como el que soportamos hasta 1976”, escribió, para la desilusión de sus amigos. “Ese edificio pomposo es inútil, sí, el Congreso”, dijo de manera insolente por la misma época. Como Pacheco, uno preferiría que esas opiniones pertenecieran a otro autor.

Cuando le preguntaron, al final de su vida, por los personajes históricos que más despreciaba, respondió sin dudarlo, como si estuviera desahogándose: “En general, los políticos”. Su desdén por la política tenía una explicación evidente: su odio básico y pasional por Perón y el peronismo. “¿El peronismo? Algo inverosímil. Nadie se acuerda de la quema de iglesias, ni del asesinato de Juan Duarte, ejecutado por orden de Perón. Yo no puedo hablar con imparcialidad: mi madre, mi hermana y mi sobrino estuvieron en la cárcel. A mí me echaron de un puesto mínimo que ocupaba en una biblioteca de las afueras”, dijo en una entrevista muchos años después.

Cuando le preguntaron, al final de su vida, por los personajes históricos que más despreciaba, respondió sin dudarlo, como si estuviera desahogándose: ‘En general, los políticos’

Recordaba, con humor e indignación, que en 1946 el régimen peronista lo trasladó de bibliotecario a inspector de gallinas y conejos en un mercado de Buenos Aires. “No se trataba de idoneidad —dijo en una entrevista publicada en julio de ese mismo año—, sino de una sanción por andarme haciendo el democrático, ostentando mi firma en toda cuanta declaración salía por ahí”. Con obvia indignación, dijo también que no sabía distinguir entre la gallina de los huevos de oro y un gallo de riña, y no podía, por lo tanto, aceptar el traslado. Se puso a leer y se olvidó del asunto.

En ese mismo año de 1946 escribió un relato sobre el nazismo, Deutsches Requiem, que más tarde incluiría en El Aleph. En el relato, un comandante nazi reflexiona, antes de ser ejecutado, sobre su vida en el ejército y su destino trágico. No pide perdón, se niega a la compasión y celebra la violencia que, en la visión enloquecida que defiende, terminará por crear un hombre nuevo, más fuerte y menos vulnerable. Para Borges, el nazismo era una exacerbación del nacionalismo, una especie de locura inhabitable, casi un enigma antropológico.

Su rechazo al peronismo fue siempre visceral y emotivo, obra de Georgie; su rechazo al nazismo fue más intelectual y racional, obra de Borges. “Ser nazi es, a la larga —escribió en 1945—, una imposibilidad mental y moral”.

Ser nazi es, a la larga —escribió en 1945—, una imposibilidad mental y moral

La ambigüedad con la democracia

Borges repitió varias veces que “la democracia era una superstición muy difundida, un abuso de la estadística”. Afirmó también de manera reiterada, citando al escritor escocés Thomas Carlyle, que la democracia era poco más que un caos provisto de urnas electorales. Desconfiaba de las multitudes; las creía propensas al error y a la crueldad. “Una broma que uno no se atrevería a hacer a un interlocutor es aceptada por una sala y hace gracia. Las multitudes son sencillas y eso lo saben los políticos”, le dijo a su amigo Osvaldo Ferrari en 1985, pocos meses antes de su muerte.

Repitió también a menudo, con algo de autoironía, que era un conservador anarquista, spenceriano (en alusión a Herbert Spencer, el individualista inglés). En un artículo sobre la censura, publicado en 1983 en el diario Clarín, fue un poco más allá y afirmó que “uno de nuestros máximos males, acaso el máximo, es la preponderancia del Estado sobre el individuo […]. El individuo es real; los Estados son abstracciones de las que abusan los políticos con o sin uniforme”.

Unos meses más tarde, en diciembre de 1983, coincidiendo con la elección de Raúl Alfonsín y la restauración de la democracia en Argentina, dejó de lado su ambigüedad, sus dudas sobre los políticos sin uniforme, y escribió un artículo celebratorio, una apasionada defensa de la democracia. Dijo que su utopía —no solo para su país, sino para todo el planeta— seguía siendo un Estado mínimo, pero que esa Utopía (con mayúscula inicial) era prematura. Afirmó también que, con la llegada de la democracia, el caos tomaba forma de cosmos y que la esperanza debía aprender a ser paciente ante los numerosos e intrincados problemas de su país. “La esperanza es ahora nuestro venturoso deber. Es un acto de fe que puede justificarnos. Si cada uno de nosotros obra éticamente, contribuiremos a la salvación de la patria”.

Unos años más tarde, en julio de 1985, asistió al juicio de una de las víctimas de la dictadura, encarcelada y torturada durante ocho años. Borges tenía una manía conocida, una tendencia a intelectualizarlo todo. Buena parte de sus críticos enfatizaron este defecto, la frialdad de algunos de sus comentarios, ensayos y relatos. Esta vez no fue así. “Siento que he salido del infierno”, escribió algunos días después del hecho. “Aquí no importa si es comunista o peronista: es un ser humano que ha sufrido […]. Estas barbaridades no pueden quedar impunes. Tengo la sensación de que he asistido a una de las cosas más horrendas de mi vida”.

Siempre se opuso al nazismo y al fascismo. Nunca justificó el mal. Sus comentarios políticos fueron casi siempre juicios morales instantáneos. Nunca intentó complacer a nadie ni decir lo que otros quisieran oír. Pero, como bien afirmó el escritor mexicano Octavio Paz, “su visita a Chile en plena dictadura militar y sus epigramas en contra de la democracia consternaron a sus amigos”.

Siempre se opuso al nazismo y al fascismo. Nunca justificó el mal. Sus comentarios políticos fueron casi siempre juicios morales instantáneos. Nunca intentó complacer a nadie ni decir lo que otros quisieran oír

Distopías y utopías democráticas

Borges tenía una relación ambivalente con el orden. Se decía anarquista, pero era consciente al mismo tiempo de la precariedad de la vida y de eso que llamamos civilización. Tenía cierta tendencia melancólica, la convicción de que la vida y las empresas humanas representan un orden efímero que será eventualmente derrotado. “César y corrupción. Álgebra y nadie”, escribió en Hábitos, su último poema, publicado en la revista argentina Crisis en abril de 1986, dos meses antes de su muerte.

En los años cuarenta escribió un breve cuento distópico —ciencia ficción paranoide, en palabras de los críticos—, La lotería en Babilonia. El cuento describe, o parece describir (todo es bastante críptico), los extravíos totalitarios de un poder omnímodo y misterioso. La Lotería, que comienza como una afición elitista y contenida, transmuta en una práctica popular después de una revuelta. La Compañía, administradora de la Lotería, concentra un poder absoluto, cambia la realidad del mundo por otra realidad misteriosa construida de manera artificial. Borges describe un Estado totalitario, todopoderoso y fantasmagórico, una mezcla de caos total y control total. Postula, en otras palabras, una pesadilla política.

Algunos han visto en este cuento una crítica conservadora a la democracia, una especie de relato orwelliano, compacto y sutil. Pero Borges también imaginó algunas Utopías democráticas (reitero la mayúscula borgiana). En 1966, por invitación de una revista argentina —las revistas ya están desapareciendo de este mundo—, escribió un texto breve sobre un porvenir posible y un futuro deseable. “Morirá la industria de fabricar noticias efímeras”, escribió. “Nadie se cuidará de las opiniones o viajes de un presidente, si los hay. La función política será anónima, como en Suiza, nación injustamente menospreciada”. Borges fue a morir allí, su manera de homenajearla.

Deseaba un gobierno tímido, retraído, dedicado a contrarrestar, en la medida de lo posible, el inevitable caos (como quien ordena una biblioteca). Sabía que, para que esa Utopía fuera posible y funcional, todos los ciudadanos debían obrar éticamente, actuar con justicia. Odiaba la estridencia. Solía burlarse del estridentismo, un movimiento literario mexicano. Su poema Los justos, publicado en 1981, describe, a su manera, por medio de la enumeración, su Utopía silenciosa, su idea de un mundo ideal, de la convivencia humana más allá de las ideas políticas o religiosas. Un poema que invita a salvar el mundo y, quizá, también la democracia.

Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

Un tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Finalización del artículo

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