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Lunes 4 de mayo de 2026
Universidad, Estado y democracia: lecciones sobre la disputa reciente en Estados Unidos

La razón de ser primordial de las universidades: constituirse en espacios de gestación e intercambio libre de ideas y de conocimiento, de evaluación y análisis riguroso de esas ideas y de su impacto sobre la sociedad.

Foto: Crédito: Reuters/Nicholas Pfosi

Universidad, Estado y democracia: lecciones sobre la disputa reciente en Estados Unidos

Las recientes presiones con las que el gobierno de Donald Trump amenaza a la Universidad de Harvard han abierto un debate sobre la relación de estos centros educativos con la sociedad y su papel como producto de la democracia.

Por: Sandra Borda

Las recientes tensiones y abiertos enfrentamientos entre las universidades privadas en Estados Unidos y el gobierno de Donald Trump han puesto sobre la mesa un debate ineludible para todas las universidades del mundo, centrado principalmente en la naturaleza de la relación entre los centros académicos y el Estado, y más ampliamente, en el papel que dichas entidades pueden y deben jugar cuando la democracia y la estabilidad institucional están en riesgo.

Especial Imaginar la Democracia

El primer ámbito, el de la relación entre Universidad y Estado, tiene unas particularidades importantes en el caso estadounidense. Es preciso decir que, a diferencia de lo que sucede en Colombia, por ejemplo, la parte más importante de los recursos para investigación que usan las universidades son recursos públicos. Nada más en 2023, las universidades recibieron del gobierno federal cerca de 60.000 millones de dólares. Gracias a esto, durante mucho tiempo Estados Unidos logró consolidarse como líder en la producción de conocimiento y ejercer un soft power sin parangón en el sistema internacional. Debido a estos recursos, la calidad de sus universidades y la atracción de estudiantes internacionales a las mismas se hizo una realidad y se constituyó en una de las más poderosas formas para ejercer influencia a nivel global.

Luego, a diferencia de lo que muchos sugieren, esos recursos no son caridad ni un favor que le hace el Estado a las universidades. Al contrario, es un trato en el que se benefician ambos. Adicionalmente, el otorgamiento de esos recursos es un proceso tremendamente competitivo y rigurosamente evaluado. No se trata de un Estado repartiendo plata a la topa tolondra y sin prioridades bien definidas. Al contrario, hacerse a recursos públicos para la investigación requiere de mucho trabajo, de formulación de proyectos de investigación con características exigentes y de un constante proceso de rendición de cuentas.

En Estados Unidos, los recursos que reciben las universidades no son caridad ni un favor que les hace el Estado. Al contrario, es un trato en el que se benefician ambos

La molestia del gobierno Trump con las universidades ha sido el resultado de un reclamo ya viejo de los conservadores en Estados Unidos: las universidades, para ellos, se han convertido en enclaves del liberalismo dedicados a indoctrinar en el llamado wokismo a las mentes jóvenes. Por ello, parte del plan es asumir mucho más control sobre las universidades y sus actividades, poniendo la presión y tratando de torcer el brazo a través de la negación de los recursos públicos destinados y usados por estas universidades. El objetivo es buscar una mayor alineación del cuerpo profesoral y estudiantil con la ideología del Gobierno y con el discurso oficial: quieren que las universidades ejerzan mayores controles sobre el activismo estudiantil y particularmente el de los estudiantes internacionales, que las agendas de los profesores/investigadores no alimenten más propuestas alternativas de estudio y de discurso político como la teoría crítica racial, y se acerquen más a la agenda MAGA.

La molestia del gobierno Trump con las universidades ha sido el resultado de un reclamo ya viejo de los conservadores en Estados Unidos: las universidades, para ellos, se han convertido en enclaves del liberalismo dedicados a indoctrinar en el llamado wokismo a las mentes jóvenes

El problema es que ese intento de control por parte del Gobierno está dirigido contra la razón de ser primordial de las universidades: constituirse en espacios de gestación e intercambio libre de ideas y de conocimiento, de evaluación y análisis riguroso de esas ideas y de su impacto sobre la sociedad. Esas mismas ideas y conocimiento son una fuente fundamental de análisis en asuntos sociales y políticos claves y por ello la función social de las universidades es determinante en una democracia. Las universidades, por tanto, están también en la obligación de hacer que las diversas formas de poder en nuestra sociedad rindan cuentas sobre sus decisiones.

La otra función de las universidades en democracia que va en contra de ese intento de control puesto en marcha por el gobierno Trump, tiene que ver con su compromiso con la preparación de ciudadanos con las suficientes destrezas y conocimientos para participar y ser parte de procesos democráticos como el servicio público, el voto y la investigación sobre la gestión pública. Eso no constituye un ‘lavado de cerebro’ ni debe ser fórmula para formar individuos en una doctrina particular: el compromiso de la universidad está en formar en habilidades, no en ideologías. La capacidad que tengan los estudiantes y futuros ciudadanos de evaluar críticamente la información que reciben por toneladas y a diario, de entender los temas desde distintos puntos de vista, de participar en diálogos abiertos y constructivos con argumentos sólidos y rigurosos, son todas habilidades fundamentales para consolidar nuestros regímenes democráticos.

El compromiso de la universidad está en formar en habilidades, no en ideologías

Finalmente, no hay un escenario más propicio para constituirse en un espacio sano para el debate y la conversación que una universidad. Pero para que estos diálogos puedan ser genuinos, deben ser libres y simultáneamente rigurosos. No pueden estar sujetos a restricciones artificiales basadas en lealtades políticas o promoción de las doctrinas de turno. Por eso, para que la universidad pueda cumplir con la función social que debe cumplir en democracia, es preciso que preserve su autonomía frente a los poderes de turno. Esto aplica para universidades privadas, pero también para universidades públicas. Ante el embate de los intentos autocráticos, las universidades son una garantía de la preservación de los principios democráticos y un escenario de resistencia frente a quienes intentan minarlos. Preservarlas de esa forma debe ser la prioridad de estas instituciones y de la sociedad en donde desempeñan su función.

Para que la universidad pueda cumplir con la función social que debe cumplir en democracia, es preciso que preserve su autonomía frente a los poderes de turno

Tal como lo sugirió el rector de Johns Hopkins University, las universidades no son solo beneficiarias de las libertades democráticas: están obligadas a apoyar esas libertades activamente y promoverlas. En un mundo polarizado, nuestra función es la de equipar a nuestras comunidades con las habilidades y capacidades para comunicarnos a través de las cada vez más profundas líneas de diferencia que nos dividen. En este escenario, ese papel es más crucial que nunca. Las universidades no solo son el producto de la democracia: deben ser, simultáneamente, sus mejores guardianes.

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