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Miércoles 6 de mayo de 2026
Crédito: Imagen creada con IA.
Carmen Valls Llobet, autora del libro "Mujeres invisibles para la medidina", y Manuela Dunn Mascetti, de "Diosas. La canción de Eva", son citadas en esta columna sobre el cuerpo femenino y su relación con la ciudadanía, la autonomía y la democracia.

Crédito: Imagen creada con IA. Carmen Valls Llobet, autora del libro "Mujeres invisibles para la medidina", y Manuela Dunn Mascetti, de "Diosas. La canción de Eva", son citadas en esta columna sobre el cuerpo femenino y su relación con la ciudadanía, la autonomía y la democracia.

Mi cuerpo es perfecto: lecciones de anatomía y ciudadanía plena

Históricamente, la medicina ha leído al cuerpo femenino como imperfecto, sometido y carente de autonomía. Hoy, el reconocimiento a todas las mujeres de decidir sobre su cuerpo no solo es un asunto de autonomía individual, sino también, y sobre todo, un asunto de democracia.

Por: Viridiana Molinares Hassan

En esta columna presento algunas reflexiones sobre cómo la medicina ha leído históricamente al cuerpo femenino como un cuerpo imperfecto, sometido y carente de autonomía. Desde un relato en el que la posibilidad de una cesárea depende del permiso del esposo, hasta diagnósticos errados que enferman más que curar, pasando por visiones de ‘hombres sabios’ que, en la antigüedad, imaginaron el útero, refriéndose a la mujer, como “un animal dentro de un animal”, se revela un patrón de exclusiones y distorsiones. En contraste, el cuerpo masculino ha permanecido al margen de esas razones e imaginaciones instrumentales y patologizantes.
Este recorrido me permitió analizar otra cara de la democracia: la ciudadanía plena de las mujeres expresada en el derecho a decidir en su cuerpo la interrupción voluntaria del embarazo reconocido en Colombia tras décadas de luchas feministas. Antes, en la columna ‘Un hobbit para Colombia’, me había referido al reconocimiento a la ciudadanía política gracias a la lucha de muchas mujeres y, específicamente, en plena dictadura militar, en 1954, a la presión de Esmeralda Arboleda, Josefina Valencia, Teresa Santamaría, María Currea y Bertha Hernández. De ellas heredamos el derecho a votar.

Especial Imaginar la Democracia 

En esta ocasión les presento un horizonte complementario: el reconocimiento a todas las mujeres a decidir sobre nuestro cuerpo no solo es un asunto de autonomía individual, sino también, y sobre todo, un asunto de democracia que ha implicado, primero, superar las ideas sobre la ‘impureza’ del cuerpo de las mujeres implantadas con dogmas religiosos y, después, solo a partir del siglo XXI en Colombia, con la sentencia de la Corte Constitucional SC-055 de 2022: el paso de una ciudadanía de segunda categoría a una ciudadanía plena con la expulsión del ordenamiento jurídico del artículo 122 del Código Penal, que establecía una pena de hasta cuatro años de privación de la libertad a las mujeres que interrumpieran voluntariamente su embarazo.

Desde el año 2022, las mujeres en Colombia tenemos pleno derecho a nombrar, resignificar, habitar y decidir sobre nuestro cuerpo perfecto. Les presento a continuación reflexiones sobre religión y diosas, y un diccionario científico poético sobre el cuerpo femenino para llegar al análisis sobre el reconocimiento judicial de nuestra ciudadanía plena.

Desde el año 2022, las mujeres en Colombia tenemos pleno derecho a nombrar, resignificar, habitar y decidir sobre nuestro cuerpo perfecto

Sin religión, pero con diosas

La ciudadanía plena no puede entenderse únicamente como la participación en la vida política o el acceso a derechos formales. Implica, ante todo, la posibilidad de que cada persona decida primero sobre su propio cuerpo y luego sobre asuntos colectivos. La autonomía corporal constituye la base de la dignidad humana y de la igualdad sustantiva entre hombres y mujeres. Sin la capacidad de elegir en asuntos sexuales y reproductivos, la ciudadanía de las mujeres queda incompleta, reducida a una ficción jurídica que mantiene vigentes jerarquías históricas de subordinación.

La restricción del derecho a decidir sobre el cuerpo suele justificarse en mandatos morales o religiosos que, al trasladarse al ámbito jurídico, imponen un único horizonte vital, desconociendo la diversidad de convicciones y proyectos de vida que caracterizan a sociedades democráticas y pluralistas. 

Para ilustrar esta ‘histórica condena religiosa’ que hemos padecido a partir de nuestro cuerpo, podemos mostrar cómo, en la tradición bíblica, la menstruación femenina es abordada como una condición de “impureza”, especialmente en los textos del Antiguo Testamento. El libro de Levítico establece que durante el período menstrual, la mujer es considerada ritualmente impura por siete días, y todo aquello que toque o sobre lo que se siente también se vuelve impuro (Levítico 15:19-23). Esta impureza no implica pecado, sino una separación temporal de las prácticas religiosas y sociales. Además, se prohíbe explícitamente mantener relaciones sexuales con una mujer durante su menstruación, y se sanciona severamente a quienes lo hagan, señalando que deben ser “cortados de entre su pueblo”, debido a que se consideraba una práctica abominable (Levítico 18:19 y 20:18). En el libro de Ezequiel también se condena a quienes humillan a la mujer en ese estado, mientras que se exalta al hombre justo que se abstiene de acercarse a ella durante su impureza (Ezequiel, 22:10 y 18:6). 

En la tradición bíblica, la menstruación femenina es abordada como una condición de “impureza”, especialmente en los textos del Antiguo Testamento

En estos textos se refieren a la “inmundicia” de la mujer por la menstruación y aunque el término “repudio” no se emplea directamente en estos pasajes, puedo interpretar que se entiende repudiada durante esta etapa porque sangra y sangra porque no está embarazada, lo que desde el paradigma patriarcal ha sido, junto a la satisfacción de la sexualidad de los hombres, la función del cuerpo femenino.
A diferencia de las concepciones religiosas que asocian la menstruación con impureza y repudio, Manuela Dunn Mascetti, en su libro Diosas. La canción de Eva, propone una lectura profundamente simbólica y arquetípica del ciclo menstrual. En su análisis del arquetipo de la mujer como Creadora y Destructora, afirma que las diosas del mundo antiguo eran benignas y malignas, santas y lúbricas, causantes del nacimiento y de la muerte. Estos atributos no se consideraban contrarios sino polaridad de la ‘unidad’. El arquetipo de la polaridad creación-destrucción tiene sus raíces en el ciclo menstrual de la mujer. Durante siglos, la represión y exclusión de las actividades sociales durante los días de la menstruación han hecho que las mujeres comprendiéramos mal el ‘humor destructivo’. La creación se produce también a través de la destrucción; de hecho, así se convierte en una acción más permanente y constructiva. 

Manuela Dunn Mascetti profundiza, además, en el tabú menstrual, revelando cómo durante el período menstrual se diseñaron cabañas especiales para que las mujeres pudieran retirarse a pasar su ‘enfermedad’. Por desgracia, la extensión del tabú supuso más que la mera prohibición de tocar objetos del entorno de la mujer. Por ejemplo, explica que entre los pueblos primitivos, durante la menstruación, una mujer no podía acercarse a un hombre por su sombra “contaminante”. Esta visión ha influido en creencias contemporáneas, como la idea de que “hacer el amor durante la menstruación no está bien”, aunque Mascetti advierte que “la sangre forma parte de la vida en todas las sociedades, igual que la muerte y el nacimiento, de manera que la causa de la ‘maldición menstrual’’ reside más en los recovecos de la psique humana”.

Mujeres invisibles para la medicina

En un club de lectura de divulgación científica realizado en la librería Dos Mangos, de Barranquilla, y dedicado al libro Mujeres invisibles para la medicina, de Carme Valls Llobet, médica y política española, una mujer contó que, cuando estaba a punto de parir, pidió al médico que le practicara una cesárea. Él le respondió que debía solicitar la autorización de su esposo.  

Carme Valls Llobet (2020), en ese mismo libro, narra otra historia, la de una mujer sometida, durante años, a tomar medicamentos recetados por un médico hombre, y que creyó que sus dificultades para andar, somnolencia y pérdida de memoria se debían a un principio de Alzheimer. Muchísimos años después, cuando su salud física y mental se deterioró por el consumo de esas medicinas, fue a otro médico que le recomendó reducir las dosis y, luego de una prueba neuropsicológica, dejó claro que no existían indicadores de enfermedad de Alzheimer.

Aunque los síntomas y las enfermedades físicas de las mujeres sean visibles, en el terreno de la salud mental —donde las relaciones de poder y las normas de la sociedad, dominada por el poder masculino, son mucho más distorsionadas— explica Valls Llobet que la invisibilidad de las mujeres y de sus factores de riesgo se ha convertido en la norma. Cualquiera de sus manifestaciones se considera como “histeria”, antes de ser explorada y analizada. La administración de ansiolíticos o antidepresivos a las mujeres se hace en la mayoría de los casos sin un diagnóstico riguroso, sin analizar que pueden ser problemas derivados de la relación, de afectividad, de pobreza o del cansancio causado por su papel de cuidadoras.

Es la ciencia médica, construida con base en la salud mental masculina, la que define qué es normal o no en las mujeres que atiende y trata. Etiquetar, diagnosticar y decidir qué mujeres son “normales” y cuáles están enfermas, nerviosas o locas ha colaborado en gran medida a empeorar la salud mental de las mujeres, que además de tener que luchar contra modelos sociales que quieren encerrarlas, han de luchar contra los modelos mentales de los y las profesionales que deben atenderlas.

Es la ciencia médica, construida con base en la salud mental masculina, la que define qué es normal o no en las mujeres que atiende y trata. Etiquetar, diagnosticar y decidir qué mujeres son “normales” y cuáles están enfermas, nerviosas o locas ha colaborado en gran medida a empeorar la salud mental de las mujeres, que además de tener que luchar contra modelos sociales que quieren encerrarlas, han de luchar contra los modelos mentales de los y las profesionales que deben atenderlas

Nombrar mi cuerpo: Diccionario científico poético del cuerpo femenino

Al intentar nombrar mi cuerpo desde la medicina, encontré en mi biblioteca el libro El cuerpo femenino (1993), de Anne de Kervasdoué. Su escritura en forma de diccionario me recordó la novela Frankenstein de Mary Shelley, por la idea de la fragmentación del cuerpo.
En esa novela de ficción, el doctor Frankenstein —en la esfera comercial se llama Frankenstein a la creatura— da vida a una “creatura” a partir de la unión de fragmentos de cadáveres. Esa creatura, al enfrentarse al rechazo de su creador, le suplica compañía, pero el doctor se la niega. Solo y errante, la creatura encuentra consuelo al dialogar con un hombre ciego; sin embargo, cuando los hijos del ciego lo descubren, lo rechazan violentamente. Entonces se ve obligado a vagar de nuevo, atrapado en la soledad y el rencor. Su camino se convierte en una búsqueda de venganza que termina destruyéndolo a él y también a quien lo creó. En el capítulo quince de la novela, al leer en el diario del doctor Frankenstein las notas de su propia creación, exclama: “¿Por qué fabricaste un monstruo tan espantoso que incluso tú mismo te apartaste horrorizado de mí? Dios, en su misericordia, hizo al hombre hermoso y atractivo, a su propia imagen; en cambio, mi figura era una mezcla inmunda, una parodia de la tuya, más espantosa aún por su parecido. Satanás tuvo a sus compañeros, a sus demonios seguidores, que le admiraban y le alentaban; pero yo me encuentro solo y soy abominado”. (Shelley, 2017, p. 182).

La monstruosidad de la criatura no estaba en su esencia, sino en el modo de su creación y, sobre todo, en la forma como lo miraban los otros. Su mayor dolor era la soledad y la exclusión. Pienso en nosotras, mujeres, y en cómo nuestra propia creación ‘simbólica, anatómica, política y cultural’ ha estado precedida por mitos que nos definieron como cuerpos imperfectos, tal como sostenían Galeno y Aristóteles, y exclusiones establecidas en las leyes.

En respuesta a ellos, y frente a la ley, tomo el diccionario del cuerpo femenino de Anne de Kervasdoué para, desde el saber científico de esta mujer, nombrar las partes de nuestro cuerpo perfecto y dialogar con él desde la poesía renombrando aquello por lo que hemos sido “castigadas”.

Vulva. Es la parte externa y visible del sexo femenino, situada entre la cara interna de los muslos y considerada la zona más sensible al tacto y la más erógena. Se encuentra delimitada por el pubis o Monte de Venus en la parte anterior y por el perineo en la posterior. El vello pubiano disimula en parte sus elementos: labios mayores, labios menores, clítoris, orificio urinario, inicio de la vagina y glándulas vulvares. Los labios mayores, dos pliegues que enmarcan la entrada vaginal y se extienden desde el Monte de Venus hasta el ano, resguardan los labios menores, pliegues más delicados que, al descubrirse, encierran el clítoris por delante y se fusionan con la parte interna de los labios mayores por detrás. Gracias a su abundancia de fibras nerviosas, los labios menores constituyen una de las zonas clave de la excitación sexual. 

¿Son mis labios bajos un riesgo para ti, que los cortas y me encierras?
¡Son otro lugar desde el que habla mi cuerpo!
Con ellos me hablo en secreto 
No corres peligro
Nuestros cuerpos no tienen más o menor poder
Tienen un poder diferente

Clítoris. Solo emerge su glande, un pequeño botón rosado. Gracias a sus ricas terminaciones nerviosas, es el órgano esencial del placer femenino. 

Me descubren
y descubren que mi vagina no es un pene,
ni mis ovarios dos testículos.
Me descubren, después de siglos, hombres que usan lentes para ver
que en el cuerpo de ellos yo no estoy

Himen. Membrana elástica y variable que cubre de manera parcial la entrada vaginal. Anne de Kervasdoué, explica, además que entre los mamíferos solo la hiena y la topo comparten con la mujer el privilegio (?) de poseer himen y que esta parte de nuestro cuerpo ha tenido más que un valor anatómico un valor simbólico que han pagado muchas mujeres: la virginidad. 

Soy Ángela
me devuelves despreciada por no tener intacto aquello que es mío
Ángela Vicario, soy yo
y dejo de escribirte
abandono la casa del viudo que compraste para comprarme y camilo sola.

Vagina, trompas y ovarios. La vagina es un canal elástico de 8 a 12 centímetros que une la vulva con el útero, participa en el coito y el parto, aunque es poco sensible al placer por su escasez de receptores. De la cavidad uterina parten las trompas, conductos de 10 a 12 centímetros cuya función es permitir la fecundación y trasladar el óvulo al útero. A cada lado se encuentran los ovarios, glándulas del tamaño de una nuez que liberan óvulos y segregan las hormonas que regulan el ciclo reproductivo.

Mamas. Se forman desde la vida intrauterina a partir de un engrosamiento epidérmico llamado ‘línea mamaria’. Durante la vida genital, están sometidas a la acción de las hormonas. Sin soporte muscular, se encuentran sujetas únicamente por la piel y la gravedad, lo que explica su caída natural con el tiempo. Durante el embarazo aumentan de volumen, disminuyendo después.

Mutante es la belleza de mis pechos
a los 15 son altivos,
a los 30 enternecen,
a los 60 casi se han extinguido.

Finalmente llegamos al útero. Anne de Kervasdoué lo define como un órgano muscular hueco, “destinado a albergar el huevo fecundado durante toda la duración de su desarrollo”. Su forma recuerda a una pequeña pera de siete centímetros de alto por cinco de ancho, invertida con la base hacia arriba. Sus paredes, compuestas por un tejido extraordinariamente elástico y robusto, le permiten dilatarse y contraerse para adaptarse al feto durante el embarazo; sus ligamentos laterales lo mantienen sujeto y, al mismo tiempo, móvil, con capacidad de ajustarse a las modificaciones de los órganos vecinos. 

Francisco González Crussí, en su libro El cuerpo fantástico (2024), recuerda que, a pesar de la falta de conocimiento sobre anatomía, los antiguos griegos sabían que las mujeres tenían un útero. Lo llamaban hystera, término tomado del sánscrito que significa ‘colocado detrás’. También explica que Sorano de Éfeso, médico del siglo I, dijo que el útero probablemente se llamaba así pues “está situado detrás de todas las entrañas”. Continúa mostrándonos que los hombres de mentes maravillosas de la Antigüedad clásica albergaron la extravagante y estrafalaria idea de que el útero era móvil y errante.

Así, la tradición médica de Grecia fijó la imagen del útero como un “animal dentro de un animal”, capaz de desplazarse por el cuerpo, aplastar órganos, provocar sofocaciones o trastornos digestivos. Areteo de Capadocia, en el siglo II a.C., llegó a afirmar que el útero reaccionaba a los olores: descendía ante los hedores y ascendía con fragancias agradables.

La metáfora del útero errante tuvo un peso simbólico enorme. Transformó a este órgano en una amenaza, un elemento extraño dentro de la mujer, casi un invasor que debía ser dominado. De ahí proviene, siglos después, el término “histeria”, usado para deslegitimar la experiencia femenina y reducir cualquier malestar a las veleidades de un órgano caprichoso.

Platón, en el Timeo (91b–e), continúa explicando Francisco González Crussí, desarrolló la idea de la movilidad uterina. Explica que en esa narración, se concibió al útero como un “animal vivo, (zóon), deseoso de procrear”. Por lo tanto, la razón de la inquietud del útero es, en esencia, su deseo de ser fecundado. Ansía la semilla masculina. En la Antigüedad clásica – y moderna – para muchos, cuando el útero permanece estéril mucho tiempo, se irrita peligrosamente; se agita en todas direcciones dentro del cuerpo, obstruye los conductos del aire, impide la respiración y somete al cuerpo a las peores angustias. En contraste, el cuerpo masculino jamás se interpretó a partir de una sola función biológica. Ningún órgano masculino fue concebido como un animal errante que amenazara la estabilidad del cuerpo; por el contrario, se lo imaginó estable, completo y racional.

De la Grecia clásica al consultorio contemporáneo, la constante es clara: el cuerpo femenino ha sido leído, diagnosticado y gobernado desde fuera. Frente a ello, el reconocimiento jurídico del derecho a interrumpir voluntariamente el embarazo constituye un punto de quiebre: afirma que las mujeres pueden decidir sobre sus cuerpos no como “animales errantes”, sino como sujetos plenos de ciudadanía.

La sangre de mi útero no es llanto

La sangre en las manos del hombre es guerra

Mi sangre es parte de una luna que veo y que me habita

Que veo con él

Desde el lugar en el que estemos 

Desde nuestro mismo cielo.

Ciudadanía plena y derecho de las mujeres a decidir sobre el cuerpo. Sentencia de la Corte Constitucional SC – 55 de 2006

Desde la religión, nuestro cuerpo fue repudiado; la medicina lo declaró imperfecto y desconoció — en muchos aspectos aún lo hace—, y terminó convertido en un territorio vigilado y sometido por las leyes en el Estado, que nos relegó a una condición de ciudadanas de segunda categoría. Por ello, reconocer que las mujeres tenemos cuerpos perfectos y somos capaces de tomar decisiones responsables sobre nuestro cuerpo, sexualidad y sobre la maternidad al margen de imposiciones religiosas o culturales, constituye la realización de los principios de libertad e igualdad que sustentan las democracias contemporáneas. 

Desde la religión, nuestro cuerpo fue repudiado; la medicina lo declaró imperfecto y desconoció — en muchos aspectos aún lo hace—, y terminó convertido en un territorio vigilado y sometido por las leyes en el Estado, que nos relegó a una condición de ciudadanas de segunda categoría

El derecho a la interrupción voluntaria del embarazo (IVE), hace parte del reconocimiento del poder de decisión de las mujeres sobre nuestro cuerpo. Ya se reconoce en distintos países: la Ley Veil en Francia (1975), la Ley Orgánica 2/2010 en España, la Sentencia del Tribunal Constitucional Federal de 1993 en Alemania y la Ley 27.610 de 2020 en Argentina. En contraste, países como El Salvador mantienen la prohibición absoluta.

En Colombia, este reconocimiento fue producto del activismo del movimiento Causa Justa, que reunió a más de 600 organizaciones de mujeres, motivadas, entre otras razones, por los más de 400.000 mil abortos clandestinos que se realizaban en el país en condiciones de alto riesgo para las mujeres, y en el 2020 presentó una demanda de inconstitucionalidad contra el artículo 122 del Código penal. 
La Corte Constitucional, en la sentencia C-355 de 2006, había despenalizado el aborto en tres casos excepcionales —riesgo de muerte de la madre, violencia sexual, grave malformación del feto—. Quince años después, con la sentencia C-055 de 2022, amplió el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo hasta la semana 24.

La Corte advirtió que la penalización del aborto afectaba desproporcionadamente a mujeres pobres y rurales, fomentaba prácticas clandestinas e inseguras sobre sus vidas y su integridad física, además, no cumplía ningún fin preventivo. Reconoció que se trataba de un delito de género, pues solo se criminalizaba a las mujeres, y de clase, porque afectaba en su mayoría a mujeres en situación de pobreza. 

La sentencia C-055 de 2022 no es solo un pronunciamiento jurídico: es un acontecimiento político y cultural. La Corte entendió que la penalización del aborto implicaba desconocer la autonomía y la dignidad; que la ciudadanía de las mujeres está incompleta sin el derecho a decidir sobre su cuerpo y que la democracia se mide también en esa posibilidad.

La Corte entendió que la penalización del aborto implicaba desconocer la autonomía y la dignidad; que la ciudadanía de las mujeres está incompleta sin el derecho a decidir sobre su cuerpo y que la democracia se mide también en esa posibilidad  

La revisión de las leyes es, en conclusión, una victoria de la democracia y de las mujeres. Así lo muestra Annie Ernaux, premio Nobel de Literatura en 2022, quien en su novela El acontecimiento (2001) relata su propia interrupción voluntaria del embarazo en un contexto en el que aún estaba prohibida:
“He tenido que hacer un esfuerzo para escapar del estancamiento de las imágenes y tratar de comprender la ley, esa realidad invisible, abstracta y ausente del recuerdo, que, sin embargo, me impelía a salir a la calle en busca de un médico improbable… En la imposibilidad absoluta de imaginar que un día las mujeres pudieran decidir abortar libremente. Y, como de costumbre, era imposible determinar si el aborto esta prohibido porque estaba mal, o si estaba mal porque estaba prohibido. Se juzgaba con relación a la ley, no se juzgaba la ley”

Referencias bibliográficas
Corte Constitucional de Colombia. (2022). Sentencia C-055 de 2022. Bogotá: Corte Constitucional.
Ernaux, A. (2001). El acontecimiento (p.42) (N. Ganivet, Trad.). Tusquets Editores.
González Crussí, F. (2024). El cuerpo fantástico. (pp. 19 – 24) México: Universidad Veracruzana.
Kervasdoué, A. de. (1993). El cuerpo femenino (pp. 5- 25) (C. Santos Fontenla, Trad.). Madrid: Alianza Editorial, Colección Alianza Cien.
Mascetti, M. D. (2008). Diosas: La canción de Eva (pp. 79–82). Barcelona: Malsinet Editor, S.L.
Shelley, M. (2017). Frankenstein (2ª ed.). (p.145). Madrid: Nórdica Libros.
Valls-Llobet, C. (2020). Mujeres invisibles para la medicina. (pp. 19 – 27) Madrid: Capitán Swing.

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