El primero de agosto de 2018 se llevó a cabo en la Casa de Nariño la instalación del cuadro del expresidente Juan José Nieto, el único presidente afro en la historia de Colombia.
Foto: Colprensa/Prensa/Redes sociales
El color de la música, la belleza y el poder: Pigmentocracia
La profesora Viridiana Molinares Hassan, de la Universidad del Norte, reflexiona sobre la exclusión histórica del poder político sufrida por las personas negras, afrodescendientes, raizales y palenqueras, así como sobre la relación entre belleza y ‘blanqueamiento’. Una reflexión que comienza con una invitación a escuchar una lista de piezas musicales que narran, a través del canto, tanto la exclusión como la resistencia y la celebración de la vida.
Con una introducción musical —incompleta y arbitraria— que espero que disfruten, elaborada con el apoyo de los profesores Javier Franco Altamar y Juan Carlos Cantillo, presento parte de la identidad y la historia cultural de personas negras, afrodescendientes, raizales y palenqueras y otras que, con música, han resistido y combatido la exclusión y discriminación impuesta por la pigmentocracia, que es una forma de ‘estratificación racial’ basada en rasgos físicos. Posteriormente, reflexiono sobre la relación entre belleza y ‘blanqueamiento’, así como sobre la exclusión histórica de estas personas del poder político.
Música como resistencia
Hace algún tiempo, gracias a una de esas personas fantásticas que saben leer la vida con ritmo y sabor, llegó a mis manos el libro Música, raza y nación, del antropólogo británico Peter Wade. Desde sus primeras páginas, Wade nos invita a mirar la identidad cultural con otros ojos: no como algo homogéneo o fijo, sino como un tejido híbrido que se transforma con los vaivenes de la historia y los procesos sociales. Según el autor, “las identidades siempre han estado desgarradas”. Y aunque Colombia suele presentarse como una nación unida, en realidad está atravesada por profundas diferencias: clases sociales, etnias, géneros, razas y regiones que conviven —a veces en armonía, otras en tensión— en un mismo territorio. Wade recurre al análisis de la música del Caribe y el Pacífico colombiano, además de ciudades como Bogotá, Cali, Medellín y Barranquilla. De su investigación concluye que la música emerge como un espacio de disputa, de resistencia y de negociación identitaria. Con ella se desafían las ideas que insisten en que una nación debe ser homogénea, porque —como él advierte— buscar una “unidad total” sería borrar justamente aquello que hace rica y diversa a una sociedad.
Aunque Colombia suele presentarse como una nación unida, en realidad está atravesada por profundas diferencias: clases sociales, etnias, géneros, razas y regiones que conviven —a veces en armonía, otras en tensión— en un mismo territorio
Por eso, desde Barranquilla —con ritmo, memoria y resistencia— va un pedacito de la historia de lucha de personas negras, afrodescendientes, raizales y palenqueras. A través de la música, estas comunidades han narrado sus vivencias, sus dolores y sus alegrías, desafiando la exclusión y celebrando la vida. Y como diría el gran Joe Arroyo: “Un pedacito de la historia nuestra”.
¿Listos pa’ bailá, reflexioná y sentí?
Joe Arroyo
No le pegue a mi negra
"Quiero contarte mi hermano, un pedacito... De la historia negra, de la historia nuestra, caballero. Y dice, así: Cuando aquí, llegaban esos negreros. Africanos, en cadenas. Besaban mi tierra”
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Ceferina Banquez. Reina del Festival de Bullerengue de Maríalabaja
Yo quiero, yo no puedo
“El castillo de San Felipe lo construyeron los negros con sudor y latigazos. Yo quiero parir un blanco, aunque no me dé su mano. Ya no somos más encadenados, ya no somos más esclavos…”
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Leonor González Mina. La negra grande de Colombia
A la mina
“Don Pedro es tu amo, él te compró. Se compran las cosas a los hombres no. Aunque mi amo me mate, a la mina no voy”
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Herencia de Timbiquí
Te invito
“Te invito a vivir conmigo las lunadas que realizan en mi pueblo, las noches de luna llena y los aguaceros cuando ya es invierno… La experiencia de mis viejos y el dolor de sus ancestros. Los poderes de sus dioses, sus odios y sus anhelos”
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Las cantadoras de Pogue
Ay lucecita
“Y aunque el gusano me coma, yo aquí tengo que volver a recoger lo que en el mundo dejé… y en el otro lo encontré”
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Sexteto Tabalá, de San Basilio de Palanque
La vida es muy bonita
“La vida es muy bonita, pero al fin siempre se acaba”
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Tribu Baharú
Made in Tribu Baharú
“Esta música es pa´que vaciles, para que lo bailes tú con Tribu Baharú”
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Alejo Durán. Primer Rey Vallenato
Pedazo de acordeón
“Este pedazo de acordeón en donde tengo el alma mía. Tengo mi corazón y parte de mi alegría”
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‘El Negro’ Abel Antonio Villa
Padre del acordeón
“Esa muerte que me acumula, para que este negro muera. que no me caven sepultura, que yo vivo adentro y estoy afuera”
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Chocquibtown
De dónde vengo yo
“Acá tomamos agua de coco. Lavamos moto. Todo el que no quiere andar en rapi moto.
Carretera destapada pa' viajar. No plata pa' comer hey pero si pa' chupar. Característica general alegría total. Invisibilidad nacional e internacional. Auto-discriminación sin razón.
Racismo inminente mucha corrupción. Monte culebra. Máquina de guerra. Desplazamientos por intereses en la tierra. Su tienda de pescado. Agua por todo lado. Se represa. Que ni el discovery ha explotado”
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Belleza y blanqueamiento
En Colombia, la diferenciación social suele asociarse con la capacidad económica, especialmente a través de los ‘estratos’ socioeconómicos. Aunque este sistema puede promover principios como la solidaridad —al permitir que quienes tienen más recursos subsidien a quienes tienen menos—, también ha contribuido a la formación de imaginarios negativos que perpetúan la exclusión. Sin embargo, la estratificación no se limita al ámbito económico.
Como explican los sociólogos Eduardo Bonilla-Silva y David Dietrich (2008) en un estudio sobre el racismo contemporáneo, tanto en Estados Unidos como en América Latina opera un sistema de jerarquización social basado en el color de piel, conocido como pigmentocracia o colorismo. Este sistema establece diferencias sociales a partir de características como el tono de piel, los rasgos faciales, la textura del cabello, el color de ojos, la cultura, la educación y la clase social. A partir de estos criterios, se configuran tres grandes “estratos raciales”: blancos, mestizos y negros.
Tanto en Estados Unidos como en América Latina opera un sistema de jerarquización social basado en el color de piel, conocido como pigmentocracia o colorismo
La pigmentocracia se constituye en un orden jerárquico que fomenta divisiones internas entre los ‘estratos raciales’, legitima a élites ‘blancas’ como representantes de la nación y naturaliza la presencia de personas blancas o ‘blanqueadas’ en cargos de poder político y económico. En este contexto, se normaliza el proceso de movilidad social a través del “blanqueamiento”, que incluso llega a determinar los estándares de belleza.
Uno de los casos más representativos sobre el ‘blanqueamiento’ lo constituye la obra Blanco porcelana, de la artista Margarita Ariza. Presentada por primera vez en una estación de Transmetro en Barranquilla, esta obra crítica las expresiones racistas que circulan en el ámbito familiar. Ariza expuso álbumes familiares acompañados de relatos que recogían frases de abuelas y otros miembros de familia sobre el color ‘ideal’ de la piel de los bebés: ‘blanco porcelana’. Así, se idealizan valores estéticos en una sociedad que se blanquea para ejercer poder en distintos ámbitos. La obra generó polémica: familiares de la artista la demandaron por violación a la intimidad personal, familiar y al buen nombre. Como consecuencia, fue retirada. Solo después de la Sentencia ST–O15/15 de la Corte Constitucional —que protegió el derecho de Margarita a la libertad de expresión y resaltó el valor de su obra en la lucha contra el racismo— pudo volver a exhibirse.
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Este fenómeno del ‘blanqueamiento’ nos obliga a revisar los estándares de belleza racializados, según los cuales se consideraba bella únicamente la piel blanca, el cabello liso y los ojos claros. A este cambio radical frente al racismo cultural ha contribuido no solo el arte, sino también la literatura. En obras como Ojos azules, de la activista afroestadounidense y premio Nobel de literatura Toni Morrison, se narra la vida de Pecola Breedlove, una niña afroamericana que sueña con tener los ojos azules para que las tragedias que vive dejen de sucederle. Cree que con ojos azules sería una niña bonita, sin reconocer su propia belleza, efecto directo de la pigmentocracia.
Este fenómeno del ‘blanqueamiento’ nos obliga a revisar los estándares de belleza racializados, según los cuales se consideraba bella únicamente la piel blanca, el cabello liso y los ojos claros
También, en la obra Corazón que ríe, corazón que llora, de la escritora guadalupeña Maryse Condé, ganadora en 2018 del premio Nobel alternativo de Literatura, se narra su propia experiencia cuando, siendo una adolescente, llega a estudiar a París: “París, para mí, era una ciudad sin sol, una celda de áridas piedras, un ir y venir en metros y autobuses donde los desconocidos comentaban sin disimulo: —¡Pues no es fea la negrita!
Yo misma, hace algunos años, incluí en mi libro Tedio y otros cuentos, en el microrrelato Cosas que no se dicen, la historia de Socorro como parte de los efectos negativos que ha generado el blanqueamiento y que, en buena hora, estamos empezando a superar.
“Socorro era negra, gorda, pobre y mi mejor amiga. Los domingos, antes de ir a la misa de diez, se empolvaba el cuello con polvos blancos que con el sudor le dejaban una línea de bolitas grises. – Socorro, no uses esos polvos –, le decía yo, que la quería como se quiere una gota del agua en el desierto, pero ella insistía en seguir usándolos. Antes de que se le terminaran, corría hasta la tienda –un polvo Arrurrú–, pedía con la voz de un enfermo que suplica el perdón de sus pecados y, como el sacerdote que concede paz, le entregaban el polvo que pagaba con el dinero ahorrado durante un mes sin tomar merienda en el colegio. La volví a ver muchos años después, cuando las historias sobre los árboles de ciruelas y los helados en la fuente de soda se transformaron en cosas importantes como la marca del reloj, la hipoteca de la casa y el apellido de los maridos. Seguía siendo mi mejor amiga, seguía con las bolitas en el cuello. Seguía soñando que en la vida podía tener algo blanco”.
Poder, color y nación: la persistencia de la pigmentocracia
La elección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos fue vista por muchos como un hito que marcaría el fin de la política racial. Sin embargo, en su estudio Controversias sobre raza, etnicidad y política, Jennifer García y Katherine Tate (2013) advierten que la raza y la etnicidad siguen siendo factores determinantes en la representación y el comportamiento político. Aunque ha habido avances en la inclusión de personas afrodescendientes y latinas en espacios de poder, su presencia continúa siendo limitada y, en muchos casos, condicionada por la necesidad de adaptarse a estructuras institucionales moldeadas por una lógica de poder blanco.
Esta misma lógica opera en Colombia, donde la pigmentocracia —como sistema jerárquico basado en el color de piel— también ha influido en la configuración del poder político. Un caso emblemático es el del único presidente afrocolombiano que ha tenido el país: Juan José Nieto Gil, quien gobernó durante la Confederación Granadina en 1861. Nacido en Baranoa, fue político, militar y escritor. Se dice que su retrato oficial como presidente fue ‘blanqueado’, en un intento por ajustarlo a los estándares estéticos y simbólicos impuestos por la pigmentocracia. Este gesto revela cómo, incluso en los niveles más altos del poder, se ha buscado invisibilizar la negritud, reafirmando la idea de que el ‘blanqueamiento’ es requisito para la legitimidad política.
El retrato oficial como presidente de Juan José Nieto Gil, quien gobernó durante la Confederación Granadina en 1861, fue blanqueado, en un intento por ajustarlo a los estándares estéticos y simbólicos impuestos por la pigmentocracia
Y en tiempos más recientes, encontramos un caso emblemático de discriminación racial que evidencia cómo opera la pigmentocracia en el siglo XXI: los ataques racistas dirigidos contra Francia Márquez, la primera mujer afrodescendiente en ocupar la Vicepresidencia de Colombia. Desde su elección, Márquez ha sido blanco de múltiples expresiones de odio por su negritud, su origen popular y su activismo. Este caso no solo puso en evidencia el racismo estructural que persiste en la sociedad colombiana, sino también cómo la pigmentocracia sigue operando simbólicamente para cuestionar la legitimidad de las personas negras en espacios de poder.
Un caso emblemático de discriminación racial que evidencia cómo opera la pigmentocracia en el siglo XXI son los ataques racistas dirigidos contra Francia Márquez, la primera mujer afrodescendiente en ocupar la Vicepresidencia de Colombia
PERLA en Colombia
El proyecto PERLA (Proyecto sobre Etnicidad y Raza en América Latina, 2014), coordinado por Edward Telles y Regina Martínez Casas, buscó cómo se han construido las ideologías y los imaginarios nacionales alrededor de las identidades étnicas y raciales y las consecuencias que éstos han tenido en la generación de sociedades que discriminan y excluyen a los que consideran por múltiples razones de los ‘otros’.
En el caso colombiano, los investigadores Fernando Urrea Giraldo, Carlos Augusto Viáfara López y Mara Viveros Vigoya concluyen que en el país reproduce con sutileza —pero de forma persistente— un orden social jerárquico basado en el color de piel.
Según estos autores, “comenzando en el período colonial, a lo largo del período republicano y de los siglos XX y XXI, Colombia puede ser catalogada como una sociedad profundamente jerárquica, donde la raza y la clase desempeñan papeles cruciales. En lugar de haber destruido el orden racial y social de la Colonia, caracterizado por castas y otros aspectos, el nuevo modelo hizo las viejas clases y las divisiones sociales invisibles”.
Aunque formalmente todos somos iguales, explican, la apariencia física —en particular el color de la piel, la textura del cabello y los fenotipos corporales—, así como el estilo personal y la vestimenta, operaron a lo largo de todas las dimensiones sociales y reforzaron las diferencias de clase, incorporando entes pigmentocráticos y fenotípicos como parte de una marca inconsciente de diferencia social y reglas de dominación. En esta escala, “los negros y los indígenas se encuentran hasta abajo, los blancos en la punta y los mestizos en el medio”.
Además, señalan que en Colombia la ideología del mestizaje se instaló en los discursos políticos desde las guerras de Independencia y sobrevivió en narrativas como la Regeneración del siglo XIX y la República Liberal del siglo XX. Esta visión consolidó un acuerdo racial y social guiado por élites blancas y mestizas que, con la Constitución de 1991, se transformó bajo la promesa de un país “multicultural y multiétnico”. Sin embargo, esta apertura simbólica obligó a la población afrocolombiana a representarse como ‘étnica’ para ser reconocida, ganando espacio para el reconocimiento de sus derechos, pero a la vez, reproduciendo lógicas de exclusión.
Seguimos en una lógica de racialización, ahora de forma más sutil: atraviesa fronteras de clase y se articula en una pigmentocracia que asocia la piel clara con mayor capital social, cultural, económico y político, mientras que la piel oscura se vincula a posiciones de desventaja. Observamos que algunas personas afrodescendientes han logrado ascender socialmente, en la mayoría de los casos gracias a esfuerzos familiares, pero estos cambios se presentan junto al mantenimiento de prejuicios raciales.
La pigmentocracia asocia la piel clara con mayor capital social, cultural, económico y político, mientras que la piel oscura se vincula a posiciones de desventaja
En conclusión, el discurso multicultural no ha logrado desmantelar el orden pigmentocrático. Para cambiarlo, invoco a Manuel Zapata Olivella y los invito a que leamos en Changó, el gran putas, del poema Sombras de mis mayores…
Necesito vuestra alegría
vuestro canto
vuestra danza
vuestra inspiración
vuestro llanto
Con swing caribeafricano, baila a Rosalía de Wganda Kenya
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Y pa´terminar, Zarandia Champeta de Colombiaafrica
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Referencias
• Bonilla-Silva, E., & Dietrich, D. R. (2008). The Latin Americanization of racial stratification in the U.S. En R. E. Hall (Ed.), Racism in the 21st Century: An Empirical Analysis of Skin Color (pp. 151–170). Springer. https://doi.org/10.1007/978-0-387-79097-8_9
• Condé, M. (2019). Corazón que ríe, corazón que llora (M. A. Alonso, Trad.). Impedimenta.
• García, J. R., & Tate, K. (2013). Controversias sobre raza, etnicidad y política y nuevas direcciones. En Nuevas direcciones en la política estadounidense. https://doi.org/10.4324/9780203112403-23
• Molinares Hassan, V. (2014). Tedio y otros cuentos. Fundación Universidad del Norte.
• Telles, E., & Martínez Casas, R. (Eds.). (2019). Pigmentocracias: Color, etnicidad y raza en América Latina. Fondo de Cultura Económica.
• Wade, P. (2002). Música, raza y nación: Música tropical en Colombia (Trad. A. González Henríquez). Vicepresidencia de la República de Colombia – Departamento Nacional de Planeación – Programa Plan Caribe.