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Lunes 4 de mayo de 2026
Henry Adams, Robert Penn Warren, George Orwell y Joan Didion han sido algunos de los autores que han acompañado, a través de sus novelas, el proceso democrático del mundo.

Crédito: Imagen realizada con IA

Henry Adams, Robert Penn Warren, George Orwell y Joan Didion han sido algunos de los autores que han acompañado, a través de sus novelas, el proceso democrático del mundo. Crédito: Imagen realizada con IA

Democracia y novelas

El historiador Jorge Orlando Melo muestra cómo, desde siempre, los novelistas han acompañado el proceso de cambio democrático del mundo no tanto para proponer modelos políticos, sino para ver cómo los ideales se concretan o se desfiguran en la experiencia cotidiana. Para él, imaginar la democracia, como hacen los novelistas, es también imaginar una sociedad más justa, consciente de sus límites, pero empeñada en superarlos.

Por: Jorge Orlando Melo

Cuando, a finales del siglo XVIII, pensadores como Locke y más tarde Rousseau propusieron otra vez, en el contexto revolucionario de la época, establecer sociedades democráticas que algo recordaban a Grecia, los teóricos sociales y políticos plantearon las reglas básicas de lo que debía ser la democracia: gobierno de todos, sistemas electorales eficientes, instituciones legales, gobiernos con contrapesos y ramas independientes (legislativo, ejecutivo, judicial). Esto se hizo en el siglo XVIII, al menos en parte, en Inglaterra y Francia. A comienzos del siglo XIX y durante el XX, la democracia resultó atractiva para poblaciones más amplias: Estados Unidos, América Latina, el oriente de Europa, India, etc.

Especial Imaginar la Democracia

Pronto, sin embargo, algunos analistas pensaron que la democracia se había definido en forma muy optimista, pues suponía una sociedad con rasgos que no existían. Por ejemplo, para que todos pudieran gobernar, era clave la educación de la población o una buena tradición de gestión local o municipal, como la de las colonias inglesas. Además, era esencial que los poderes económicos y sociales de la gente no fueran muy desiguales, pues un grupo dominante podía imponer sus reglas a todos con base en su control de la riqueza, la educación y los medios o, como se probó sobre todo en el siglo XX, de las armas, que se ponían al servicio de grupos pequeños de ciudadanos. Los críticos liberales y marxistas destacaron el control de las democracias formales por los propietarios de los medios de producción y los gestores del orden político, y lo mismo hicieron muchos analistas en las antiguas colonias conquistadas por las naciones europeas. En El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, de Marx, y en El Estado y la revolución, de Lenin, se subrayó el engaño esencial de esta democracia formal y aparente, que daba a todos el mismo derecho a morir de hambre ahogados en un río de París.

En un comienzo, algunos analistas pensaron que la democracia se había definido en forma muy optimista, pues suponía una sociedad con rasgos que no existían

Los novelistas, desde el comienzo, en vez de prestar atención a fórmulas simplificadas de cómo debía funcionar la democracia, estaban atentos al funcionamiento real de la sociedad y por ello veían a la sociedad con sus diferencias, con grados diversos de riqueza y educación, muriendo de hambre o totalmente analfabetas, y se daban cuenta de cómo en algunos países se había producido la separación del capitalista (el empresario industrial) y el terrateniente (rentista) y su mutua y recíproca visión negativa: el capitalista explotador y el terrateniente ocioso.

Los novelistas, desde el comienzo, en vez de prestar atención a fórmulas simplificadas de cómo debía funcionar la democracia, estaban atentos al funcionamiento real de la sociedad

En los Estados Unidos, una de las primeras novelas sobre este tema fue la de Henry Adams, Democracia, de 1880, que cuenta las intrigas en Washington hacia 1870, después de una elección presidencial. La protagonista es Madeleine Lee, que se va de Nueva York y monta un salón en Washington, donde dos políticos se enamoran de ella: Carrington y Ratcliffe, que conviven con la corrupción y usan los contratos con el Estado para lograr el dinero que les servirá para tener el apoyo electoral, con un pragmatismo que abandona toda preocupación moral. Los efectos de los rasgos personales de los candidatos, su conducta, son analizados con cuidado. “Si la virtud no nos resulta, debemos usar el vicio o nos quitarán nuestros cargos”. Más que el gobierno popular, mandaban el dinero y la influencia.

Otra novela de éxito fue All the king's men (1946), de Robert Penn Warren. El autor planteó allí la posibilidad de que un solo hombre, Willie Stark (inspirado en Huey Long), impusiera su voluntad sobre un electorado pobre, ignorante y sin esperanzas. Las buenas intenciones iniciales se degradan mediante la manipulación y el clientelismo. Fue una descripción del populismo a comienzos del siglo XX, no muy distinta a la que se produjo a comienzos del siglo XXI. 

George Orwell, un socialista inglés que creía en la democracia, escribió Homage to Catalonia sobre la revolución española, obra centrada en los choques entre los estalinistas y los marxistas más libertarios, más afines a la teoría liberal de la democracia y en las tensiones entre el ideal revolucionario y la realidad autoritaria. Para Orwell, la defensa de la democracia debía extenderse a las deformaciones que amenazaban su espíritu, a la desconfianza hacia cualquier régimen que, a nombre del pueblo, silenciara la crítica o manipulara la verdad. La sinceridad y la disposición a la autocrítica, subraya Orwell, faltan tanto en los regímenes totalitarios como en las democracias complacientes.

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Una novela más reciente, de Joan Didion, Democracy (1984), ofrece una visión de “los procesos terminales de la democracia” en el capitalismo avanzado de finales del siglo XX, centrada en la vida de una familia norteamericana que se mueve con facilidad en medio de los grandes intereses económicos y militares de la democracia imperial de los Estados Unidos durante los años sesenta y setenta. Fue, en cierto modo, una caricatura de las familias políticas tipo Kennedy, con su gran poder familiar, su riqueza, el apoyo de los medios para gente atractiva y llamativa, amiga del trago, la droga y los medios de comunicación. Y una caricatura del mundo del imperialismo, con su control de los países atrasados por los agentes de las empresas norteamericanas: Vietnam, Corea y otros países son escenarios centrales de este relato.

El lenguaje retórico y vacío se usa sin cesar: “todos hablan en esterlinas” (o dólares). Hay respuestas pragmáticas pero abstractas a los conflictos, y lo que pasa es al mismo tiempo irónico y misterioso, y toda información puede ser útil, incluyendo la falsa e inexacta. Todos son actores que hacen lo que pueden, tienen un negocito aquí y otro allá, ponen diversas bolas en el aire, sus movimientos se fotografían y salen en las redes, aunque pronto se olvidan, porque la democracia, según la descripción de Didion, reemplaza la realidad por la imagen y destruye la memoria.

La democracia del siglo XX reveló un desajuste de fondo entre realidad y sueños, más fuerte donde se habían adoptado modelos sociales ideales en la democracia socialista que en la capitalista. Por ello, en la URSS se intentó, entre 1936 y 1991, poner de acuerdo la realidad y los sueños: en 1936, según la Constitución, hubo voto secreto y universal, separación de poderes, libertad de prensa: una democracia con plenas libertades, reconocidas en la Constitución y violadas en los hechos. Y en 1989 volvió a producirse el choque de la realidad y la utopía, la caída del muro y la deforme realización de los sueños. Este choque, además, fue fuerte en las regiones que entraron tarde a la modernización social y económica, como América Latina, Asia y África. Didion, con su fino oído, se apega al lenguaje vacío, rutinario, repetitivo y bien sonante de revistas y periódicos como Time, Newsweek, The Wall Street Journal y The New York Times.

La democracia del siglo XX reveló un desajuste de fondo entre realidad y sueños, más fuerte donde se habían adoptado modelos sociales ideales en la democracia socialista que en la capitalista’

Los proponentes de la democracia, dados estos desajustes, han insistido en la necesidad de transformar, además de las reglas formales, el mundo real: no puede haber democracia si no hay al menos algún grado de educación y de igualdad económicas. Por eso, mientras los teóricos políticos indicaban que la democracia debía garantizar el poder del pueblo y formulaban reglas para obtener el cumplimiento de esto, algunos novelistas veían las limitaciones de un modelo muy formal, en el que la verdad es escasa en un espacio digital en el que dominan la información falsa, los discursos extremistas y la desinformación.

Los proponentes de la democracia han insistido en la necesidad de transformar, además de las reglas formales, el mundo real: no puede haber democracia si no hay al menos algún grado de educación y de igualdad económicas

A medida que se extendía la democracia, la novela registraba sus insuficiencias. Adams veía el peligro de la corrupción burocrática, Warren el del populismo, Orwell el de la verdad manipulada y Didion el de la retórica que reemplaza el discurso público. Al mismo tiempo, algunos teóricos sociales veían a la democracia como algo que llevaría pronto al avance social: si la democracia daba poder a los ciudadanos sin poder, se usaría para crear las propias condiciones de su existencia.

Era importante que los Estados democráticos ampliaran la educación básica y secundaria y abrieran la educación universitaria para todos. Y crearan condiciones sociales que quitaran al pueblo algunos de los rasgos que los alistaban para entregarse a cualquier demagogo: el hambre, la enfermedad, la pobreza extrema. Así se hizo: se crearon sistemas de salud, pensiones, subsidios, en diversas sociedades democráticas. Esto fue evidente en la América Latina de comienzos del siglo XX, en los años de la revolución mexicana, o en la social democracia nórdica posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Si uno mira lo que ocurrió de 1810 a 1960, verá que en todas partes se repitieron las exhortaciones a la democracia, de reglas formales y frases retóricas que fijaban las condiciones de su existencia: la creación de un sistema de elecciones libre, la idea de que en la democracia la gente aprende a debatir con calma los enfrentamientos y desacuerdos, para vivir con ellos, aceptando que hay reglas para su solución y que la polarización, criticada desde 1810 en América Latina, puede superarse en los debates tranquilos.
Pero al mismo tiempo cambió algo la estructura social detrás de la democracia y progresaron las sociedades que se apoyaban en ella. 

La educación se extendió, se crearon sistemas de salud y pensiones en casi todo el mundo. Sin embargo, lo dominante fue el esfuerzo por definir las reglas abstractas de la democracia, hacer un buen sistema electoral, precisar los mecanismos para evitar el fraude. Mientras se avanzaba en la formulación de mecanismos como la cédula electoral (que evita la suplantación de personas) y de instituciones que cuentan bien los votos (las registradurías), que hacían la democracia más aceptada y deseable, la corrupción y la violencia, la fuerza de la desigualdad y la pobreza, la fuerza de la realidad, el poder de los oligarcas, la hacían más hostil a todos. Quedó claro, como lo mostraban los novelistas, que si no cambiaban las realidades sociales no bastaba repetir frases bienintencionadas.

Quedó claro, como lo mostraban los novelistas, que si no cambiaban las realidades sociales no bastaba repetir frases bienintencionadas

En América Latina, la democracia fue reemplazada muchas veces por regímenes militares. El retorno a la democracia, impulsado a mediados de siglo XX por los países avanzados, se logró cuando Estados Unidos y otros países lo apoyaron, por intereses propios, y en el ámbito limitado por el neoliberalismo. Fue un retorno a las elecciones y la democracia que no impidió el auge del autoritarismo, en América Latina y otros sitios, como la India y el sudeste asiático. Y mientras tanto, el marxismo creó un modelo democrático basado en el autoritarismo en Rusia y China, Corea del Norte, Cuba, Venezuela, donde regímenes creados por la movilización popular fueron reemplazados por sistemas basados en el peso de los militares, las policías secretas, la censura de los medios.

El marxismo creó un modelo democrático basado en el autoritarismo en Rusia y China, Corea del Norte, Cuba, Venezuela, donde regímenes creados por la movilización popular fueron reemplazados por sistemas basados en el peso de los militares, las policías secretas, la censura de los medios

Ya no es fácil saber qué va a pasar. Pero si lo que ha ocurrido es indicación de algo, probablemente seguirán mejorando las bases sociales de la democracia, la expansión de la educación y la eliminación de la pobreza. Los novelistas han acompañado el proceso de cambio no tanto para proponer modelos políticos, sino para ver cómo los ideales se concretan o se desfiguran en la experiencia cotidiana. No sabemos si las novelas escritas en el siglo XXI, o ahora mismo, cuarenta años después de la de Didion, mostrarán cambios reales o solamente mayor énfasis en la retórica, en la necesidad de pactos democráticos entre los oligarcas y el pueblo, en la invitación repetida a bajar el tono para reducir la violencia o la corrupción. No será fácil que los esfuerzos por lograr cambios sociales tengan resultados, pero los países que logren hacerlo se convertirán en modelos. Con dificultades, retrocesos momentáneos o frenos bruscos, la democracia y el avance social se han ido imponiendo en forma paralela y lo seguirán haciendo.

Imaginar la democracia es imaginar también los cambios que se van produciendo en la sociedad, luchando contra la ignorancia, la pobreza y la desigualdad sin que baste fortalecer la retórica sobre la democracia, sus condiciones y las instituciones políticas que la apoyan. Lo clave, aunque a veces parezca difícil, es seguir buscando las salidas democráticas, la discusión de desacuerdos, la respuesta razonada a los problemas de pobreza, seguridad, corrupción, impuestos y servicios sociales. Y seguir condenando todo recurso a la violencia, incluso la violencia ocasional de manifestantes, al menos contra gobiernos que aceptan cumplir las leyes y permiten las protestas. Esto puede parecer un puro gesto, pero gradualmente los gestos de paz se irán imponiendo y la democracia y el debate serán la forma dominante de gestión de diferencias y desacuerdos: el sistema aceptable para superar la polarización.

Gradualmente, los gestos de paz se irán imponiendo y la democracia será la forma dominante de gestión de diferencias y desacuerdos, el sistema aceptable para superar la polarización’

Los sueños teóricos y la realidad descrita por los novelistas pueden acercarse algo, y el avance paralelo en las condiciones sociales y las reglas formales de la democracia puede abrir el camino a una nueva era de democracia algo más real, aunque siempre se seguirán encontrando nuevas limitaciones, que servirán precisamente para invitar a nuevos avances. Las novelas nos recuerdan que el poder necesita vigilancia y que la igualdad necesita, además de leyes, imaginación moral y voluntad colectiva. Imaginar la democracia, como hacen los novelistas, es también imaginar una sociedad más justa, consciente de sus límites, pero empeñada en superarlos.

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