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Lunes 4 de mayo de 2026
Mark Carney pronuncia en Davos su histórico discurso.

Mark Carney pronuncia en Davos su histórico discurso.

La democracia como esperanza

Al encontrarse el mundo en un limbo incierto, entre un orden político que ya no funciona y otro que todavía no hemos inventado, esta parece ser la senda para reactivar la ficción democrática y la esperanza de que vale la pena luchar por ella.

Por: Mauricio García Villegas

La democracia tiene mucho de realidad y también mucho de ficción. Algunos de sus conceptos fundamentales, como representación popular, libertad ciudadana o soberanía nacional, más que realidades son ilusiones, aspiraciones. En el caso de la representación popular, por ejemplo, se supone que los elegidos toman las decisiones que habría tomado el pueblo, lo cual implica un “mandato imperativo” entre ambas partes, como cuando alguien tiene el encargo específico de comprar una casa a nombre de otra persona. En las democracias, sin embargo, no existe eso (lo hubo en algún momento de la Revolución francesa), sino un mandato libre que le permite al representante decidir según lo que cree mejor para el pueblo que lo eligió. Entre ambas partes, el elegido y el ciudadano, existe un vínculo, pero débil, maleable, lo cual convierte el concepto de representación popular, si bien no en una quimera, en algo que tiene mucho de aspiración, por no decir de fantasía. Algo similar pasa con la soberanía, que no es una realidad, al menos no lo es en todo el territorio, menos aún en un país como Colombia, y con la libertad ciudadana, sometida a múltiples limitaciones fácticas y normativas. 

Especial Imaginar La Democracia

En la democracia existe una tensión inevitable entre lo aspiracional y lo fáctico, de tal manera que, en la práctica, cada país consigue un balance específico entre ambos, con un mayor peso de lo primero, por ejemplo, en las democracias de América Latina, o de lo segundo, por ejemplo, en las democracias de los países escandinavos. 

De otra parte, la dimensión aspiracional, como la esperanza misma, tiene dos caras, como el dios Jano, que se relacionan de manera paradójica. Por un lado, puede alentar la movilización social para exigir el complimiento de los ideales democráticos; Alexis de Tocqueville muestra cómo la Revolución francesa ocurrió cuando las cosas empezaron a ir de peor a mejor (no lo opuesto, como supone el marxismo) porque ese alivio en las condiciones de la gente sirvió para que vislumbrara un cambio más profundo, lo cual la llevó a luchar por ello. Pero, por otro lado, puede servir para que los gobernantes legitimen sus acciones sin que ello se traduzca en realidades efectivas, como lo denuncia Ferdinand Lasalle en Qué es una constitución. La primera posibilidad da cuenta de la fuerza emancipatoria de la esperanza, mientras que la segunda de su capacidad para apaciguar. Todo régimen político debe hacer lo posible por mantener un balance entre lo uno y lo otro con el fin de conseguir un apoyo que, en lo posible, avive esperanza con vocación de realidad.

2. 

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció, en el pasado encuentro del Foro Económico Mundial, en Davos (enero de 2026), un discurso que inspiró a mucha gente. Carney plantea algo parecido a la paradoja de la esperanza que acabo de describir, solo que referido al orden internacional, no a la democracia. Para ilustrar su idea empieza con un texto del disidente checo Václav Havel en el que trata de entender cómo se sostenía el régimen comunista de su país. La respuesta está en los tenderos, dice Havel, y lo explica de la siguiente manera: cada día, el vendedor pone un cartelito en la vitrina de su negocio que dice “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, aunque solo lo hace por conformismo, tal vez por miedo, no porque crea en la frase. Esa mentira, reproducida en todas las tiendas del país, mantiene el sistema. Pero cuando un marchante se arma de valor y decide no poner el cartel, otros lo siguen en esa protesta silenciosa hasta que logran quebrantar la legitimidad del régimen. “El poder del Estado –dice Havel–, no proviene de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera cierto”. 

Hoy, comenta Carney, vivimos en una ficción similar: la de un derecho internacional que ha dejado de ser verdadero porque los más fuertes imponen su ley a los más débiles. La pregunta que debemos hacernos, dice, es si nos adaptamos al orden actual construyendo muros más altos o si ambicionamos un nuevo sistema. Carney opta por lo segundo: afrontar el mundo tal como es, no como quisiéramos que fuera, es decir, no confiar más en el sistema normativo imperante, deshacerse de la esperanza que supone vivir bajo un orden normativo justo y empeñarse en construir un nuevo orden. Para que eso sea posible se requiere de una gran alianza de países intermedios que pueda servir de dique a las pretensiones imperiales de las grandes potencias.

Hoy vivimos la ficción de un derecho internacional que ha dejado de ser verdadero porque los más fuertes imponen su ley a los más débiles

Y Carney concluye de esta forma: “Estamos quitando el letrero de la ventana. El viejo orden no va a volver. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. A partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias…Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos”.

3. 

La posición de Carney es desafiante porque invita a tomar una posición radical, de abandono del derecho internacional, para no quedar atrapados en su mentira paralizante. Es cierto que el derecho necesita, además de su dimensión aspiracional, algo de realidad, de eficacia. Pero, la propuesta es polémica porque la renuncia a ese sistema normativo es justamente lo que las grandes potencias quieren; además, si bien puede ser conveniente acabar con una parte de ese sistema normativo, por ejemplo con el Consejo de Seguridad que se volvió inoperante por el derecho al voto que tienen las grandes potencias, no parece adecuado renunciar a la carta de Naciones Unidas o a las normas del derecho humanitario. 

Tal vez lo que propone Carney no es el abandono del sistema (aunque a veces su lenguaje lo sugiere), y en todo caso no es optar por el vacío normativo sino por una reforma radical que recupere los viejos ideales del derecho internacional; una reforma que le dé herramientas a sus instituciones, que nos saque del actual terreno ficcional y que conecte lo aspiracional con lo real. En ese sentido me parece que su propuesta es interesante y vale la pena discutirla. 

Algo parecido pasa con la democracia. Estamos en un momento en el que sus promesas han perdido vocación para convertirse en realidades. Pero eso no nos debe llevar a su abandono (eso desearían los poderes que actualmente la amenazan), sino a encontrar la manera de que esos principios sean efectivos no simplemente ficcionales.

Estamos en un momento en el que sus promesas han perdido vocación para convertirse en realidades

Tal vez haya que empezar por reconocer que la democracia, concebida hace más de dos siglos, adolece de un déficit de innovación, creatividad y adaptación a los desafíos presentes y esto ocurre porque los cambios en las mentalidades políticas, que luego se traducen en cambios institucionales, ocurren siempre de manera lenta y después de mucho esfuerzo colectivo. Hoy, como antes, estamos en un limbo incierto, entre un orden político y normativo que ya no funciona y otro que todavía no hemos inventado, o para decirlo en las célebres palabras de Gramsci: “la crisis consiste justamente en el hecho de que lo viejo está muriendo y lo nuevo no ha nacido todavía”. Esta crisis no es un simple revés temporal de la fortuna, porque lo que enfrentamos es mucho más definitivo. Por eso hay que pensar en los nuevos diseños institucionales que requiere la democracia para los tiempos que vienen.

Tal vez haya que empezar por reconocer que la democracia, concebida hace más de dos siglos, adolece de un déficit de innovación, creatividad y adaptación a los desafíos presentes

Hay muchas ideas de cambio que rondan en el ambiente y, a mi juicio, apuntan a los siguientes cuatro asuntos: 1) Diseñar salvaguardas más fuertes contra los poderes económicos (legales o ilegales) que intentan capturar la democracia. En otros términos, preservar la autonomía del Estado, su capacidad para tomar decisiones y hacerlas efectivas frente a los grupos económicos y políticos que la amenazan; 2) Fortalecer la participación ciudadana y, en general, la capacidad de la sociedad civil para defender los valores públicos, las virtudes cívicas y controlar los excesos del poder estatal; 3) Modificar las reglas actuales del orden internacional, empezando por diseñar un nuevo Consejo de seguridad, de tal manera que responda a ideales democráticos globales no a la voluntad imperial de las grandes potencias, y 4) Construir alianzas regionales entre países, particularmente en América Latina, con miras a crear un nuevo orden internacional más justo, más eficaz y más democrático. 

Todo esto es difícil y por el momento no parece tener muchas posibilidades de éxito, pero no hay otro camino, al menos otro más sintonizado con la paz y los derechos humanos. Por eso debemos perseverar; todo empieza por reactivar la ficción democrática y la esperanza de que vale la pena luchar por ella, lo cual, como dice Carney, se consigue con una buena dosis de pragmatismo.

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