"Libertad de expresión" es la primera de "Las cuatro libertades", la serie de pinturas de Norman Rockwell, inspiradas en el discurso del presidente de Estados Unidos Franklin D. Roosevelt, en 1941, sobre el Estado de la Unión. Esta obra captura a la perfección la esencia del texto de Rodrigo Uprimny sobre la deliberación y la polarización en la democracia.
Foto: Norman Rockwell/ChatGPT
La democracia: entre la deliberación robusta y la polarización corrosiva
¿Es la radicalización una amenaza para la deliberación democrática, o más bien ofrece alternativas más claras para los votantes? El jurista Rodrigo Uprimny tiene una respuesta respecto a semejante interrogante, en estos tiempos de discusiones políticas.
Por: Rodrigo Uprimny
La polarización está en el centro de las discusiones contemporáneas en torno a la crisis de la democracia. Algunos argumentan que ésta se ha incrementado y representa una gran amenaza, mientras que otros consideran que no es así: que sólo los tibios le temen a la radicalización y a la polarización.
Especial Imaginar la Democracia
En este artículo abordo esta discusión, pero defiendo una tesis un poco distinta: creo que el debate vigoroso entre posiciones políticas diversas, incluso opuestas, no es malo para la democracia: en general la fortalece ya que permite una deliberación pública robusta y ofrece mayores y más claras alternativas a los votantes. Sin embargo, las diferencias entre grupos sociales, étnicos o políticos pueden llevar a formas de polarización corrosiva, que agrupan a los ciudadanos en campos enemigos y terminan por poner en cuestión la cohesión social y las reglas de la democracia. Esta polarización corrosiva, o “polarización perniciosa”, según la expresión propuesta por la profesora Jennifer McCoy –una de las expertas en el tema– es entonces peligrosa para la democracia.
Para sustentar esa tesis, comienzo por distinguir entre la deliberación democrática y la polarización, lo cual me permitirá, a su vez, mostrar los riesgos de la polarización, pero también defender las virtudes de la deliberación pública. Todo eso me llevará a una conclusión, que no por obvia deja de ser importante: quienes defendemos la democracia debemos estimular un debate democrático vigoroso, mientras que, al mismo tiempo, prevenimos y enfrentamos la polarización corrosiva o perniciosa.
1. La diferencia entre deliberación y polarización
Hace unos cinco años escribí una columna sobre la distinción propuesta por Albert Camus entre el diálogo y la polémica, que son palabras que a veces asimilamos, pero que en cierta forma son opuestas, sobre todo por sus raíces etimológicas. Retomo esa columna y esa distinción por cuanto considero que son relevantes para diferenciar entre la deliberación vigorosa y la polarización corrosiva.
‘Diálogo’ viene del griego diálogos y está conformado por ‘dia’ (a través) y ‘logos’ (palabra o razón). El diálogo es entonces buscar a través de la palabra el acuerdo y la verdad, como sucede en los diálogos platónicos. Según el DRAE, diálogo es la conversación en que dos o más personas manifiestan sus ideas o sentimientos, pero con el fin de intentar algún acuerdo; es entonces una discusión que busca lograr avenencias. Por su parte, ‘polémica’ proviene del griego polemikos y está asociada a la guerra (polemos). Una de las definiciones de polémica, según el DRAE, es el “arte que enseña los ardides con que se debe ofender o defender cualquier plaza”.
Camus, luego de destacar que no puede haber vida humana sin diálogo, lamentaba que en su tiempo el diálogo reflexivo había sido “reemplazado por la polémica y el insulto” en que “millares de voces, día y noche, prosiguen, cada una por su lado, un monólogo tumultuoso”. ¿Qué caracteriza la polémica y la distingue del diálogo reflexivo, según Camus? “Consiste en considerar al adversario un enemigo, en simplificarlo y en negarse a verlo. A quien insulto ya no le conozco ni siquiera el color de su mirada, ni si de pronto sonríe y en qué forma lo hace”.
Esta distinción de Camus permite diferenciar entre la deliberación democrática, que se asemeja al diálogo, y la polarización corrosiva, que deriva de la polémica.
El diálogo no consiste en conciliar todo, con el absurdo argumento de que cada uno tiene su verdad. No es entonces lo que podríamos llamar la tibieza defectuosa, que es esa negativa a asumir una postura determinada en temas complejos. Es más bien una forma de tibieza virtuosa, que consiste en tomar posiciones, pero aceptar que uno puede estar equivocado y estar dispuesto a cambiar de postura.
En un diálogo sincero, cada persona propone tesis y asume posiciones, incluso con pasión, pero debe estar genuinamente abierta a ser corregida por una evidencia que desconocía o por la superioridad de los razonamientos rivales. Y quien dialoga, lejos de negar la humanidad de su opositor, entiende que ambos hacen parte de una misma comunidad deliberativa y que gozan de iguales derechos.
La polémica, por su parte, es el arte de defender a toda costa la posición propia, como en la guerra, por lo cual recurre a la ofensa del opositor, quien es tratado como un enemigo a quien se le niega, en casos extremos, su humanidad.
Esa polémica tumultuosa, acompañada de estigmatizaciones, no sólo termina asfixiando el diálogo, sino que conduce, además, a una polarización corrosiva o perniciosa: la sociedad queda dividida en campos enfrentados y los grupos ya no se reconocen como partes de una misma comunidad. El integrante de un grupo no acepta que puede tener visiones o identidades diversas frente a los integrantes del otro grupo pero que, a pesar de ello, comparte con ellos ciertos valores, respetan ciertas instituciones y que ambos son ciudadanos iguales de una misma nación, sino que empiezan a descalificarse como enemigos enfrentados en un juego a suma cero: cualquier avance o triunfo del grupo rival es visto como una amenaza que debe ser combatida a toda costa.
2. Riesgos de la polarización y virtudes de la deliberación
La polarización corrosiva ocurre entonces cuando las divisiones políticas, que son inevitables en sociedades pluralistas y diversas como las nuestras, se convierten en un enfrentamiento también emocional entre dos partes que tienden cada una de ellas a adoptar una identidad cada vez más rígida y que se define por oposición a la otra parte, que es vista cada vez más como enemiga y no como opositora con derechos.
Normalmente, todos tenemos identidades múltiples en nuestras vidas porque pertenecemos al mismo tiempo a distintos grupos: somos de cierto género, de cierta religión, cercanos a una fuerza política, hinchas de un equipo o de un cantante, de cierta región, de cierta etnia, de cierta clase social, etc. El fanatismo y la polarización corrosiva empiezan cuando una identidad avasalla a las otras y esa identidad se estructura no sólo a partir de la pertenencia a un grupo sino también por la oposición radical a otros grupos, que son calificados de enemigos. Se combinan y superponen entonces lo que algunos autores llaman la división ideológica (diferencias en posiciones políticas) con una división afectiva o emocional, por cuanto la división ideológica se acompaña de la desconfianza, el desprecio, incluso el odio, a los integrantes del otro grupo.
Un ejemplo clásico de polarización corrosiva fue nuestra historia política antes del Frente Nacional, con la adhesión de la población a los partidos liberal y conservador y el enfrentamiento permanente entre estos grupos. Los habitantes de Colombia se veían más como liberales y conservadores que como colombianos, lo cual dificultaba que pudieran convivir en un mismo Estado. Esas identidades partidistas eran además sectarias y hereditarias, como especies de subculturas nacionales, pues los hijos heredaban las adhesiones políticas de sus padres. Y también sus odios pues las guerras civiles y las violencias, con sus crueldades, acentuaron esa adhesión dogmática a los partidos, acompañada del odio hacia el rival.
Otro ejemplo de polarización corrosiva es Estados Unidos, que es la democracia en un país desarrollado con mayores indicadores de polarización, por la división actual entre republicanos y demócratas, que no es sólo una división política sino una polarización emocional, que atraviesa casi todas las esferas de la vida social y que genera desconfianzas agudas entre los adherentes de los dos partidos. En el pasado no era así: aunque Estados Unidos ha sido siempre bipartidista, como consecuencia de su sistema electoral mayoritario a una vuelta, no existía la polarización actual.
Los ejemplos de los Estados Unidos hoy y de nuestra Colombia liberal conservadora ilustran varios de los peligros de la polarización corrosiva y que podrían ser sintetizados en los siguientes tres, sin pretensión de exhaustividad.
Primero, la polarización corrosiva dificulta la construcción de políticas de mediana y larga duración. Estas políticas de Estado (como podría ser una estrategia de seguridad de largo aliento frente al crimen organizado) son necesarias y no deberían ser modificadas por cada nuevo gobierno por cuanto requieren continuidad para dar resultados; sin embargo, la polarización dificulta la adopción y permanencia de esas necesarias políticas de Estado.
Segundo, la polarización corrosiva pone en riesgo la propia institucionalidad democrática y en especial erosiona una de las reglas más básicas de la democracia, que es proteger el proceso electoral y aceptar sus resultados. En esos contextos polarizados, las fuerzas enfrentadas tienden a desconocer los triunfos electorales de sus rivales, que son calificados de fraudulentos. El ejemplo más dramático en los últimos años (pero no el único) fue la negativa de Trump a reconocer el claro triunfo electoral de Biden en 2020 y a calificarlo de fraude, acompañado del violento asalto al capitolio.
Tercero, en situaciones extremas, esta polarización corrosiva puede conducir a guerras civiles y violencias atroces, como las que vivimos en Colombia en las guerras civiles del siglo XIX y en el período de la Violencia entre 1948 y 1958.
Los riesgos de la polarización corrosiva podrían llevar a la propuesta de silenciar el debate público sobre los asuntos comunes, con la idea subyacente de que las discusiones vigorosas alimentan la polarización. Pero esa opción es equivocada por cuanto, como lo han señalado los defensores de la llamada “democracia deliberativa”, como Jürgen Habermas, Carlos Santiago Nino o Jane Mansbridge, la discusión pública vigorosa de nuestros asuntos comunes fortalece la democracia y contribuye al logro de una sociedad más justa.
La deliberación pública ayuda a corregir errores, puesto que somete los argumentos empíricos y teóricos a la controversia de los opositores, lo cual suele mostrar las debilidades y fortalezas de las distintas tesis y promueve mejores decisiones. Además, la deliberación colectiva favorece la inclusión pues obliga a tomar en consideración los intereses de todos y no sólo los de los poderosos o de las mayorías. La naturaleza pública y no secreta de esas discusiones obliga a presentar abiertamente las razones que sustentan la decisión adoptada, con lo cual ciertas motivaciones manifiestamente injustas quedan excluidas del debate político por ser socialmente inaceptables. La discusión pública estimula también el desarrollo de virtudes democráticas importantes en los ciudadanos y en los líderes políticos y permite también un mayor control ciudadano sobre las autoridades pues obliga a los funcionarios a justificar y explicar sus decisiones. Finalmente, las decisiones que son producto de una discusión pública tienen mayores posibilidades de ser acatadas, pues no son vistas como una imposición arbitraria sino como un acuerdo basado en razones conocidas.
La legitimidad de una decisión democrática no depende entonces únicamente de que haya sido apoyada por una mayoría; es necesario que esa opción haya sido públicamente discutida, de tal manera que las distintas razones en su favor hayan sido debatidas y conocidas. La alternativa para evitar la polarización no puede consistir entonces en eludir la discusión y la deliberación públicas de nuestros problemas, incluso los más complejos y difíciles, por cuanto éstas son necesarias para lograr una democracia robusta y una sociedad más justa.
3. El desafío
Nuestro desafío es entonces estimular una conversación y discusión democráticas robustas, pero evitando al mismo tiempo la polarización corrosiva. Pero no es fácil lograr ese doble propósito por cuanto existen factores profundos en la naturaleza humana y en la dinámica democrática que estimulan la polarización: de un lado, los seres humanos somos gregarios, por lo cual pertenencia a un grupo es una necesidad vital, cosa que favorece la polarización cuando la identidad de mi grupo se define por oposición a otros grupos. De otro lado, la dinámica electoral tiende a crear divisiones, ya que las distintas fuerzas políticas se enfrentan por conquistar los votos de la ciudadanía, por lo cual tienden en ocasiones a descalificar a sus rivales. Estas tendencias divisivas o centrífugas de las elecciones, que hasta cierto punto son inevitables, pueden entonces conducir a una polarización corrosiva, cuyos riesgos se han visto incrementados en los últimos años por el impacto de dinámicas nuevas, como las redes sociales.
Sin embargo, la polarización corrosiva en la democracia no es una fatalidad. Diversos estudios han mostrado que no todas las democracias la padecen en igual forma; además, esas investigaciones han identificado ciertos factores que, sin afectar el vigor de la deliberación democrática, pueden prevenir la polarización corrosiva e incluso reducirla cuando hemos llegado a ella. Por espacio, es imposible en este artículo sistematizar los resultados de estos estudios, por lo cual me limito a señalar algunos de esos factores.
Algunos estudios, un poco en la línea de mi artículo previo sobre “la constitución de la democracia” en este proyecto de Imaginar la Democracia, insisten en la importancia de los diseños institucionales. Así, un reciente estudio comparado de 36 países realizado por de tres profesores belgas (Beanerts, Bancakert y Caluwaerts) concluye que los sistemas electorales proporcionales y el federalismo reducen la polarización, mientras que el centralismo y los sistemas electorales mayoritarios la favorecen. Otros estudios comparados, tanto cualitativos de dos países asiáticos (Filipinas y Malasia), como otros más cuantitativos, concluyen que el presidencialismo favorece la polarización corrosiva mientras que las formas parlamentarias la reducen.
En otra perspectiva de análisis, otros estudios han enfatizado recientes cambios globales que han favorecido la polarización, en especial las redes sociales por cuanto éstas tienden a aislar a las personas en burbujas y cámaras de eco, en que sólo acceden a información que confirma los sesgos favorables a su grupo y en contra de los grupos rivales. Pero esa tendencia no es tampoco una fatalidad: ciertos estudios han enfatizados que los “divergentes”, según la sugestiva denominación del profesor argentino Kessler y sus colaboradores, que son aquellas personas que defienden una “distancia reflexiva” entre los grupos enfrentados, tomando elementos de ambas comunidades, pueden contribuir a reducir la polarización.
En armonía con esa perspectiva, otros estudios han enfatizado la importancia de alimentar encuentros y conversaciones entre personas de los grupos enfrentados, según la conocida y sugestiva propuesta del profesor Lederach de fomentar los “diálogos entre improbables”, a fin de que puedan conocer y reconocer la perspectiva del otro. En un sentido distinto, pero con una finalidad semejante, otros autores han enfatizado las potencialidades de la “lotocracia” y las llamadas “asambleas ciudadanas” para reducir la polarización. Se trataría de grupos seleccionados aleatoriamente (y que por consiguiente incluirían personas de los grupos enfrentados) y que tendrían como tarea deliberar sobre un tema que ha dividido a la sociedad y a las fuerzas políticas a fin de lograr, con apoyos técnicos y académicos, una propuesta de solución. Este encuentro entre personas diversas ha permitido lograr propuestas de consenso, lo cual recude la polarización.
Finalmente, otras investigaciones se han focalizado en la responsabilidad de los líderes. La polarización, en estos enfoques como los de la profesora McCoy, no es simplemente la consecuencia mecánica de factores estructurales, sino que es también el efecto de estrategias deliberadas de ciertos líderes, que aprovechan ciertos problemas no resueltos o ciertas preocupaciones de la población y obtienen grandes réditos electorales a través de discursos ‘polarizantes’. Estos líderes populistas dividen entonces la sociedad entre unos buenos, que este líder representa, quienes son amenazadas por otros grupos, como lo ha hecho Trump en Estados Unidos con la supuesta amenaza de los migrantes. Y esta polarización aumenta si la oposición a ese líder responde con una retórica semejante pero inversa. Por el contrario, los cambios de lenguaje y de estrategias de los líderes pueden reducir considerablemente la polarización. Y los resultados son aún más robustos en esa reducción de la polarización si logran encontrarse soluciones a las preocupaciones de la población que alimentan la retórica polarizadora.
Esta breve presentación, sin ninguna pretensión de exhaustividad, de los factores que previenen o reducen la polarización corrosiva, sin sacrificar la discusión pública robusta, nos muestran que el camino que debemos recorrer para lograr democracias deliberantes, pero no polarizadas es difícil; sin embargo, no estamos en un callejón sin salida.