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Lunes 4 de mayo de 2026
Un analista de la democracia colombiana: Malcolm Deas

Malcom Deas

Foto: Colprensa/Prensa/Redes sociales

Un analista de la democracia colombiana: Malcolm Deas

El historiador Jorge Orlando Melo analiza y rinde homenaje a la obra de su colega Malcolm Deas, que ayudó a mantener una visión mucho más compleja del pasado de Colombia y de la evolución de su democracia. Uno de los temas que más preocuparon a Deas fue el del análisis de la violencia en el país.

Por: Jorge Orlando Melo

En Colombia, con la orientación de dos historiadores, Jaime Jaramillo Uribe y Malcolm Deas, que fueron los principales maestros de las generaciones que empezaron a escribir en los años sesenta y setenta, se produjo una historiografía más escéptica que la de otros países de la región: ninguno era partidario de seguir muy de cerca las metodologías y visiones de los historiadores de moda. Había que inspirarse en ellos, pero mirarlos con dudas. Decir: “Si, estoy en principio de acuerdo, pero...”, como decía con frecuencia Jaramillo. Esto ocurrió con los principales historiadores de estos años, formados, después de un período colombiano, en Inglaterra o París: Germán Colmenares, Hermes Tovar, Álvaro Tirado, Marco Palacios, Gonzalo Sánchez, yo mismo. No se definió una escuela dominante, no se impuso una visión, como por ejemplo la interpretación marxista que sirviera de referencia central y contra la que se compararan los trabajos nuevos. La idea era que los historiadores debían buscar una nueva versión del pasado, nuevos documentos, nuevos relatos, más que repetir lo ya sabido.

Especial Imaginar la Democracia

Deas vino por primera vez a Colombia en 1963, con el compromiso de enviar informes periódicos al Institute of Current World Affairs, de Nueva York. En el libro Informes de Malcolm Deas al Institute of Current World Affairs, 1964-1966, UN homenaje (Bogotá, Banrep, 2025), se publican los 13 reportes que mandó entre finales de 1963 y comienzos de 1965. Como se ve, y lo dice él mismo, vino sin un programa de investigación, sin hipótesis ni interpretaciones previas, guiado solo por la curiosidad y la sorpresa. “Todo me pareció curioso e inexplicable”, dijo. Llegó a Panamá y viajó a diversos lugares de Colombia, como por ejemplo a las zonas indígenas del Vaupés –adonde se fue con Stephen Hugh-Jones¬– y a la costa Atlántica, donde le compró whisky al obispo de Valledupar a una tasa de cambio algo abusiva.

En los 50 años que siguieron, Malcolm, que no escribía grandes libros sino ensayos, publicó varias obras en las que fue recogiendo sus estudios sobre temas muy diversos, que se concentraron en el siglo XIX, pero se extendieron a veces a los conflictos más recientes. No hubo historiadores con los que entrara en polémica en Colombia. Jaime Jaramillo era demasiado profesional y en muchos aspectos parecido: no creía en grandes teorías ni explicaciones, aunque no se asustaba haciendo generalizaciones, basadas en descripciones generales: “No es posible luchar contra los campesinos sin un ejército”, decía. Y estos reportes están llenos de descripciones de las conductas típicas de la oligarquía colombiana o bogotana. Colombia era un país de leguleyos y abogados, un país en el que nada se decidía y todo se aplazaba. Su Iglesia era corrupta y atrasada: “ya le quitó las tierras a los indios, ya no se justifica lo que hace”.

Malcolm, que murió en Oxford el 29 de julio de 2023, se empeñó en buscar visiones alternativas a los lugares comunes, en verle los lados o efectos positivos a lo que otros veían solamente como un fracaso: las guerras civiles del siglo XIX, que además de todos los desastres que trajeron, habían ayudado a establecer relaciones entre las diversas regiones, a formar el esbozo de mirada que invocaba a todo el país, a que la gente de provincia conociera perspectivas más amplias, nacionales.

Malcolm, que murió en Oxford el 29 de julio de 2023, se empeñó en buscar visiones alternativas a los lugares comunes, en verle los lados o efectos positivos a lo que otros veían solamente como un fracaso

Malcolm mostró también que el aislamiento local no había sido tan absoluto como lo describían algunos, pues llevó a que el cura, el farmaceuta y el tendero, que leían la prensa de las ciudades a sus amigos, se convirtieran en canales importantes para la divulgación de las ideas políticas y la formación de los partidos, etc.

Malcolm, además, mostró, entre otras cosas, los grandes progresos que tuvo el país en su historia y en especial en los 60 años en que estuvo siguiendo casi día a día la evolución colombiana: las ciudades de comienzos del siglo XXI con su expectativa de vida mucho más amplia, su mortalidad infantil reducida, sus servicios públicos, su reconocimiento del papel profesional de las mujeres, y que son casi irreconocibles cuando se comparan con las urbes llenas de barrios de invasión que existían hacia 1960.

Malcolm, además, mostró, entre otras cosas, los grandes progresos que tuvo el país en su historia y en especial en los 60 años en que estuvo siguiendo casi día a día la evolución colombiana

Malcolm no escribía libros exhaustivos y sistemáticos sino artículos, textos breves que dejaban aparecer algún aspecto sorprendente o insólito de la historia nacional, y sus libros principales son recopilaciones de éstos. Del poder y la gramática (1993) agrupó sus principales artículos, escritos desde 1977 sobre esta obsesión de los dirigentes colombianos con el buen idioma, que hizo que para llegar a la Presidencia podía ser más importante escribir bien en un periódico que ser un terrateniente con muchos campesinos dependientes. La necesidad del dominio de la gramática hizo relativamente débiles a los dueños de la tierra, que no lograron formar una sociedad rural basada en el respeto al orden social y el dominio único del latifundismo, pues sus principales portavoces políticos creían que hablar bien el español era mantenerse fiel a la tradición española y cristiana, lo que hizo rechazar los elementos indígenas y africanos de nuestro pasado, creando una vanidad social que acompañó los deseos de hacer avanzar el país. Esos mismos gramáticos se preocuparon por definir bien las reglas políticas, por someterlas a normas de respeto a la ley y a las buenas maneras. Debían además ser capaces de manejar, más que una hacienda, una buena biblioteca. O si eran comerciantes, de tener una buena librería, como Miguel Antonio Caro, José Vicente Concha o Carlos E. Restrepo. Las fuerzas del orden, publicado en 2017, reunió los artículos sobre los soldados y las fuerzas armadas, los generales de las guerras civiles, y diversos estudios sobre la historia económica del país. El caciquismo, la pobreza fiscal, algunos revolucionarios como Ricardo Gaitán Obeso y la historia de los cultivos cafeteros de la hacienda de Santa Bárbara, en Sasaima, de la familia de Roberto Herrera Restrepo, el hermano del arzobispo de Bogotá, dieron materiales para algunos de estos estudios.
En sus trabajos, Deas se apoyaba siempre en una bibliografía llamativa y extensa, en todos los libros posibles, en la literatura y en las memorias de los participantes, incluyendo muchas tesis de grado del siglo XIX, así como muchos folletos encontrados en la búsqueda persistente en las librerías de segunda mano de Bogotá y otras ciudades.

No escribía libros exhaustivos y sistemáticos sino artículos, textos breves que dejaban aparecer algún aspecto sorprendente o insólito de la historia nacional

Uno de los temas que más preocuparon a Deas fue el del análisis de la violencia en Colombia. En un texto sistemático con Fernando Gaitán publicado en 1995, puso en cuestión las generalizaciones usuales: que Colombia era un país permanente y excepcionalmente violento, que la violencia había impedido el funcionamiento de cualquier orden institucional, que muchos de los problemas del país se debían a la violencia. Deas rechazó la idea de que era una violencia permanente, continua e inevitable, e incompatible con el funcionamiento de muchas instituciones legalistas y democráticas. Así como la violencia era compatible con muchos rasgos positivos de la sociedad, muchos otros aspectos de la vida nacional, vistos usualmente solo en sus aspectos negativos, habían contribuido de alguna manera a la riqueza y variedad de la historia nacional. En sus ensayos sobre este tema, que fueron decenas, destacó muchos de los cambios positivos vividos por Colombia desde 1970 y mostró las relaciones entre la violencia y los rasgos aparentemente contradictorios de la sociedad colombiana. Su optimismo prudente lo llevó incluso a participar en varios de los procesos de paz de los últimos cuarenta años: hizo un relato brillante del encuentro de los negociadores de paz de Betancur con el M-19, en agosto de 1984: Un día en Yumbo y Corinto. Y respaldó y asesoró las diversas negociaciones de paz con la guerrilla, en especial las conversaciones del gobierno de Barco con el M-19 y las de Santos con las Farc.

En sus ensayos sobre la violencia, que fueron decenas, destacó muchos de los cambios positivos vividos por Colombia desde 1970 y mostró las relaciones entre la violencia y los rasgos aparentemente contradictorios de la sociedad colombiana

Yo lo conocí a finales de los sesenta en la Universidad de los Andes. En 1974 me fui a Oxford por dos años, y nunca terminé el doctorado que requería una tesis ordenada; él tampoco lo hizo, prefiriendo los ensayos breves. Nunca fue el ‘doctor Deas’, sino ‘Malcolm’, como lo recuerdan sus amigos (tuvo muchos, y más amigos que seguidores) y discípulos: Marco Palacios, Hermes Tovar, Margarita Garrido, Efraín Sánchez, Beatriz Carvajal, Patricia Londoño, Gustavo Bell, Eduardo Posada Carbó... Cercano a Virgilio Barco, dirigió en 1994 un libro sobre su gobierno, al que añadió hace poco otro estudio (Barco: vida y sucesos de un presidente crucial, 2019). Coordinó el tomo IV de la Historia de Colombia de Penguin (2015) y escribió allí una síntesis de la historia política. Publicó además libros con Efraín Sánchez sobre grabados, pinturas y fotografías colombianas del siglo XIX, ofreciéndonos imágenes de nuestro pasado: otra forma inesperada de verlo.

Así, sin seguir un programa sistemático de investigaciones y trabajos, impulsado más bien por la curiosidad y la fascinación por lo inesperado, la obra de Malcolm Deas ayudó a mantener una visión mucho más compleja del pasado de Colombia, de la evolución de su democracia, de la que se habría impuesto sin su influencia en las editoriales y los departamentos de historia, donde, no obstante el peso de gente como Jaramillo Uribe, Colmenares o Malcolm, importan tanto las metodologías, las estadísticas ordenadas y validadas con procedimientos matemáticos, los criterios y conceptos interpretativos, los argumentos teóricos.

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En el fondo, su visión de largo plazo estuvo marcada por una frase que él mismo escribió: en Colombia “no hay justificación para el entusiasmo, pero tampoco motivos de desesperación”. Es interesante ver cómo caracterizó en 1963 la democracia colombiana, y cómo fue cambiando esta visión en los años siguientes. Ese año le puso especial énfasis a la ausencia de una tentación militarista, a pesar de que le tocó ver el auge del general Ruiz Novoa y su conflicto con Valencia; ve al Frente Nacional como un “acuerdo de caballeros” presentado en gran parte como uno de los éxitos de Laureano Gómez, que muere mientras Deas está en Colombia. A su muerte, Deas se sorprende de que pueda verse en parte como un político exitoso, pero no había logrado nada de lo que buscó en más de 30 años: no frenó al liberalismo, y Laureano tuvo que regocijarse por haber hecho el Frente Nacional, que no era propiamente un éxito; era lo contrario de lo que había buscado siempre: parar el liberalismo.

Su visión de largo plazo estuvo marcada por una frase que él mismo escribió: en Colombia “no hay justificación para el entusiasmo, pero tampoco motivos de desesperación

Otro aspecto notable era el peso de la cuestión agraria: todos están interesados en ella, pero en realidad las masas, que se presume son las interesadas, la miran con tibieza: las masas, más que revolucionarias, están desmoralizadas. En 1964 fue a la Conferencia Latinoamericana de Sociología, en la UN, donde no logró que los asistentes se interesaran por las propuestas de Lauchlin Currie, un economista que, en vez de proponer la adquisición de tierras para dar a los campesinos, sugería comprarles la tierra para que se fueran a la ciudad. Allí –pensaba– podía promoverse un programa de desarrollo urbano audaz. Malcolm parece haber captado bien el problema, pues la reforma agraria desapareció de los proyectos liberales e incluso de los de la guerrilla, que terminaron pactando una reformita tímida en 2016. Y el gobierno de Misael Pastrana, después de abandonar los planes de reforma agraria en 1971, creó un sistema de financiación de viviendas urbanas que transformó radicalmente las ciudades colombianas en menos de medio siglo y fortaleció el sistema bancario, para satisfacción de los empresarios.

De todos modos, en 2019 Deas intentó ofrecer una síntesis de su visión de la democracia colombiana:

“He aquí una brevísima caracterización: alta estabilidad, difusión del poder, amplias libertades, régimen empedernidamente civilista, débil capacidad de represión, orden público precario, alta violencia, que afecta principalmente a los estratos bajos, calendario electoral fijo, electorado variado, desde cautivo, pasando por clientelista y negociador, hasta de opinión, legalista y leguleyo. No hay virrey, pero sobreviven la audiencia y los oidores. En Colombia –según entiendo– hay más abogados per cápita que en todos los otros países, menos Costa Rica, poco populista, esencialmente reformista, poder presidencial limitado, manejo económico estable, lucha muy visible entre el bien y el mal, mucha protesta”. (Malcolm Deas, Reflexiones sobre más de medio siglo de política colombiana, en I. Garzón, ed. Colombia, una nación hecha a pulso. Bogotá, 2019)

En Colombia no hay virrey, pero sobreviven la audiencia y los oidores: Malcom Deas

En estos años también destacó los cambios que se habían producido en Colombia: el auge de las ciudades, donde los barrios con viviendas de interés social reemplazaron las zonas de invasión, la amplitud de las políticas sociales, como las de salud y educación, el ascenso de la mujer en el mundo laboral y educativo.

Cuando llegó a Colombia le pareció que el Frente Nacional, a pesar de que estaba muy joven, ya había envejecido, marcado por una abstención radical de los votantes, que habían perdido su identidad emocional con liberales y conservadores. Viendo el legalismo, el gusto por la letra, la ilusión de que las cosas se arreglan con una nueva ley, en esos años pensó que el modelo de política había sido Santander, con su respeto obstinado de la ley, que tanto había marcado el estilo político nacional. En 2021, sin embargo, pensó que realmente el modelo seguido por los políticos colombianos había sido sobre todo el arzobispo Caballero y Góngora, que, sin capacidad de reprimir, decidió conversar y “tuvo que hacer a los Comuneros promesas imposibles de cumplir”, lo que se repitió ante las protestas de 2021.

“Frente a los paros agrarios de años recientes, el Gobierno mandó emisarios, con cheques y promesas, y luego incumplió algunas promesas, quizás por la imposibilidad de cumplirlas. Noté un patrón, que toca gobernar a Colombia haciendo promesas que no pueden ser cumplidas. La respuesta del gobierno puede ser insatisfactoria, pero no es rígida, es flexible.”

Así, después de 50 años, la democracia que Malcolm había visto evolucionar no se parecía a las visiones más o menos esquemáticas de los marxistas, no era la del revolucionario decidido a romper con la dominación de los empresarios, ni la de los conservadores, empeñados en encontrar la verdad en los textos sagrados, sino la de una sociedad abierta, sin claridad, con una tendencia de fondo para conversar, hacer transacciones y acuerdos, con tendencia a acumular problemas en vez de resolverlos. Pero una sociedad cada vez más cercana a un sistema flexible de gobierno-oposición, que nada indica –en su opinión– que vaya a cambiar radicalmente en un horizonte previsible.

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