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Lunes 4 de mayo de 2026
La democracia en Colombia también se ha contado desde la literatura. A través de varias novelas, las letras han reflejado los momentos políticos que han marcado al país y la forma en que la sociedad ha participado, resistido y soñado su devenir democrático hasta hoy.

La democracia en Colombia también se ha contado desde la literatura. A través de varias novelas, las letras han reflejado los momentos políticos que han marcado al país y la forma en que la sociedad ha participado, resistido y soñado su devenir democrático hasta hoy.

Ilustración: Nano Banana

La democracia en las novelas colombianas

Un recorrido por las letras que se inspiraron en los diferentes momentos políticos de la historia colombiana y que reflejan cómo fue la participación democrática de la sociedad en su evolución hasta hoy.

Con la independencia se hicieron más frecuentes las referencias a la democracia en la zona de la antigua audiencia de la Nueva Granada. Los políticos neogranadinos, formados en Bogotá, Cartagena, Popayán o Cúcuta (Camilo Torres, Lino de Pombo, Antonio Nariño, F. J. de Caldas, F. de P. Santander) creían que los ciudadanos tenían derecho a gobernarse mediante un sistema representativo sometido a reglas legales expresas. Las declaraciones de derechos de la revolución francesa y el ejemplo de la república norteamericana, que tuvieron gran impacto en la Nueva Granada, daban fuerza a estas ideas.[1]

Especial Imaginar la Democracia

Por eso, desde las primeras constituciones, como la de Cundinamarca de abril de 1811[2], se reconoció el derecho de los colonos a independizarse y organizarse en forma democrática y representativa. Sin embargo, la sociedad existente en Nueva Granada era muy diferente a la de las colonias inglesas: había mucha desigualdad (que allá se concentraba en la esclavitud), y no existía una tradición importante de autogobierno local o de educación popular en la que hubiera participado la mayoría de los neogranadinos. De hecho, en la sociedad heredada del período colonial, los criollos, que eran minoría, pero también los dueños de la tierra y los descendientes de los conquistadores –los que le quitaron a los indígenas la propiedad de sus tierras e importaron esclavos de África para explotar las minas–, dominaban la política mediante el control de los cabildos municipales; para participar en ellos había que probar que uno tenía propiedad urbana, y por lo tanto sólo los descendientes de los criollos habían tenido alguna experiencia de autogobierno.

Simón Bolívar, uno de los dirigentes principales de la independencia, miembro de una familia caraqueña de criollos con haciendas y minas, era escéptico: en su Carta de Jamaica, de 1816, tras participar durante seis años en las luchas contra los españoles, dio su visión del nuevo orden [3]. En su opinión, los criollos habían logrado desde la conquista una especie de ‘pacto social’ con el rey de España, por el cual este les reconocía su derecho a gobernar en América, y se comprometía, ya que el descubrimiento y la conquista se habían logrado a costa de los conquistadores, a nombrar solo descendientes de estos en los cargos del Gobierno colonial. La independencia rompió ese pacto, y los criollos que tenían que luchar por la libertad y el autogobierno debían a su vez enfrentarse al pueblo americano, a los indios y a los africanos: “no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles”. Los americanos “no ocupan otro lugar en la sociedad que el de siervos propios para el trabajo, y cuando más, el de simples consumidores…”. Pero el pacto se estaba rompiendo desde antes: ya durante el siglo XVIII las reformas de los monarcas borbónicos buscaron dar a España un gobierno más cercano de las colonias para controlar su economía, nombrar sus funcionarios, cobrar impuestos y ponerlas al servicio de la metrópoli española. Es decir, se despojó a los criollos “de la autoridad constitucional que les daba su código”. Así pues, desde el comienzo los criollos saben que la sociedad que van a organizar no es tan democrática como se requiere: unos pocos descendientes de los conquistadores representan un grupo dominante que se impone a las grandes mayorías, a los campesinos de origen indígena o mulato que constituyen la casi totalidad del pueblo en Nueva Granada, Venezuela o Quito.

Los criollos establecieron entonces Estados constitucionales: Venezuela erigió un gobierno “democrático y popular”, pero su práctica demostró que “las instituciones perfectamente representativas no son adecuadas a nuestro carácter, costumbre y luces”, y mostró también la ineficacia de “la forma democrática y federal”. La Nueva Granada adoptó un modelo similar, pero al mismo tiempo se apoyó en la convicción de los notables de que el sistema electoral y representativo (que se identificaba con la democracia) era el único mecanismo para definir la legalidad de un gobierno; que el respeto de la ley, de la tradición legalista y civilista, era la principal obligación de los políticos; y que el sistema permitiría el control de la sociedad por la minoría siempre que se respetara su base legal.

Los criollos, sin muchas alternativas, trataron de copiar las instituciones de los Estados Unidos, con su reconocimiento de las tradiciones de gobierno local. Pronto los políticos, de los cuales es buen ejemplo el mismo Bolívar, pero sobre todo los novelistas, vieron que esto no estaba funcionando: la democracia suponía que todos los ciudadanos tenían una capacidad similar para gobernar, para imponer sus ideales. Los más tradicionalistas de los criollos, de familias de propietarios de minas y haciendas, llegaron pronto a la conclusión de que, si era verdad lo que Bolívar decía, había que conservar la estructura de la sociedad colonial y no hacerse ilusiones sobre las posibilidades de una democracia real. Algunos, más abiertos a las nuevas ideas pensaron que podía lograrse la democracia si se ampliaba la ciudadanía y sobre todo, si se formaba a los nuevos ciudadanos con una educación muy sólida. 

Bolívar había compartido estas ideas en sus luchas, pues después de su visita de 1816 a Haití trató de emancipar a los esclavos y de establecer un sistema de educación más o menos novedoso. Así, mientras se mantenía fiel al ideal de mantener el gobierno bajo control criollo, sin abrir espacio al poder de las ‘castas’, admitía dos de las ideas liberales básicas. Pero al mismo tiempo que promovía la emancipación de los esclavos y buscaba una educación que cuestionaba el dominio religioso, quiso establecer, sobre todo después de su experiencia en el Perú y Bolivia, en 1825 y 1826, un gobierno autoritario, centralista, en el que las decisiones finales las tomaran los criollos y sus descendientes y que no estuviera sujeto a la demagogia de los que buscaban oír las reivindicaciones del pueblo, su búsqueda de la igualdad y la devolución –por ejemplo en la liquidación de los resguardos– de lo que les habían arrebatado los conquistadores. La contraposición entre los conservadores, que reivindicaron el autoritarismo de Bolívar e incluso la idea de un gobierno monárquico, y los liberales, que adoptaron la expansión de la ciudadanía y la educación sin control eclesiástico, con énfasis en la educación universitaria, artesanal y rural, marcó los enfrentamientos políticos del resto del siglo, y fue muchas veces violenta y asumió la forma del atentado, como el que se hizo contra Bolívar en 1828, o de las guerras civiles, pero siempre estuvo sometida al arbitraje de la ley y del sistema representativo. En 1851, los liberales impusieron al presidente José Hilario López y escribieron una Constitución que garantizaba las libertades de enseñanza y el voto universal y en 1870 importaron educadores alemanes para establecer escuelas normales en la Nueva Granada.

De 1863 a 1886, los liberales, apoyados en las oligarquías de estados y regiones federalistas que querían controlar sus poblaciones, gobernaron un país que reconoció todos los derechos civiles y terminó enfrentado con la Iglesia. De 1886 a 1930, los conservadores volvieron al poder, y establecieron una Constitución unitaria, autoritaria y que reconocía el papel dominante de la Iglesia católica.

Mientras tanto, los novelistas y autores de cuadros de costumbres trataron de ver la complejidad de la realidad. Un ejemplo temprano en la Nueva Granada fue el de Manuela, de Eugenio Díaz, escrita a mediados del siglo XIX por un contemporáneo: la protagonista es una campesina que no responde a los estereotipos: es una mujer pobre, hija de una familia de colonos de una hacienda azucarera, que no resulta atractiva como modelo de mujer. Un liberal radical, gólgota, se enamora de ella, pero de hecho son los liberales más autoritarios, los draconianos, los que dominan a la familia campesina de Manuela y los someten a su dominio. Pocos años después, Jorge Isaacs, hijo de un inmigrante de clase alta, dibujó, para los medios periodísticos, una mujer aristocrática, que se convierte en el ideal de los más elegantes: María (1867). Vale la pena enamorarse de ella, aunque sea un amor marcado por la muerte, trágico, pues es una mujer que concentra todo el poder y el atractivo del amor imposible y reúne el estilo elegante de las familias de propietarios y esclavistas de su región. En esta misma región se publica, en 1886, El a_lférez real_, que pinta la aristocracia terrateniente blanca y su dominio total del campesinado. Hay algunos intentos, más bien frustrados, de narrar la sujeción de los esclavos y las rebeliones palanqueras: Las estrellas son negras (1948), de Arnoldo Palacios, dibuja un día de hambre y desesperación en Quibdó. Changó, el Gran Putas (1983), de Manuel Zapata Olivella, hace un relato emotivo del Palenque de San Basilio, donde Benkos Biohó, que fue ejecutado en 1621, se rebeló unos años antes. Y dibuja un José Prudencio Padilla idealizado, un defensor guajiro de la emancipación total de los esclavos y de la igualdad racial muy diferente del personaje histórico que conocemos.

Dado el regionalismo tan fuerte de la Nueva Granada, las novelas dibujaron mujeres diferentes en cada zona; en Antioquia, Tomás Carrasquilla pintó, ya en el siglo XX, a La marquesa de Yolombó (1928), sujeta al final de la colonia al poder de los propietarios mineros y notable por su defensa de valores igualitarios en el trabajo de la mujer. También en otra novela urbana de Carrasquilla (Grandeza, 1910), la mujer, defensora de la igualdad entre los géneros y abierta el mundo moderno, es engañada por un cachaco bogotano a comienzos del siglo XX.

Otro personaje que surge temprano en la literatura, política o novelesca, es el del manipulador electoral urbano: el ‘cacique’. Lo pintan en Antioquia, con el nombre de ‘cachaco’, y en Cundinamarca lo describen los conservadores como un agente práctico de los liberales, el ‘gamonal’. En 1863, José María Samper dibujó en El triunvirato parroquial la sociedad que habían establecido los liberales y conservadores de la élite, donde los campesinos, que son inmensa mayoría, viven casi sin derechos, y los propietarios de tierras (los hacendados) y los ‘notables’, los que pueden recibir el tratamiento de Don y no solo de señor, imponen su voluntad y crean un sistema político que fue descrito muchas veces. En este sistema los ‘tinterillos’ y los ‘gamonales’ imponen su voluntad, manejan al sistema electoral, aprenden a nombrar a sus amigos y clientes en los principales cargos, divulgan las ideas de los dirigentes políticos leyendo en voz alta el periódico para los analfabetas, y deciden quién debe ir a los congresos, a las asambleas electorales: tienen derecho al voto, según la conocida descripción de Ernst Rothlisberger (El Dorado), aquellos a los que una multitud orientada por gamonales decide reconocerles, a gritos, sus derechos.

Mientras tanto, otros novelistas han dibujado ese complejo sistema. Tomás Carrasquilla en el padre Casafús (llamada también Luterito) (1898) muestra las acciones de un cura que, contra lo usual, decide aceptar a los liberales y finalmente es destituido por un obispo más o menos convencional y conservador. Por su parte, la pintura frecuente y repetida de la sociedad en manos de los triunviros parroquiales se impone, y los escritores e intelectuales colombianos llegan a la convicción, reforzada después de 1917 por influjo del comunismo y la revolución rusa, de que la democracia en Colombia es engañosa, una mentira creada para oprimir al pueblo con su consentimiento. 

En 1930, los liberales recuperan el poder, ahora apoyados en buena parte por organizaciones urbanas que defienden los derechos de artesanos y obreros, y vuelven a establecer el sufragio universal. Sus periódicos promueven los derechos iguales de todos, y finalmente la ‘revolución liberal’ intenta establecer una democracia realmente representativa. Esto, por supuesto, lleva a nuevos conflictos, y después de 1946, a una fase adicional de violencia y enfrentamientos entre liberales y conservadores, que producen la muerte del dirigente liberal popular Jorge Eliécer Gaitán y el ascenso de Laureano Gómez, dirigente conservador que intenta en 1952 hacer una reforma constitucional para incorporar algunos de los ideales de Bolívar, como el derecho del presidente a escoger a su sucesor y un Congreso compuesto en parte por un Senado no electivo y hereditario. Después de una etapa de transición (el Frente Nacional) y de alianza entre las elites liberales y conservadoras, y en un país muy diferente, en el que el poder de los empresarios de la coca compite con el de los guerrilleros rurales que trataban de ser voceros de los campesinos y obreros sin poder, se aprobó en 1991 una nueva Constitución, que finalmente reconoció muchos de los ideales de la democracia representativa e incluso adoptó muchas de las reivindicaciones de la democracia participativa. 

Pero esta democracia, de acuerdo con la historia del país, se apoyaba en la prensa y las organizaciones locales de poder, en los electores regionales, en una estructura clientelista no muy diferente de la del triunvirato parroquial, en la que los grandes dirigentes señalaban con su bolígrafo, con base en los resultados de sus negocios y del usufructo clientelista y corrupto de los recursos y presupuestos del Estado, quiénes debían ser elegidos.

Otras novelas trataron de narrar esto con todos los detalles: Nostromo (de Joseph Conrad) (1904), sobre una república costeña (Costaguana) donde los amos obligan a defender la minería para beneficio de los norteamericanos, y Siervo sin tierra, (1954) en la que un campesino sin poder ni propiedades es víctima de terratenientes, comerciantes, gobernantes locales, dirigentes conservadores, caciques y curas que lo hacen perseguir. Escrita por un periodista liberal, Eduardo Caballero Calderón, representa el consenso de los intelectuales críticos de la primera mitad del siglo XX, que se extiende después a Álvaro Cepeda, a Gabriel García Márquez y a otros novelistas, sobre todo a los que escriben en los diarios de las ciudades principales como El Tiempo, El Espectador o El Colombiano. Caballero había escrito El Cristo de espaldas (1950), una novela sobre un cura que, como Casafús, mira con tolerancia a los liberales, lo que lo enfrenta a la violencia conservadora. Caballero, cuya familia había sido dueña de la hacienda santandereana de Tipacoque, fuera de memorias sobre esta propiedad y su entorno (Tipacoque (1978), y De ayer a hoy (1979) publicó también en los periódicos bogotanos una amplia colección de textos sobre el papel de colonos y peones rurales y la forma como, en buena parte con su tolerancia, son oprimidos. Los campesinos, publicado en 1962 y reeditado en 1973, sirve de trasfondo a lo que pasa en sus novelas; describe el país visto por un narrador que reconstruye la nación a partir de la idea aceptada por casi todos los analistas de que el campesinado ha estado sometido a una minoría blanca y sobre todo conservadora, que se apoyó en la diferenciación regional, cultural y racial para imponerse, manipulando las elecciones en el siglo XIX a través del cacique y venciendo con las armas en las guerras civiles. Y que sigue manejando el poder a mediados del siglo XX, mediante la violencia y las armas estatales, el clientelismo y la corrupción política y la ignorancia de campesinos y electores.

[1] Son conocidas las persecuciones a Nariño por imprimir la declaración de derechos del hombre y el ciudadano de la Convención Francesa de 1793. La constitución de los Estados Unidos, traducida por el cartagenero Miguel de Pombo, fue publicada en Bogotá en 1811.

[2] La constitución se puede consultar en https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/constitucion-de-cundinamarca-30-de-marzo-de-1811-y-promulgada-el-4-de-abril-de-1811--0/html/

[3] Existen, incluso en la red, varias ediciones de este importante texto.

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