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Lunes 4 de mayo de 2026
Juan Gabriel Vásquez, en su ensayo Memoria perfeccionada, afirma que escribir novelas consiste en transformar recuerdos reales en recuerdos inventados, sustituyendo la memoria privada, individual y limitada por la forma particular de recordar que ofrece la literatura. · Foto: Lina Gasca

Juan Gabriel Vásquez, en su ensayo Memoria perfeccionada, afirma que escribir novelas consiste en transformar recuerdos reales en recuerdos inventados, sustituyendo la memoria privada, individual y limitada por la forma particular de recordar que ofrece la literatura.

Foto: Lina Gasca

Los memoriosos molestan: literatura y memoria para la democracia

La profesora Viridiana Molinares Hassan reflexiona sobre la memoria colectiva como parte de la democracia, presenta diferentes formas de construcción de esa memoria, y resalta la memoria social construida desde la literatura.

Por: Viridiana Molinares Hassan

Vivimos diciembre, mes de celebraciones y de construcción de nuevos sueños, pero para muchos solo será diciembre cuando sus muertos tengan sepultura y siempre que nuestras voces no se cansen de contar porque, entre el olvido y la memoria, para la democracia siempre es mejor recordar

Memoria colectiva como deber social

Especial Imaginar la Democracia

La memoria se construye desde lo individual y desde lo colectivo. La memoria individual nos sirve para construir el libreto de nuestras vidas, todas particulares; la colectiva, en cambio, es mucho más compleja, y constituye uno de los pilares de toda democracia porque permite reconstruir lo vivido más allá de biografías aisladas. 

Maurice Halbwachs, quien murió en un campo de concentración nazi, introdujo a principios del siglo XX el concepto de ‘marcos sociales de la memoria’ que se refiere a que las comunidades no se sostienen solo mediante instituciones jurídicas o procedimientos formales, sino gracias a una conciencia compartida que permite interpretar el pasado y otorgarle sentido a la vida colectiva. Planteó, además, que la memoria colectiva no es un depósito de recuerdos individuales: es un entramado social que articula lenguaje, tiempo y experiencia para producir un relato común sobre quiénes somos y qué nos ha ocurrido. 

Estas ideas dialogan con la propuesta de Roberto Bergalli, fiscal argentino desaparecido por la dictadura militar, liberado tras la presión internacional y exiliado en Europa hasta su muerte en 2020. En su libro Memoria colectiva como deber social, sostiene que la memoria colectiva debe entenderse como una pluralidad de memorias grupales cuyas representaciones sociales constituyen un aprendizaje colectivo: una forma de utilizar el pasado, sobre todo el traumático, como enseñanza para el presente mediante la articulación de discursos. 

Construir memoria colectiva implica, entonces, articular voces diversas, incluidas las silenciadas, y abrir caminos para superar el trauma, que puede entenderse, como aquello que buscamos y no logramos comprender. La memoria colectiva es indispensable para la democracia porque, sin conciencia del pasado traumático, estamos expuestos a repetir violencias.

La memoria colectiva es indispensable para la democracia porque, sin conciencia del pasado traumático, estamos expuestos a repetir violencias

En esta tarea, la literatura ha sido un medio de denuncia, de testimonio y de resistencia. Las obras de Primo Levi, Imre Kertész y Jorge Semprún, entre otros, todos sobrevivientes a los campos de concentración alemanes, se constituyen en testimonios que intentan enfrentar el olvido colectivo, y además, en palabras de Primo Levi, a través de ellas se intenta entender lo que el hombre ha sido capaz de hacer con el hombre, aunque nos confrontan con la realidad de volver a repetir otro exterminio colectivo como el que hemos visto, y seguimos viendo con impotencia, en el siglo XXI, en la Franja de Gaza.

El derecho a la memoria plantea una tensión con el derecho al olvido. David Rieff en Elogio del olvido sostiene que las sociedades no pueden cargar indefinidamente con el peso del pasado y que, en ciertos contextos, el olvido puede ser una condición de estabilidad. Pero frente a guerras civiles, dictaduras o violaciones sistemáticas de derechos humanos, el olvido no es una solución democrática: beneficia siempre a quienes tienen el poder de silenciar. El discurso de Ricardo Lagos al presentar el Informe de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura de Chile lo expresa con contundencia: “Se terminó el silencio, se desterró el olvido, se ha reivindicado la dignidad”. 

Formas de la memoria

La memoria colectiva para la democracia se construye en diferentes formas. La memoria institucional se construye desde informes históricos y declaraciones oficiales, y busca reconocer violencias y responsabilidades del pasado. Es la interpretación que las instituciones del Estado hacen sobre lo ocurrido, y en ella aparece un punto crucial: la propia institucionalidad admite que existieron hechos de violencia y conflicto. Sin embargo, esta memoria no está exenta de sesgos, pues proviene de entidades que, en muchos casos, fueron parte de los actores que desencadenaron esos hechos traumáticos. 

La memoria colectiva para la democracia se construye en diferentes formas

Ante violencias masivas, la memoria colectiva se convierte en una forma de reparación para las víctimas, y los esfuerzos institucionales por esclarecer la verdad responden a esta necesidad. Un ejemplo es la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, creada a partir del Acuerdo de Paz con las Farc, pero sin formar parte de la narrativa oficial del Estado. Esta Comisión elaboró un informe sobre los hechos del Palacio de Justicia, cumpliendo la tarea de nombrar el daño, reconstruir los acontecimientos y reconocer públicamente a las víctimas. Su trabajo demuestra que la memoria no es solo un registro del pasado, sino un mandato que se despliega en distintos ámbitos del Estado.

A esta se suma la memoria judicial, se configura mediante decisiones judiciales que individualizan culpables por actos de violencia, incluidas las sentencias de jurisdicciones internacionales como la Corte Interamericana de Derechos Humanos y la Corte Penal Internacional. En contextos de guerra interna, se entrelaza con la justicia transicional. Estos modelos han sido necesarios porque la justicia ordinaria, como lo demuestran múltiples experiencias, carece de la capacidad técnica y del tiempo para procesar individualmente a todos los responsables de violaciones sistemáticas de derechos humanos. 

Colombia ofrece un ejemplo significativo en el siglo XXI, con dos grandes procesos de justicia transicional: Justicia y Paz, de 2005, para desmantelar el paramilitarismo, y el sistema derivado del Acuerdo Final de Paz con las antiguas Farc, de 2017. Ambos procesos muestran que la justicia contribuye a reconstruir la memoria de lo ocurrido, pero también evidencian sus límites: es imposible juzgar a todos los responsables.

Finalmente, la memoria social se construye desde las personas: víctimas, periodistas, artistas, escritores y ciudadanos que se niegan a olvidar. Se expresa en múltiples lenguajes: canciones, narraciones literarias, fotografía, cine. Gracias a esta diversidad, la memoria social integra más voces, amplía la participación y genera una empatía que otras formas de memoria no siempre logran. En este ámbito, la literatura adquiere una fuerza política decisiva, pues convierte el recuerdo en una herramienta para interpelar el presente. Recordar, incluso desde ficciones, se convierte en un acto democrático.

La literatura adquiere una fuerza política decisiva, pues convierte el recuerdo en una herramienta para interpelar el presente. Recordar, incluso desde ficciones, se convierte en un acto democrático

Los memoriosos molestan

Juan Gabriel Vásquez, en su ensayo Memoria perfeccionada, afirma que escribir novelas consiste en transformar recuerdos reales en recuerdos inventados, sustituyendo la memoria privada, individual y limitada por la forma particular de recordar que ofrece la literatura, la cual se integra en lo que denominamos inconsciente colectivo, mientras genera la ilusión de hablar de la experiencia más personal.

Citando a W. G. Sebald, señala que “la memoria es el espinazo moral de la literatura”. Cuando la literatura asume la tarea de recordar, se vuelve más incómoda, más subversiva y, por ello, más fiel a su naturaleza. Recordar incomoda; incomodan quienes no olvidan. No es necesario que un Estado adopte rasgos totalitarios para dedicar esfuerzos a moldear el recuerdo colectivo, ya sea eliminando testimonios o eliminando testigos. Los novelistas resultan perturbadores porque devuelven a los hechos públicos su dimensión individual, íntima y relativa.

Vásquez también sostiene que la literatura es el espacio donde se cuestiona la narración única y donde se formula otra versión: la propia. Ese enfrentamiento, la tensión entre la versión personal y la oficial, entre el relato propio y el impuesto, o incluso la defensa del derecho a múltiples relatos en lugar de uno solo, ocurre en el terreno del pasado: en lo que recordamos, en cómo y cuándo lo recordamos y en la posibilidad de hacerlo con libertad y sin temor.

Así lo leemos en obras de premios Nobel en diferentes partes del mundo. En Estados Unidos, África y el mundo árabe encontramos ejemplos representativos. En Estados Unidos, Toni Morrison exploró la violencia racial y la memoria de la esclavitud en novelas como Beloved. En África, autores como Wole Soyinka, con obras como La muerte y el jinete del rey y Crónicas desde el país de la gente más feliz de la Tierra, denuncian las violencias en los países africanos. Nadine Gordimer cuestiona las relaciones de poder en títulos como La gente de julio. J. M. Coetzee, con su extraordinaria Elizabeth Costello, y Abdulrazak Gurnah, con Paraíso, han narrado memorias de dictaduras, apartheid, colonialismo y migración forzada. En el mundo árabe, Naguib Mahfouz, en obras como Trilogía de El Cairo, retrató los cambios sociales y políticos en Egipto.

Aunque no ha recibido el Nobel, incluyo aquí a Joumana Haddad con su obra Yo maté a Sherezade. Confesiones de una mujer árabe furiosa, un testimonio sobre lo que significa ser, precisamente, una mujer árabe.

En América Latina, la literatura también ha asumido esta función de conservar la memoria y cuestionar el poder. Ariel Dorfman, en Lectura crítica de la literatura latinoamericana, sostiene que la literatura debe “instalarse dentro de ese ser que sufre la violencia y que la expulsa de sí, para poder transmitir a las futuras generaciones lo que significaba vivir y morir en esta temporalidad americana, en esta península contra la muerte”. Numerosos autores han contribuido a ello a través de personajes que encarnan la violencia, como José Arcadio Buendía en Cien años de soledad de Gabriel García Márquez; El Jaguar en La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa; Artemio Cruz en La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes; Félix Moral en El fiscal de Augusto Roa Bastos; Pedro Páramo, de Juan Rulfo; o Vicente Esquivel en El saxofón del cautivo de Ramón Molinares Sarmiento.

Asimismo, diversas escritoras han retratado la violencia en nuestra región: la nicaragüense Claribel Alegría, la puertorriqueña Magali García Ramis, la mexicana Cristina Rivera Garza y, entre muchas otras, las colombianas Eliana Hernández y María Isabel Rueda, autoras de La mata, un largo poema sobre la masacre de El Salado.

Colombia 40 años después

En Colombia, las violencias vividas corren el riesgo de volverse distantes para las nuevas generaciones. El tiempo diluye certezas, instala escepticismo y abre espacio a relatos fugaces que se imponen según la coyuntura. Lo ocurrido puede parecer ajeno o lejano, pero sigue siendo parte de nuestra historia. Por eso es necesario narrar una y otra vez, incluso cuando resulte incómodo o repetitivo. La literatura ha cumplido un papel esencial, sobre muchos hechos de nuestra historia. Obras como La siempreviva, de Miguel Ángel Torres, siguen vivas porque nos recuerdan lo que pasó hace 40 años y que muchos seguiremos recordando para contarlo:

LOCUTOR TV: Hacia las diez de la noche, este era el aspecto que presentaba el Palacio de Justicia en la Plaza de Bolívar. Los bomberos se hacen presentes y empiezan, con dificultad, a sofocar el fuego. Con escaleras logran bajar a algunos de los rehenes que estaban en la terraza, entre ellos, a la esposa del ministro de Gobierno.

(Lucía apaga el televisor y corre hacia el patio. Victoria y Carlos la siguen tratando de ayudarla. Humberto y Sergio llegan corriendo de la calle)

LUCÍA: ¿Qué pasó? ¿Averiguaron algo?

HUMBERTO: Nada, mamá. El paso hasta la Casa del Florero es imposible, y el Palacio de Justicia arde como un infierno. La gente dice que el Ejército le prendió fuego para que todo el mundo se achicharre allá adentro.

LUCÍA: ¡Dios mío, haz que mi hija haya salido viva de ese infierno!

En Colombia, las violencias vividas corren el riesgo de volverse distantes para las nuevas generaciones

Referencias

Bergalli, R. (2010). Presentación. En R. Bergalli e I. Rivera (Comps.), Memoria colectiva como deber social (pp. 5-23). Barcelona: Anthropos.

Dorfman, A. (1997). La violencia en la novela hispanoamericana actual. En Lectura crítica de la literatura americana: actualidades fundacionales (t. IV, pp. 387-410). Biblioteca Ayacucho.

Halbwachs, M. (2004). Los marcos sociales de la memoria. Barcelona: Anthropos.

Rieff, D. (2018). Elogio del olvido: Las paradojas de la memoria histórica. Debate.

Torres, M. Á. (2014). La siempreviva. Recuperado de https://coleccionesdigitales.biblored.gov.co/items/show/62

Vásquez, J. G. (2001). Lecturas paradójicas, memoria perfeccionada. Revista El Malpensante, (211).

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