"En Colombia nada se puede entender, menos aún con lo que está pasando hoy en el gobierno de Gustavo Petro, sin los miedos, los odios y los resentimientos que alimentan el debate político".
Foto: Colprensa/Prensa/Redes sociales
Sobre resentimiento y política
Un análisis sobre cómo ese sentimiento genera violencias de todo tipo en el devenir público de la sociedad y más aún en esta época alimentada por las tecnologías digitales y las redes sociales.
Marx solía decir que la violencia era la partera de la historia y Hanna Arendt, de manera menos tajante, que "es imposible reflexionar sobre la historia y la política sin constatar el papel que ha jugado la violencia en los asuntos humanos". Es cierto, pero ¿de dónde viene la violencia? O más concretamente, ¿qué tipo de malestares llevan a un grupo de gente a agredir a otro grupo? Tal vez sean muchas cosas las que intervienen en esa decisión, pero hay una destacable entre todas ellas y es el resentimiento. Dice Francis Fukuyama que después de la Revolución francesa la política ha estado “jalonada por pueblos que reclaman reconocimiento de su identidad”.
Esto tiene alcances mucho más allá de la política, agrego yo; no es posible, por ejemplo, entender el romanticismo (un movimiento al cual todavía estamos atados) sin el resentimiento que los ingleses y sobre todo de los alemanes incubaron contra Francia y su Ilustración racionalista y universal. El ascenso de Hitler, con fuertes raíces en el movimiento romántico, no es ajeno a su habilidad para canalizar el resentimiento del pueblo alemán contra los extranjeros, entre los cuales se contaba, en primer término, a los judíos alemanes.
Si vamos a tiempos más cercanos, las evidencias no faltan. La reciente política imperial de Vladimir Putin, por ejemplo, se ha edificado sobre el sentimiento de pérdida que dejó el colapso de la Unión Soviética y el rencor causado por las ínfulas de superioridad moral adoptadas por Occidente ante ese colapso. La lucha de los ucranianos por su independencia, del otro lado del conflicto, es también, y con mejores motivos, una lucha por la dignidad impulsada por el resentimiento contra los rusos. El presidente chino Xi Jiping suele aludir en sus discursos a los “cien años de humillación del pueblo chino”. Víctor Orbán, el primer ministro húngaro, centra su política en querer “recuperar el país, su autoestima y su futuro”. Algo similar ocurrió en las revoluciones de la primavera árabe y por supuesto en las luchas del pueblo palestino agobiado por el asedio genocida israelí. Muchos movimientos contestatarios al interior de los países están animados por resentimientos similares, como el Black Lives Matter en los Estados Unidos, los Gilles Jaunes, en Francia, o el Mega de Trump, animado por hombres blancos de zonas rurales resentidos por su estancamiento económico y su invisibilidad en el debate público dominado, según ellos, por las minorías y las víctimas cercanas al partido demócrata. Una buena parte de la izquierda, por su parte, ha abandonado sus viejas luchas por la igualdad social, la reforma agraria, la educación pública y el cobro de impuestos para convertirse en la vocera del resentimiento de grupos marginados o discriminados minoritarios.
Una buena parte de la izquierda, por su parte, ha abandonado sus viejas luchas por la igualdad social, la reforma agraria, la educación pública y el cobro de impuestos para convertirse en la vocera del resentimiento de grupos marginados'
Jóvenes musulmanes en las grandes ciudades europeas ven en la religión un lugar de reconocimiento, de aprecio y de identidad. Más que una radicalización del islam, como dice Oliver Roy, esto obedece a una islamización del radicalismo en donde la sicología del resentimiento cuenta más que la teología. El terrorismo religioso es terrible e inaceptable, pero ese rechazo no debe llevar a desconocer los mecanismos sicológicos que conducen a un grupo de personas arrinconado por el menosprecio de la cultura dominante a exaltar su identidad religiosa y, por esa vía, a transformar su resentimiento en egolatría comunitaria y, eventualmente, a justificar su apuesta por una opción, sin retorno, de guerra santa. El movimiento Qanon, por último, en parte responsable por el asalto al Capitolio en 2021, fundada en una teoría conspirativa absurda, inculcó entre sus miembros, muchos de ellos sin empleo y sin reconocimiento social (en tiempos de pandemia y redes sociales), un sentido de pertenencia, orden, propósito y la promesa de integrar una lucha contra el mal que los rescató del anonimato y les dio sentido a sus vidas.
Y en Colombia, con una historia en buena parte jalonada por “emociones tristes”, nada se puede entender, menos aun con lo que está pasando hoy en el gobierno de Gustavo Petro, sin los miedos, los odios y los resentimientos que alimentan el debate político.
En Colombia nada se puede entender, menos aun con lo que está pasando hoy en el gobierno de Gustavo Petro, sin los miedos, los odios y los resentimientos que alimentan el debate político'
2.
Alguien me podría decir que lo que desencadena la violencia no es el resentimiento sino la injusticia. Es una buena objeción, sin duda, pero la relación causal entre injusticia y resentimiento no es tan clara como parece, y lo es todavía menos en los tiempos que corren. Basta con mirar el proceso que va de la injusticia a su reconocimiento, a su reclamo y a su reparación. En una sociedad ideal cada afrenta terminaría en una reparación; pero en la realidad este proceso está lleno de discontinuidades no solo de atrás hacia adelante, sino en sentido contrario. Para empezar, la injusticia no siempre es percibida. Durante siglos, milenios, las mujeres padecieron atropellos por parte de los hombres y pensaron que esos ultrajes eran normales porque no la reconocían. En segundo lugar, puede ser que la injusticia se perciba sin que el reclamo sea posible y, por último, puede haber percepción con reclamo y sin reparación. La discontinuidad también se aprecia a la inversa, cuando se va de la reparación a la injusticia, porque así como puede haber un déficit de reconocimiento de injusticia y denuncia, puede haber reconocimientos y denuncias sin injusticia o con unas injusticias menores a las que se reclaman. Quizás hoy no haya más injusticia que en el pasado, no lo sé, pero tal vez hay más descontento, indignación y percepción de vivir en un mundo injusto. ¿Qué tan ajustada a la realidad es esa esa indignación? En buena medida lo es, sin duda, pero también puede haber una parte que carece de fundamento o que tiene una justificación debilitada, como si fuera un memorial de agravios exagerado.
Muchos indignados exponen reclamos legítimos, por supuesto, pero también hay quienes, como los niños cuando compiten con su llanto por la atención de la madre, exageran para hacerse más visibles. En las redes sociales, abrumadas por mensajes pasionales y efímeros, hay una lucha cada vez más ardua por capturar la atención y en esa competencia siempre ganan los más emotivos, los más escandalosos y los más extremos, lo cual crea incentivos para postear mensajes que tengan esa connotación escandalosa y extrema. El éxito que alcanzó la cancelación de ideas en la década pasada se debe, en parte, a que mucha gente vio en ello la mejor manera de posicionar un mensaje en las redes sociales que, de otra manera, habría quedado oculto. Y esto que digo no solo vale para los movimientos identitarios y progresistas, sino también para la derecha que hace uso masivo de las redes para sobredimensionar sus reclamos, como ha ocurrido en los Estados Unidos con un presidente elegido por una buena parte de la población blanca que se presentan como víctimas de exclusión y olvido.
3.
La tecnología digital, con sus redes sociales y su algarabía, se ha convertido, en contra de los pronósticos que sobre ella se hacían a principios del siglo, en una madriguera de resentimientos (entre otras emociones) y la explicación que eso tiene es tan simple como desalentadora: dado que, como se sabe, lo falso y lo excesivo se difunde con mayor facilidad que lo cierto y lo ponderado, la tentación de ganar adeptos por medio de la propagación de toda suerte de mentiras y desatinos es irresistible sobre todo para políticos, periodistas y líderes sociales que buscan agrandar sus audiencias. Las grandes empresas digitales han propiciado un aumento formidable de la información y del intercambio de mensajes entre los usuarios, pero sin importar qué se dice o qué se comparte, porque su negocio depende de que la gente se mantenga conectada con lo que más le atrae, y como ya lo sabemos, lo falso y lo desaforado cautiva más que lo verdadero y lo valioso. Semejante modelo de negocio está causando estragos en el debate democrático, propiciando identidades políticas y cámaras de eco cada vez más fragmentadas, resentidas y agresivas.
La tecnología digital, con sus redes sociales y su algarabía, se ha convertido, en contra de los pronósticos que sobre ella se hacían a principios del siglo, en una madriguera de resentimientos
Tal vez esto ayude a explicar el hecho de que en las últimas décadas el malestar, y en particular el resentimiento, son de tal envergadura que nadie está contento con ningún gobierno y por eso casi siempre ganan los partidos de oposición. De las últimas 117 elecciones presidenciales que ha habido en América Latina desde 1986, la oposición ha salido victoriosa en 68, es decir en el 58 por ciento de los casos. Si se toman los últimos comicios presidenciales celebrados en 16 países (sin tener en cuenta a Nicaragua y Venezuela, por no ser naciones democráticas) solo en Bolivia y en Paraguay ganó el partido de gobierno.
En las últimas décadas, el malestar, y en particular el resentimiento, son de tal envergadura que nadie está contento con ningún gobierno y por eso casi siempre ganan los partidos de oposición
Estamos viendo cómo la violencia, al menos la violencia actual, depende cada vez más de una tecnología que alimenta el resentimiento. Para retomar la idea de Marx, ahí está, en esa dupla de lo digital y lo emocional, la gran partera de nuestra historia… y está engendrando monstruos.