Simón Bolívar y José Martí consideraron que la integración latinoamericana era el mejor rumbo para el continente. En en esta época de Trump ese planteamiento cobra vigencia.
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Soberanía, democracia y realidad
El académico y escritor Mauricio García Villegas analiza la soberanía, entendida como la capacidad del Estado (y del pueblo) para regir sobre un territorio y actuar sin interferencias externas.
La democracia depende de que exista una buena teoría que la sustente (de eso hemos hablado extensamente en este proyecto), pero eso no basta; se necesita, además, que esa teoría pueda ponerse en práctica. La suerte que corre un régimen político (no solo la democracia) también depende de factores externos como la geografía, la economía, la cultura, la política, que pueden limitar o fortalecer sus designios teóricos. Con esta idea en la mira, aquí me ocupo de un concepto teórico clave del régimen democrático que es la soberanía, entendida como la capacidad del Estado (y del pueblo) para regir sobre un territorio y actuar sin interferencias externas. Para saber qué tan soberano es un país no basta con mirar sus textos constitucionales o sus discursos políticos fundacionales, sino que hay que ver qué tan afectada está por esos factores externos.
Ilustraré este desfase entre teoría y práctica con lo que ocurre en América Latina.
Especial Imaginar la Democracia
1.
Los orígenes del concepto de soberanía se remontan a la Edad Media, cuando algunos monarcas europeos intentaron consolidar su autoridad frente a los señores feudales y a la Iglesia católica, con miras a delimitar ciertos territorios y a establecer un control centralizado en ellos. Jean Bodin (en Los Seis Libros de la República - 1576) fue uno de los primeros en afirmar que la soberanía era el poder absoluto y perpetuo del Estado. Casi un siglo más tarde, los Tratados de Westfalia, que pusieron fin a la Guerra de los Treinta Años, establecieron, y esta fue su gran contribución, que los Estados tienen el derecho de gobernar sus propios territorios sin interferencia externa.
La palabra soberanía da a entender la existencia de una autoridad autónoma que no depende de nada ni de nadie. Sin embargo, semejante poder no existe ni jurídica ni fácticamente. Desde la revolución francesa se entiende que el poder estatal está limitado por los derechos humanos y, desde mediados del siglo XX se acepta que el derecho y las organizaciones internacionales imponen límites al poder soberano. A estos límites jurídicos se agregan los fácticos, derivados de, por ejemplo, poderes económicos, cambios tecnológicos o catástrofes naturales, los cuales no son reconocidos por la teoría ni por el derecho, pero son los más importantes. Es natural, o mejor, es inevitable que los Estados más grandes y poderosos impongan restricciones a los más pequeños y débiles, con lo cual es forzoso concluir que no todos los países son soberanos de la misma manera. Aquí pasa lo que George Orwell dice que ocurre en La granja de los animales: todos son iguales, sí, pero unos son más iguales que otros; lo mismo pasa aquí, todos son soberanos, pero algunos son más soberanos que otros.
La palabra soberanía da a entender la existencia de una autoridad autónoma que no depende de nada ni de nadie. Sin embargo, semejante poder no existe ni jurídica ni fácticamente
El debilitamiento del derecho internacional no solo proviene del poder impositivo, a veces imperial, de algunos Estados, como ocurre en el caso de la invasión rusa de Ucrania, en el de la destrucción de Gaza por parte de Israel y con ciertas políticas adelantadas por el actual gobierno de los Estados Unidos, sino de la incapacidad misma del derecho internacional para responder a las realidades del mundo actual. Un ejemplo de este anacronismo es el diseño, concebido después de la Segunda Guerra Mundial, del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, con cinco miembros permanentes que gozan de poder de veto (Estados Unidos, Rusia, China, Francia, y el Reino Unido) y que, por estar en una competencia permanente, bloquean cualquier decisión importante o de consenso. El derecho al veto mina la legitimidad del Consejo ante muchos Estados miembros de la ONU que ven el actual sistema como injusto y no representativo. Otro ejemplo es la regla que le asigna un voto a cada Estado sin importar su tamaño; países como Brasil, Estados Unidos o Francia tienen el mismo poder decisorio (un voto) en las Naciones Unidas que naciones como Trinidad Tobago, Mónaco o Palaos. El trato igual de lo que es desigual es visto, no sin razón, como una injusticia. Como consecuencia de esto, muchos países ricos cooptan, con apoyos económicos o políticos, los votos de los países pequeños. Es el caso de Venezuela, que ofrece petróleo barato para que naciones como San Vicente, Dominica, Antigua, San Cristóbal y Barbados, entre otras, para que voten en determinado sentido en la Organización de Estados Americanos (OEA).
Para remediar este despropósito, no sobra decirlo, se ha propuesto un sistema de votos ponderados en función de ciertos criterios, como la población, el territorio, el PIB o el nivel de desarrollo humano. De esta manera, los votos de los países más grandes, o con mayores contribuciones a la comunidad internacional, tendrían un peso proporcionalmente mayor que reflejaría su influencia y responsabilidades en el escenario global.
2.
La historia que ha tenido América Latina es una de las varias posibles que pudo haber tenido; varios rumbos posibles fueron abandonados y entre ellos está la integración continental (opuesta a la soberanía) que muchos líderes y pensadores continentales, entre ellos Simón Bolívar, José Martí, Enrique Rodó, Alfonso Reyes, trazaron como el más promisorio posible para los países de la región. En América Latina, pensaban estos autores, vive el mismo pueblo, con la misma cultura, el mismo pasado, la misma lengua y la misma religión. Hay, por supuesto, diferencias de raza, costumbres, acentos y tradiciones, para no hablar de climas y geografías, pero todo eso también se encuentra al interior de cada uno de los países. La diferencia entre un guajiro y un pastuso, en los polos opuestos de la geografía colombiana, es tan grande como la que hay entre un chileno y un guatemalteco, o entre un mexicano y un paraguayo. En el fondo, todos los latinoamericanos comparten una manera similar de concebir el orden social, la autoridad, la vecindad, la ciudadanía, la comunidad, el miedo, el resentimiento, la desconfianza, la rebelión, la ilegalidad; una misma forma de entender el poder político, sus fines y sus métodos, así como de manipularlo y de dejarse manipular por él; un mismo sentido para valorar lo privado, la familia, la amistad y también lo público, los bienes colectivos, el interés general; una misma concepción de lo justo y de lo injusto, y de la relación que ambas cosas deben tener con obedecer o desobedecer las leyes; una misma concepción religiosa de la realidad social y una manera muy similar de ver lo que vale y lo que no vale la pena en la vida.
A los latinoamericanos les cuesta trabajo ver estas semejanzas, pero los casi treinta millones que han emigrado a Europa, a los Estados Unidos o a Oriente son conscientes de lo parecidos que son y por eso los extranjeros también los ven así, parecidos. Los únicos que creen que sus diferencias son insalvables son los latinoamericanos que viven en el tejemaneje de la vida nacional de sus países. Por eso viven más pendientes de lo que los separa que de lo que los une, enquistados en una especie de “narcisismo de las pequeñas diferencias”. 1
A los latinoamericanos les cuesta trabajo ver sus semejanzas, pero los casi treinta millones que han emigrado a Europa, a los Estados Unidos o a Oriente son conscientes de lo parecidos que son y por eso los extranjeros también los ven así, parecidos
Uno de los resultados de este menosprecio por la unidad es que en América Latina se sobrestima la soberanía estatal. Varios hechos pueden haber incidido en ello: la gran influencia que los abogados han tenido en el diseño de las instituciones y el funcionamiento de la burocracia estatal desde el inicio de la era republicana; el auge del populismo (una doctrina que extrema el valor de los caudillos políticos y de la nacionalidad) y la relativa ausencia de guerras entre los países, lo cual ha inculcado la despreocupación por las relaciones internacionales y un ensimismamiento de la política nacional que se traduce en descuido por la periferia y las fronteras. Todo eso puede haber contribuido, repito, a la sobrevaloración de la soberanía.
3.
El desempeño del sistema democrático depende de su capacidad para resolver los desafíos que enfrenta. En América Latina, los Estados carecen de las herramientas para superar algunos de los problemas más apremiantes que afrontan, como el estancamiento económico, las redes criminales atizadas por el narcotráfico, el deterioro del medio ambiente, etc. Todos esos problemas requieren de instancias supranacionales de coordinación y decisión para ser resueltos. La unidad latinoamericana podría crear un mercado común, dotado de una moneda única que vigorice las economías, y podría diseñar mecanismos regionales para proteger el medio ambiente común, hoy seriamente amenazado, empezando por la Amazonía; podría organizar una alianza continental para luchar contra la criminalidad organizada y defender una política común en relación con la lucha contra el narcotráfico; podría hacer todo eso y muchas otras cosas más y eso le daría una voz, una relevancia con la cual se podría apañar una autoestima que la saque del ostracismo actual.
El desempeño del sistema democrático depende de su capacidad para resolver los desafíos que enfrenta
En los últimos meses se ha vivido un cierto renacer del sentimiento de unidad latinoamericana, como consecuencia de los atropellos del gobierno de los Estados Unidos contra los migrantes, de su política arancelaria y, en general, del menosprecio de la dirigencia política de ese país por América Latina (algo similar, más fuerte, ocurrió en la década de los setenta con el sentimiento antimperialista de esos años). Soy consciente de que hace falta mucho más que este sentimiento, coyuntural, para forjar unidad en América Latina. Pero en algún momento hay que empezar. Y leer los textos del viejo americanismo de finales del siglo XVIII puede ser un buen comienzo.
En los últimos meses se ha vivido un cierto renacer del sentimiento de unidad latinoamericana, como consecuencia de los atropellos del gobierno de los Estados Unidos contra los migrantes, de su política arancelaria y, en general, del menosprecio de la dirigencia política de ese país por América Latina
¿Cuánto olvido, cuánta violencia y cuánta irrelevancia tenemos que padecer antes de que se logre la unidad latinoamericana? Ojalá no sean otros doscientos años de soledad.
1 Un desarrollo de estos temas puede verse en mi libro El viejo malestar del Nuevo mundo, Madrid: Planeta, 2023.