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Lunes 4 de mayo de 2026
La indignación contra medios y periodistas ha sido un caballito de batalla del presidente Gustavo Petro, quien desde su megáfono de X los señala con nombre propio y promueve calificativos que transitan de adjetivos a ‘hashtags’ y de tendencias a insultos e intimidaciones. · Ilustración: Creada por IA

La indignación contra medios y periodistas ha sido un caballito de batalla del presidente Gustavo Petro, quien desde su megáfono de X los señala con nombre propio y promueve calificativos que transitan de adjetivos a ‘hashtags’ y de tendencias a insultos e intimidaciones.

Ilustración: Creada por IA

Periodismo y democracia más allá de la tendencia

La irrupción de las redes sociales ha producido un declive en la misión de los medios de comunicación que muestra también una decadencia democrática. Si aún creemos que este sistema político debe regirnos, necesitaremos un ecosistema que produzca información real, y no virtual, de interés público.

Por: Carlos Cortés

El nombre del juego se llama atención. Un candidato clava la bandera de Colombia en el Amazonas para demostrar su patriotismo; otra candidata asume su antigua identidad de reportera para hacer denuncias contra la familia presidencial; y uno más imposta la voz de tenor y canta el himno nacional con la mano en el pecho. El camino hacia los votos está pavimentado con vistas y likes antes que con propuestas.

Especial Imaginar la Democracia

El reto que enfrenta la democracia colombiana no es muy distinto al de otras latitudes. La competencia por la viralidad en redes sociales y titulares de prensa es la puesta en escena de un enfrentamiento entre relatos simplificados y desprovistos de matices: la amenaza es el otro (el país vecino, el extranjero); lo que hace falta es más mano dura; es culpa de los ricos; el periodismo miente; hay que acabar el Congreso; cadena perpetua para los corruptos… Las historias siguen arquetipos de villanos y héroes, las ilusiones de siempre se venden en empaques renovados. Y el periodismo perdió sus papeles en ese juego.

La competencia por la viralidad en redes sociales y titulares de prensa es la puesta en escena de un enfrentamiento entre relatos simplificados y desprovistos de matices

De un tiempo para acá y de manera consistente, las encuestas muestran que los medios de comunicación tienen una imagen mayoritariamente negativa. El periodismo es protagonista del debate político por acción y por invitación. La indignación contra medios y periodistas ha sido un caballito de batalla del presidente Gustavo Petro, quien desde su megáfono de X los señala con nombre propio y promueve calificativos que transitan de adjetivos a ‘hashtags’ y de tendencias a insultos e intimidaciones. 

De un tiempo para acá y de manera consistente, las encuestas muestran que los medios de comunicación tienen una imagen mayoritariamente negativa

Decir que el problema del periodismo es el gobierno de turno sería, sin embargo, caer en la misma práctica de hacer diagnósticos como si fueran eslóganes para tuits o videos en TikTok. La imagen negativa de los medios de comunicación es más alta que la positiva desde finales de 2019, cuando el estallido social era la manifestación, entre otras, de una cobertura mediática complaciente con el poder y de espaldas a los sectores populares. Y en estos últimos años, enfrentado a un inquilino incómodo en la Casa de Nariño, varios medios masivos y sus grandes figuras han confundido la crítica con la oposición. 

Decir que el problema del periodismo es el gobierno de turno sería, sin embargo, caer en la misma práctica de hacer diagnósticos como si fueran eslóganes para tuits o videos en TikTok

La doctrina de este gobierno de izquierda frente a los denominados ‘medios hegemónicos’ y lo que ofrece como respuesta, abre una oportunidad para entender los falsos dilemas y las alternativas perversas frente a la demanda democrática de producción de información de interés público. Dicho de otra forma: ¿cuál debe ser la respuesta del Estado frente a las inocultables carencias, limitaciones y malas prácticas del periodismo tradicional? ¿Es sostenible que un esquema de medios públicos esté al servicio de un proyecto político, así sea minoritario? 

¿Es sostenible que un esquema de medios públicos esté al servicio de un proyecto político, así sea minoritario?

Sin hacer parte de una política pública articulada, la administración Petro ha desarrollado su estrategia de comunicación y contrapeso mediático en tres frentes: (i) el uso del sistema público de medios (RTVC) como altavoz de noticias y opiniones funcionales al interés oficial; (ii) el fortalecimiento de medios alternativos y comunitarios afectos ideológicamente con el gobierno de izquierda, y (iii) la amplificación del mensaje en redes sociales –en algunos casos con contratos estatales– a través de influenciadores militantes. Todo esto bajo la sombrilla de un presidente que se comunica casi de forma compulsiva por X, en discursos, alocuciones y consejos de ministros televisados.

El resultado de este coctel le entrega réditos de corto plazo al Gobierno, que cuenta con una combinación ruidosa de tribunas para competir con las narrativas de la prensa. No obstante, compromete existencialmente la continuidad de políticas públicas similares. De hecho, más de un candidato en ciernes ya insinúa entre sus promesas de campaña la idea de acabar con el sistema público de medios –como si éste se limitara al noticiero del petrismo y nada más–. 

La postal de un noticiero público que cubre como noticia de última hora las opiniones del presidente y que le pone el carro de bomberos a cualquier anuncio que hace parece, sin duda, la prueba reina contra los medios públicos. Pero parte del desafío colectivo es contrastar esta mala práctica con otras que demuestran la importancia de un periodismo público con una agenda independiente. RTVC no es la BBC ni la radio pública estadounidense (NPR). 

Por otro lado, la pregunta obligatoria para cualquier ciudadano indignado, conforme hoy con el micrófono pagado con nuestros impuestos, es si un aparato de propaganda oficial le parece una solución viable frente al periodismo tradicional. ¿Sirve al interés público y la democracia que un gobierno se cubra a sí mismo y que le creamos como acto de fe? ¿O, más bien, estamos reemplazando la falta de transparencia, los sesgos y la ausencia de rendición de cuentas de un actor por los mismos males de otro?

¿Sirve al interés público y la democracia que un gobierno se cubra a sí mismo y que le creamos como acto de fe?

Esto deja sobre la mesa la necesidad de tener una hoja de ruta para el periodismo en tiempos de crisis, más allá de las etiquetas ‘hegemónico’ o ‘masivo’. Es decir: como oficio, negocio y actividad. Internet y las redes sociales rompieron el monopolio de los insumos para producir contenido –el papel, las frecuencias radiofónicas, la distribución– y eliminaron las barreras de participación. Sin embargo, ni la tecnología reemplazó la necesidad de que las democracias cuenten con información de interés público ni los millones de tribunas digitales cerraron la brecha de desconfianza. 

Internet y las redes sociales rompieron el monopolio de los insumos para producir contenido –el papel, las frecuencias radiofónicas, la distribución– y eliminaron las barreras de participación

El derrotero del periodismo pasa, precisamente, por eliminar los incentivos que los hace tan parecidos a los influenciadores y tan aparentemente sustituibles por cualquier ruido digital. Las prioridades no son nuevas, pero sí urgentes. Esto implica: (i) desvincular el modelo de negocio de las métricas de atención de las redes sociales, lo cual influye de manera directa en el producto; (ii) fortalecer la relación con la audiencia, tanto para efectos de financiación como de autorregulación y rendición de cuentas; (iii) acercarse a actores de la sociedad civil que comparten la causa de lo público; y (iv) recuperar la voz colectiva y editorial por más seductor que parezca subirse en los hombros de quienes comandan la tendencia.

El derrotero del periodismo pasa, precisamente, por eliminar los incentivos que los hace tan parecidos a los influenciadores y tan aparentemente sustituibles por cualquier ruido digital

El declive del periodismo es también la decadencia de la democracia. Si aún creemos que este sistema político debe regirnos, si todavía consideramos que los pesos y contrapesos entre ramas del poder son importantes, y si aún estamos dispuestos a pedirles a los gobernantes que nos rindan cuentas, necesitaremos un ecosistema que produzca información de interés público. 

El camino del periodismo no está pavimentado con vistas y likes. El resultado inmediato puede parecer aburrido y poco espectacular pero, a largo plazo, un periodismo así resistirá el embate y hará parte del proceso de construcción de las instituciones y comunidades de una era digital que tenga un polo a tierra.

El camino del periodismo no está pavimentado con vistas y likes

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