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Lunes 4 de mayo de 2026
El abogado, periodista y activista Greg Lukianoff, presidente de FIRE (Fundación para los Derechos Individuales y la Expresión) sugiere que la cultura de la cancelación cada vez tiene más cara de “censura de la multitud” (mob censorship) y por esa razón, hoy más que nunca, está atentando contra la libertad de expresión directamente.

El abogado, periodista y activista Greg Lukianoff, presidente de FIRE (Fundación para los Derechos Individuales y la Expresión) sugiere que la cultura de la cancelación cada vez tiene más cara de “censura de la multitud” (mob censorship) y por esa razón, hoy más que nunca, está atentando contra la libertad de expresión directamente.

Ilustración: Freepik

Libertad de expresión, cultura de la cancelación y democracia

Para fortalecer una sociedad, las opiniones de sus miembros deben circular libremente, incluso y sobre todo en esta era de reacciones adversas y vergüenza pública en redes sociales.

Por: Sandra Borda Guzmán

El advenimiento de la cultura de la cancelación ha deteriorado el libre intercambio de ideas, la conversación tranquila y, consecuentemente, ha contribuido con el deterioro y no con el mejoramiento de la democracia. La práctica ya no se circunscribe a una esquina particular del espectro ideológico y el objetivo de expeler de la conversación —a punta de poner en la picota pública y de amenazas— las que consideramos son malas ideas, se volvió norma. Pero lo peor y más grave es que esas ideas están lejos de desaparecer y, al contrario, hoy parecen haber recobrado una fortaleza con la que no contaban antes. La gran paradoja es que justo en la era de la cultura de la cancelación, las malas ideas se hicieron más fuertes, poderosas y hasta se normalizaron: hoy, los hombres en el poder, aquí y allá, no tienen problema en pronunciar a los cuatro vientos discursos xenofóbicos y misóginos.

El advenimiento de la cultura de la cancelación ha deteriorado el libre intercambio de ideas, la conversación tranquila y, consecuentemente, ha contribuido con el deterioro y no con el mejoramiento de la democracia

¿Qué pasó entonces?

Dejémoslo claro: como sugiere Greg Lukianoff, la cultura de la cancelación cada vez tiene más cara de “censura de la multitud” (mob censorship) y por esa razón, hoy más que nunca, está atentando contra la libertad de expresión directamente. Por supuesto, la libertad de expresión no es ni debe ser absoluta: la incitación a la violencia, el acoso y las amenazas no pueden ser protegidas en nombre de ese principio, para dar solo unos ejemplos obvios. Pero las opiniones sí deberían circular libremente, incluso las que no se basan en la evidencia o las alimentadas por los sesgos y los prejuicios. 

La cultura de la cancelación cada vez tiene más cara de ‘censura de la multitud’ (mob censorship) y por esa razón, hoy más que nunca, está atentando contra la libertad de expresión directamente

Especial Imaginar la Democracia

Igualmente, debe haber una libre circulación de contraargumentos frente a esas opiniones. Quien se atreva a sacar sus opiniones a la arena pública debe estar preparado para que sean debatidas, retadas, desafiadas. Para lo que no tiene que estar preparado es para enfrentar el ostracismo, para eventualmente perder su trabajo por cuenta de sus opiniones y mucho menos debe estar listo a enfrentar amenazas de violencia física en su contra. Eso no es libre circulación de ideas: eso es querer deshacerse de las ideas, aplastarlas, desaparecerlas y con ellas a su formulador. 

La libertad de expresión, como lo sugiere Greg Lukianoff, es profundamente antidemocrática porque las voces que necesitan más cuidado son las de los grupos más pequeños, las de los individuos solos. La voz de la mayoría ni de los que más duro hablan no puede ni debe apagar esas otras voces: “la libertad de expresión les pertenece a absolutamente todos, o no le pertenece a nadie”. Lo que este abogado especializado en la defensa de la libertad de expresión afirma, y no puedo estar más de acuerdo con él, es que para mejorar las ideas que circulan en nuestras sociedades, en vez de atacar a aquellos que proponen malas ideas, lo que tenemos que hacer es preparar y confiar en la capacidad de nuestras sociedades de discernir las buenas de las malas ideas. El objetivo, en síntesis, no puede ser el de evitar que las ideas que no nos gustan nos alcancen de alguna forma

La libertad de expresión, como lo sugiere Greg Lukianoff, es profundamente antidemocrática porque las voces que necesitan más cuidado son las de los grupos más pequeños, las de los individuos solos

Las razones por las cuales debemos proteger la libertad de expresión entendida así, dice Lukianoff, son cuatro fundamentales: la primera, es que siempre estaremos más seguros y a salvo si salvaguardamos la libertad de expresión con todas sus letras. Ignorance is not a bliss. No estamos más seguros en la medida en que sepamos menos de las ideas que tienen los otros en la cabeza. Como sugería el profesor mentor de Lukianoff, si estamos en un salón, preferimos saber quién es el nazi del grupo. Uno no puede saber cómo es realmente la sociedad, uno no puede entender bien el mundo, si todos tienen miedo de decir lo que realmente piensan. 

Uno no puede saber cómo es realmente la sociedad, uno no puede entender bien el mundo, si todos tienen miedo de decir lo que realmente piensan

La segunda razón es que la libertad de expresión cura la violencia. Las palabras y las ideas que no nos gustan no son en todos los casos y en todos los contextos violencia: al contrario, son la mejor alternativa que tenemos a nuestra disposición para evitar el uso de la violencia física y la violencia sangrienta. Comparto con algunos, que las malas ideas pueden ser el inicio de un trayecto que nos dirija a la violencia. Pero ni ese trayecto es inevitable, ni las palabras en sí mismas y en todos los contextos equivalen a una forma de violencia. La diferencia es sutil pero importante: separar una cosa de la otra es fundamental para entender las palabras como antídoto a la violencia, para abrir el espacio a las malas ideas que no queremos convertidas en proyectos violentos destinados a exterminar al que piensa distinto. 

Las malas ideas pueden ser el inicio de un trayecto que nos dirija a la violencia. Pero ni ese trayecto es inevitable, ni las palabras en sí mismas y en todos los contextos equivalen a una forma de violencia

La tercera razón es que la libertad de expresión protege a los que no tienen poder, aquellos que no son populares con el poder o aquellos que no son populares entre las mayorías. Eso no quiere decir que porque son minorías y no tienen poder sus ideas sean necesariamente buenas. Pero muchos despojados de poder y de mayorías en sus inicios han producido ideas maravillosas que han hecho mejores a nuestras sociedades: Martin Luther King, Nelson Mandela, Ghandi. Como dice Lukianoff, la libertad de expresión no es una herramienta de los poderosos, es una restricción importantísima a su ejercicio del poder. 

La libertad de expresión protege a los que no tienen poder, aquellos que no son populares con el poder o aquellos que no son populares entre las mayorías

Consecuentemente, y esta es la cuarta razón: incluso la gente mala tiene buenas ideas y la gente buena no siempre tiene buenas ideas. El que alguien esté en la esquina opuesta de nuestras preferencias políticas, no necesariamente significa que todas las ideas que tenga en su cabeza sean malas o equivocadas. Esta es una premisa que cada vez nos cuesta más trabajo reconocer en la medida en que pasamos demasiado tiempo metidos en nuestras burbujas informativas e ideológicas. Por eso, escoger a quién callamos y a quién dejamos hablar a través de la cancelación, nos priva como sociedad de la libre circulación de ideas que es necesaria para mover la frontera del conocimiento, para aprender. 

Escoger a quién callamos y a quién dejamos hablar a través de la cancelación, nos priva como sociedad de la libre circulación de ideas que es necesaria para mover la frontera del conocimiento, para aprender

Finalmente, es preciso también tener en cuenta que la cancelación está provocando un efecto boomerang. Exponer a la gente que consideramos que tiene ideas repugnantes para que sea castigada duramente por las multitudes, a veces logra el efecto totalmente opuesto: solamente les ayuda a atraer más atención y en ocasiones incluso termina normalizando sus ideas. En el peor de los casos, aplastar con la cancelación las ideas de los otros, acallarlos brutalmente a través del linchamiento, puede hacerles pensar en el uso de la violencia física como única forma de expresión a su disposición. Ese es el peor escenario de todos. De nuevo, no tenemos otro camino que volver a confiar en la capacidad de la gente y de las sociedades de escuchar y de evaluar; ni avergonzar públicamente a alguien por sus ideas, ni amordazar a través de la censura nos está librando de los malos argumentos. Hay algo que no estamos haciendo bien.

Aplastar con la cancelación las ideas de los otros, acallarlos brutalmente a través del linchamiento, puede hacerles pensar en el uso de la violencia física como única forma de expresión a su disposición.

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