El pensador austríaco Hans Kelsen comprendió que la batalla por la democracia no podía librarse únicamente en el terreno de las ideas abstractas’
Ilustración: Creada con IA
La democracia en tiempos difíciles: Hans Kelsen y la resistencia intelectual al totalitarismo
La fascinante visión del pensador austriaco que se dedicó a defender, a lo largo de su larga vida, el autogobierno del pueblo contra sus enemigos autoritarios de izquierda y derecha.
Por: Alexander Springer
Hans Kelsen (1881-1973) emerge de las páginas de la historia como uno de los más formidables defensores intelectuales de la democracia constitucional. Su biografía da un testimonio sobre cómo un pensador puede mantener inquebrantable fidelidad a sus convicciones democráticas precisamente cuando el mundo entero parece sucumbir a la seducción del autoritarismo. En eso, Kelsen nos puede servir de ejemplo cuando el fascismo está nuevamente avanzando a pasos gigantes.
Especial Imaginar la Democracia
Cuando la Primera Guerra Mundial pulverizó irreversiblemente el orden europeo, el joven jurista austriaco observó desde el epicentro del poder imperial, en Viena, la desintegración sistemática de los viejos Estados dinásticos. Esta experiencia le revelaría una verdad política fundamental: las constituciones son arquitecturas humanas frágiles que únicamente el diseño jurídico inteligente y la educación cívica pueden preservar de la entropía política constante.
Su biografía da un testimonio sobre cómo un pensador puede mantener inquebrantable fidelidad a sus convicciones democráticas precisamente cuando el mundo entero parece sucumbir a la seducción del autoritarismo
La Europa posterior a 1918 se convirtió en un vasto laboratorio de experimentación política donde las nuevas repúblicas debían inventar formas gubernamentales para sociedades que nunca habían conocido el autogobierno. En este contexto de incertidumbre y convulsión social, la democracia era una apuesta arriesgada, un régimen no probado.
Kelsen comprendió que la batalla por la democracia no podía librarse únicamente en el terreno de las ideas abstractas. Como demócrata comprometido, contribuyó activamente a su establecimiento y consolidación como participante directo en procesos constituyentes y como magistrado constitucional.
Kelsen comprendió que la batalla por la democracia no podía librarse únicamente en el terreno de las ideas abstractas
Después de la caída del imperio austrohúngaro, el jurista publicó la obra Esencia y valor de la democracia (1920), marcada por el contexto turbulento de su tiempo. En Múnich, en abril de 1919, un grupo de comunistas y anarquistas había declarado la República Soviética de Baviera, cuya corta existencia fue marcada por el establecimiento de consejos de obreros y soldados, la escasez de alimentos, los disturbios populares y la violencia política. Al este de Viena, el comunista Béla Kun estableció la República Soviética Húngara que duró de marzo hasta agosto de 1919, y conllevó la prohibición de la oposición, la censura de la prensa y la persecución por medio de los tribunales revolucionarios y la policía política —el llamado “terror rojo”.
Kelsen reaccionó con una fuerte crítica de la “dictadura del proletariado” defendida por los bolcheviques. Identificando la libertad y la igualdad como dos principios rectores cuya síntesis caracteriza la democracia auténtica, argumenta que la idea misma de la libertad debe transformarse de manera radical para ser compatible con la vida social organizada.
La libertad individual, en el sentido negativo de ser libre de gobierno y Estado, es fundamentalmente imposible en una democracia. La única libertad realizable en una sociedad política es aquella de ser libre dentro de la colectividad social: el súbdito renuncia conscientemente a su libertad como individuo aislado para recuperarla como ciudadano participante en el autogobierno colectivo. “Políticamente libre es aquel quien no está sometido a nadie más que a su propia voluntad”.
Ineludiblemente, muchos ciudadanos no obtendrán lo que desean en el resultado político final —la democracia requiere compromiso en favor del bien común. El principio de la mayoría reduce la posibilidad de que la voluntad de un individuo particular sea determinante, ya que éste puede quedarse en minoría o cambiar de opinión después de una votación. Para cada ciudadano, la libertad democrática consiste en la posibilidad esperanzadora de que —aunque actualmente se encuentre en la minoría— en el futuro su voto coincida con la decisión mayoritaria. Por esta razón, Kelsen opina que la mayoría simple es más democrática que la mayoría calificada o la unanimidad, que paraliza la voluntad popular. Tampoco favorece las cláusulas pétreas o las constituciones inmutables porque éstas anulan —antidemocráticamente— el voto de la mayoría democrática de turno, congelando las decisiones del pasado.
Kelsen opina que la mayoría simple es más democrática que la mayoría calificada o la unanimidad, que paraliza la voluntad popular
Kelsen rechaza categóricamente la idea orgánica o sobrenatural del Estado y se remite escrupulosamente a la realidad empírica del pueblo como fuente única de la voluntad colectiva legítima. Según su definición: “la democracia es la idea de una forma de Estado o de sociedad en la que la voluntad colectiva o más exactamente, el orden social, resulta engendrado por los sujetos a él, esto es, por el pueblo. La democracia significa identidad de dirigentes y dirigidos, del sujeto y objeto del poder del Estado y gobierno del pueblo por el pueblo”.
El pensador rechaza categóricamente la idea orgánica o sobrenatural del Estado y se remite escrupulosamente a la realidad empírica del pueblo como fuente única de la voluntad colectiva legítima
Del Palacio de Justicia al colapso del parlamentarismo
En medio de problemas económicos y tensiones sociales crecientes, el ambiente político en Austria se empezó a crispar con enfrentamientos cada vez más violentos. La absolución controvertida de unos asesinos políticos provocó disturbios violentos en Viena. Durante las manifestaciones del 15 de julio de 1927, se incendió el Palacio de Justicia y la Policía disparó indiscriminadamente contra la multitud, produciendo una masacre. Después del incendio, los actores políticos perdieron la fe en la democracia. Tanto la izquierda como la derecha austriaca formaron grupos paramilitares, preparando así el camino hacia la guerra civil.
Poco después salió la segunda edición (1929), considerablemente más amplia, de Esencia y valor de la democracia, que constituyó la respuesta de Kelsen a un panorama político dónde la principal amenaza a la democracia ya no provenía del comunismo, sino de la extrema derecha. El fascismo se había tomado el poder en Italia en 1922, estableciendo un modelo de gobierno que tenía imitadores y admiradores en toda Europa.
Frente a este desafío, Kelsen ofrece una defensa vigorosa de la democracia parlamentaria. Su justificación filosófica yace en la autonomía, o sea, en la idea de que las normas jurídicas coercitivas sólo son legítimas en la medida en que quienes están sometidos a ellas han contribuido efectivamente a elaborarlas, mientras que los regímenes autoritarios se basan en la heteronomía, lo que significa coerción impuesta por una autoridad externa, ya sea secular o religiosa.
El principio de la mayoría garantiza la aproximación relativamente más cercana posible a la idea de libertad, manteniendo al mismo tiempo la igualdad formal entre todos los ciudadanos. No una persona particular debe ser libre “porque ésta no es más válida que aquélla”, sino el mayor número de personas posible. Como método de decisión colectiva, la democracia resuelve el problema fundamental del pluralismo social, determinando de manera pacífica cuáles intereses deben protegerse: aquellos que la mayoría de los sujetos reconocen como tales en un momento histórico determinado. Al mismo tiempo, deben existir garantías institucionales sólidas para la minoría que precisa ser protegida en su existencia misma.
El relativismo como fundamento
El segundo pilar fundamental de la teoría kelseniana es el relativismo epistemológico, que constituye la base intelectual de su defensa de la democracia. Según Kelsen, el conocimiento de una verdad absoluta es imposible para los seres humanos, por lo que debemos considerar que otra opinión es, al menos, potencialmente válida. Por lo tanto, sólo se puede justificar la coacción estatal inevitable en una democracia por el hecho de que al menos la mayoría de los ciudadanos esté de acuerdo con ella.
De esta base relativista de valores y de la competencia pacífica por las mayorías se deduce que la minoría de hoy puede alimentar la esperanza justificada de convertirse en la mayoría de mañana. Así, Kelsen justifica la democracia desde la posición de las minorías, porque de lo contrario sólo se aplicaría la ley del más fuerte. El proceso de toma de decisiones democráticas es siempre reversible, a través del procedimiento específicamente democrático de discurso y contradiscurso, al final del cual suele haber un compromiso negociado entre la mayoría y la minoría, lo que garantiza tanto la eficacia decisional como la paz social.
Kelsen justifica la democracia desde la posición de las minorías, porque de lo contrario sólo se aplicaría la ley del más fuerte
Democracia formal versus sustantiva
En el debate entre una concepción formal de la democracia, que sostiene que todos los ciudadanos deben tener el mismo derecho a participar en el autogobierno colectivo, y una concepción sustantiva, que considera cómo los intereses de todos los afectados se reflejan en los resultados políticos, Kelsen argumenta que la segunda concepción es un abuso peligroso del término ‘democracia’ porque confunde un método para producir el orden social con su contenido sustantivo.
Kelsen sostiene que, dado que no existe una norma objetiva para medir el verdadero interés colectivo, lo que distingue a un gobierno democrático es que el pueblo es el único juez de lo “justo” en política.
Lo que distingue a un gobierno democrático es que el pueblo es el único juez de lo ‘justo’ en política
Para Kelsen, aquellos que contrastan la democracia “formal” con la “real” son críticos encubiertos de la democracia, ya que muestran una desconfianza en la capacidad del pueblo para autogobernarse. Según él, la democracia formal y la sustantiva son inseparables, ya que la primera es el único medio institucional para realizar la segunda sin caer en el autoritarismo.
El duelo con Carl Schmitt
En 1930, Kelsen emigró a Alemania. Poco después, el Austrofascismo declaró la “autodisolución” del Parlamento en Viena y erigió un régimen autoritarito. Como profesor en Colonia, se enfrentó con Carl Schmitt, quizá el pensador antikelseniano más radical de su tiempo. Este veía la política como una lucha entre enemigos irreconciliables, detestaba visceralmente la democracia parlamentaria, y luego se convirtió en apologeta y defensor jurídico de la dictadura nazi. En su Teoría constitucional (1928), Schmitt había tratado a Kelsen como su enemigo intelectual principal, tanto por ser el “teórico liberal del Estado de derecho” como por su defensa de la democracia constitucional.
El famoso intercambio entre Kelsen y Schmitt sobre el concepto del “_guardián de la Constitución_” (1931) —un tema aparentemente jurídico-técnico sobre cómo interpretar el artículo 48 de la Constitución de Weimar— fue en el fondo un debate fundamental sobre la democracia moderna, ya que culminó en un desacuerdo irreconciliable sobre las funciones respectivas del presidente y del tribunal constitucional en relación con el sistema parlamentario.
Schmitt defendía el rol del presidente alemán como el único órgano gubernamental que podía situarse por encima de los partidismos del parlamento y salvaguardar el interés nacional, en contra de un pluralismo percibido como nocivo y desintegrador de la unidad política. Para Kelsen, por el contrario, la política era inevitablemente pluralista en las sociedades modernas complejas, y los partidos políticos constituían las únicas instancias organizativas que podían reflejar legítimamente esa diversidad en las instituciones del Estado.
La guardia de la Constitución, según Kelsen, debe confiarse a una instancia neutral cuyo papel no es defender un imaginario interés nacional, sino salvaguardar las reglas del juego democrático: un tribunal constitucional facultado para controlar todos los actos legislativos y las medidas del ejecutivo en cuanto a su conformidad formal con la Constitución, y dotado explícitamente de la autoridad para invalidar los actos considerados inconstitucionales, sin consideración de su contenido político.
Sin embargo, Kelsen percibía lúcidamente el riesgo de que un tribunal constitucional podría convertirse en un poder paralelo y usurpar funciones del legislador elegido: “Las normas que debe aplicar un tribunal constitucional, especialmente aquellas que determinan el contenido de futuras leyes, como las disposiciones relativas a los derechos fundamentales, no deben formularse de manera demasiado amplia y no deben operar con eslóganes vagos como 'libertad', 'igualdad', 'justicia', etc. De lo contrario, existe el peligro de que se produzca un cambio de poder políticamente muy inapropiado, no previsto por la Constitución, del Parlamento a alguna otra institución externa al mismo que pueda convertirse en el exponente de fuerzas políticas completamente diferentes de las que se expresan en el Parlamento”. El Parlamento, siendo el órgano más directamente democrático, debería mantener siempre su supremacía política en el orden constitucional.
“Defensa de la Democracia”: El último llamado antes del abismo
Hans Kelsen era un demócrata convencido, aunque, frente a los desafíos crecientes, era pesimista sobre el futuro inmediato. En el otoño de 1932, poco antes de la llegada de Adolf Hitler al poder, escribió el artículo ‘Defensa de la democracia’, un llamado a “los pocos que aún no habían sido contagiados por el virus de las ideologías políticas”, a defender la democracia constitucional antes de que fuera demasiado tarde.
Kelsen fue uno de los muy pocos profesores de derecho público en Alemania que defendió públicamente el orden constitucional de Weimar, calificándola como “la Constitución más libre del mundo”. Frente al totalitarismo emergente, Kelsen reconoció con claridad el peligro de la autodestrucción, el famoso dilema de la abolición de la democracia por medios democráticos. Deplora que “parece como si a los alemanes ya no les gustara la libertad que se han dado a sí mismos” y advierte que también en otras partes del mundo “el ideal de la democracia se desvanece y una nueva estrella se levanta en el oscuro horizonte de nuestro tiempo, hacia la cual se vuelve tanto más fiel la esperanza de los pueblos, cuanto más sangrientamente brilla su resplandor sobre ellos: la dictadura.”
Kelsen lamenta que la democracia es la forma de gobierno que menos se defiende contra sus enemigos. Ella parece trágicamente condenada a tolerar cualquier fuerza antidemocrática en igualdad de condiciones —una tolerancia que se convierte en suicida cuando los enemigos de la democracia no respetan las reglas del juego.
Kelsen lamenta que la democracia es la forma de gobierno que menos se defiende contra sus enemigos
El autor se pregunta si la democracia no debería defenderse excepcionalmente contra una mayoría que desea destruirla. Pero plantearse esta pregunta ya significa responderla negativamente. Una democracia que intenta imponerse contra la voluntad de la mayoría, incluso por la fuerza y en defensa propia, ha dejado de ser democracia y se ha convertido en aquello que combate. El gobierno del pueblo no puede seguir existiendo legítimamente contra el pueblo mismo.
Frente a este dilema insoluble, ¿cómo debe comportarse el demócrata? Kelsen responde con resignación estoica, pero también con esperanza inquebrantable: “Uno debe permanecer fiel a sus colores, incluso cuando el barco se hunde, y sólo puede llevar consigo a las profundidades la esperanza de que el ideal de la libertad es indestructible y que cuanto más se hunde, más apasionadamente revivirá”.
El exilio americano y la crítica del totalitarismo
Huyendo de los nazis, Kelsen emigró a los Estados Unidos en 1940, y encontró un lugar en la Universidad de California en Berkeley. Tampoco en el exilio dejó de dedicarse a la defensa intelectual de la democracia. En el contexto de la Guerra Fría, Kelsen publicó en 1949 el libro La teoría política del Bolchevismo. Esta denuncia kelseniana del comunismo no fue un producto oportunista de la coyuntura del momento, sino el resultado de su experiencia directa en la Europa Central de los años veinte. En consistentemente rechazar el comunismo como una respuesta equivocada al desafío de establecer una democracia, Kelsen se adelantó a muchos intelectuales de su tiempo.
Kelsen entendió claramente la naturaleza del régimen soviético al señalar “la contradicción paradójica que existe en el bolchevismo entre el anarquismo en teoría y el totalitarismo en la práctica” y defendió “la verdadera idea de democracia contra el intento de borrarla y adulterarla presentando una dictadura de partido como la autodeterminación política de un pueblo libre”. Sin embargo, en cuanto al régimen económico, Kelsen concluye que “la forma política de la democracia es compatible tanto con un sistema económico capitalista como con uno socialista”.
Kelsen concluye que ‘a forma política de la democracia es compatible tanto con un sistema económico capitalista como con uno socialista’.
“Foundations of Democracy”: La síntesis final
Los años 50 en los Estados Unidos fueron una época de anticomunismo histérico que puso a prueba una vez más las convicciones democráticas de Kelsen. En un clima de sospecha generalizada, denuncias infundadas e investigaciones públicas que violaban los principios del debido proceso, Kelsen publicó el artículo ‘Foundations of democracy’ (1955), que constituye una síntesis madura de su teoría de la democracia y una defensa valiente del pluralismo político.
Allí Kelsen argumentó que la apoteosis del capitalismo en la democracia norteamericana debería ser relativizada críticamente. Kelsen identificó el núcleo conceptual de su concepción democrática en su vínculo inquebrantable con el liberalismo político, con el gobierno constitucionalmente limitado: “La democracia moderna no puede separarse del liberalismo político. Su principio es que el gobierno no debe interferir en determinadas esferas de interés del individuo, que deben ser protegidas por la ley como derechos humanos o libertades fundamentales. El respeto de estos derechos protege a las minorías de la arbitrariedad de las mayorías”.
Esta postura pública de Kelsen a favor del pluralismo no era una cuestión puramente académica, sino que tenía consecuencias personales directas. De hecho, el FBI tenía la sospecha infundada de que Kelsen podría ser un comunista subversivo y lo estaba investigando. Aunque Kelsen nunca simpatizó con el bolchevismo, como hemos visto, los agentes de contraespionaje lo tenían en la mira como posible enemigo del Estado. El FBI finalmente tuvo que archivar la investigación en su contra al no encontrar evidencia alguna de actividad subversiva.
Hans Kelsen era un exponente convencido de la democracia, quien se dedicó a defender, a lo largo de su larga vida, el autogobierno del pueblo contra sus enemigos autoritarios de izquierda y derecha. Sin embargo, no era un activista político sino un teórico que mantuvo una escrupulosa distancia de partidos políticos y organizaciones sociales, al mantener que esa era una posición que no le correspondía como académico y juez. En 1966, su sobrino John H.E. Fried (1905-1990), un profesor de ciencias políticas en la City University de Nueva York, le escribió una apasionada carta rogándole que se pronunciara públicamente sobre la ilegalidad de la guerra estadounidense en Vietnam, la cual estaba destruyendo “todo lo que representas, el trabajo de tu vida”, pero Kelsen se mantuvo callado, fiel a su principio de separación entre teoría y práctica política.
En última instancia, frente al futuro del sistema democrático, el jurista adoptaba una postura casi fatalista que revelaba tanto su realismo como su consistencia teórica. Pensaba que —si el ideal de la democracia no logra convencer a la mayoría de los ciudadanos— no había remedio disponible sin negar los principios mismos de la democracia. Si esta posición es suficiente para defender a la democracia en tiempos difíciles ya sería el tema para un nuevo ensayo.
De cualquier modo, el jurista austriaco Hans Kelsen, cuya vida de película fue una ilustración práctica y dolorosa de los peligros de la quiebra de la democracia, sigue siendo un fascinante pensador, cuyas obras merecen ser descubiertas y estudiadas porque aún hoy podemos aprender mucho de su sabiduría política y de su valentía intelectual. En tiempos en los que la democracia enfrenta nuevos desafíos, la voz de Kelsen resuena con una actualidad inquietante, recordándonos que la libertad no es una garantía sino una conquista con la que cada generación debe comprometerse nuevamente.