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Lunes 4 de mayo de 2026
¿Puede sobrevivir la verdad en la era de la desinformación?

Con un optimismo liberal, John Stuart Mill creía que la confrontación entre la verdad y la falsedad ayudaba a la expansión del conocimiento y aumentaba el bienestar general.

Foto: ChatGPT

¿Puede sobrevivir la verdad en la era de la desinformación?

El académico y escritor Alejandro Gaviria se pregunta si algunas visiones optimistas sobre la libertad de expresión y la búsqueda de la verdad siguen vigentes en estos tiempos de nuevas realidades tecnológicas y culturales.

Por: Alejandro Gaviria

En 1859, hace ya más de 165 años, apareció publicado por primera vez uno de los libros fundamentales del pensamiento liberal, Sobre la libertad, del filósofo inglés John Stuart Mill. El libro puede leerse como un manifiesto en favor de la autonomía individual y la tolerancia. Desde su publicación ha ejercido una gran influencia en los debates sobre la libertad de expresión. Ahora, en esta época de intolerancia y desinformación, algunas de sus ideas han recobrado relevancia y parecen incluso revolucionarias. “Si toda la especie humana —escribió Mill al final del segundo capítulo— no tuviera más que una opinión y solamente una persona tuviera la opinión contraria, no sería más justo silenciar a esta persona de lo que sería, hipotéticamente, silenciar al resto de la humanidad en nombre de la persona disidente”.

Especial Imaginar la Democracia

Mill pensaba que los obstáculos a la libertad de expresión afectaban a toda la sociedad, no solo al individuo silenciado, sino a todos los miembros de su comunidad. Su defensa de la libertad de expresión estaba basada en un argumento utilitario. Le preocupaban las consecuencias adversas que tendrían para el progreso y el avance del conocimiento los límites a la libre discusión y la supresión de argumentos considerados heréticos o repudiables. Pensaba que las ideas falsas, incluso las mentiras deliberadas y los argumentos malintencionados, deberían tolerarse.

John Stuart Mill pensaba que las ideas falsas, incluso las mentiras deliberadas y los argumentos malintencionados, deberían tolerarse

Con un optimismo liberal, creía que la confrontación entre la verdad y la falsedad ayudaba a la expansión del conocimiento y aumentaba el bienestar general. Consideraba que no había que temerles a las opiniones falsas y malintencionadas. Todo lo contrario: había que tolerarlas sin reservas, enfrentarlas y criticarlas, cuestionarlas, pero nunca suprimirlas.

Con un optimismo liberal, Mill creía que la confrontación entre la verdad y la falsedad ayudaba a la expansión del conocimiento y aumentaba el bienestar general

Uno podría extrapolar sus argumentos —su optimismo liberal— a algunos de los debates actuales y afirmar, por ejemplo, que los biólogos evolutivos han clarificado sus argumentos en respuesta a las mentiras bíblicas de los creacionistas, que los científicos han extremado su pedagogía en respuesta a los negacionistas del cambio climático y que los historiadores han encontrado una mayor audiencia para sus ideas como resultado de su confrontación con los políticos populistas que pretenden convertir la historia en una épica personal. Para Mill, el llamado mercado de las ideas funcionaba: el libre intercambio de ideas lograba, al menos parcialmente, contrarrestar las falsedades y mentiras de fanáticos y mercaderes.

Mill sabía que el error cundía por todas partes y que las opiniones mayoritarias estaban, en ocasiones, hechas de prejuicios. Pero creía también que, con acceso a suficiente información, los ciudadanos tenderían hacia las posiciones mejor argumentadas y sustentadas, y que la libertad de expresión podría, por lo tanto, acercarnos a la verdad. “Nunca será excesivo —escribió— recordarle a la especie humana que existió un hombre llamado Sócrates, y que se produjo una colisión memorable entre este hombre y la opinión pública… Al hombre que, de cuantos hasta entonces habían nacido, probablemente merecía más respeto de sus semejantes, un tribunal popular lo condenó injustamente como a un criminal”.

Mill trazó una diferencia entre la tolerancia y el respeto. Como escribió Isaiah Berlin, quien también abogó —muchas veces con sentido trágico— por la tolerancia: “Mill creyó que mantener firmemente una opinión significaba poner en ella todos nuestros sentimientos. En una ocasión declaró que cuando algo nos concierne realmente, todo el que mantiene puntos de vista diferentes nos debe desagradar profundamente. Prefería esta actitud a los temperamentos y opiniones frías. No pedía necesariamente el respeto a las opiniones de los demás; lejos de ello, solamente pedía que se intentara comprenderlas y tolerarlas, pero nada más que tolerarlas. Desaprobar tales opiniones, pensar que están equivocadas, burlarse de ellas o incluso despreciarlas, pero tolerarlas. Ya que, sin convicciones, sin algún sentimiento de antipatía, no puede existir ninguna convicción profunda; y sin ninguna convicción profunda no puede haber fines en la vida […] Ahora bien, sin tolerancia desaparecen las bases de una crítica racional, de una condena racional. Mill predicaba, por consiguiente, la comprensión y la tolerancia a cualquier precio. Comprender no significa necesariamente perdonar. Podemos discutir, atacar, rechazar, condenar con pasión y odio; pero no podemos exterminar o sofocar…”.

El llamado a una tolerancia radical, la idea de que debemos tolerar incluso lo que repudiamos, no ha perdido relevancia. Mill habría sido, podríamos especular con cierta certeza, un crítico vehemente de los ímpetus de cancelación que crecieron en el mundo occidental durante la segunda década del siglo XXI. Hace apenas algunos años —cabe recordarlo—, la radio pública de los Estados Unidos dedicó un programa entero a dar instrucciones precisas sobre cómo ‘descolonizar’ las bibliotecas personales; profesores y estudiantes de algunas de las universidades más prestigiosas del mundo trataron de silenciar a quienes planteaban algunos hechos biológicos claramente verificables, y muchos de ellos se aplicaron a la tarea extraña de condenar en retrospectiva, animados por un ímpetu de cruzados, a muchos científicos y hombres de letras, entre ellos David Hume y Charles Darwin. Los canceladores veían en la tolerancia liberal una especie de estrategia insidiosa, un ardid dirigido a preservar unas jerarquías centenarias.

El llamado a una tolerancia radical, la idea de que debemos tolerar incluso lo que repudiamos, no ha perdido relevancia

¿Qué habría escrito Mill sobre las noticias falsas, la posverdad y la industrialización de la mentira? ¿Habría preservado su optimismo liberal en un contexto tecnológico inimaginable en su tiempo? ¿O habría aceptado, como afirman algunos pensadores contemporáneos, que los seres humanos somos animales “hackeables” y que nuestras mentes parecen más dispuestas a aceptar los contenidos emotivos y llamativos que los argumentos elaborados y los hechos del mundo? No lo sabemos, por supuesto. Pero podemos —ese es el objetivo de esta columna— especular sobre la vigencia de sus ideas habida cuenta de las nuevas realidades tecnológicas y culturales.

¿Qué habría escrito Mill sobre las noticias falsas, la posverdad y la industrialización de la mentira? ¿Habría preservado su optimismo liberal en un contexto tecnológico inimaginable en su tiempo?

En la época de Mill no existía la economía de la atención y la manipulación algorítmica era inimaginable (incluso ahora parece una realidad distópica, de otro mundo). Tampoco existían las burbujas, los mundos escindidos en los que diferentes grupos habitan realidades informacionales distintas. Mucho menos los deepfakes y las tecnologías de falsificación y distorsión basadas en la Inteligencia Artificial.

Tampoco existían los gigantes tecnológicos que, en muchas dimensiones, han monopolizado la forma como nos informamos. Mill suponía que los participantes en el mercado de las ideas lo hacían de manera libre y espontánea, y que tenían, además, un nivel mínimo de capacidad y criterio. Las tecnologías de manipulación a gran escala, como las conocemos hoy, no formaban parte de su modelo, de su visión optimista que suponía ciudadanos bien informados o, al menos, con la posibilidad de informarse bien.

Mill no era ingenuo: intuía los aspectos más problemáticos de la psicología humana, la ubicuidad de los sesgos de confirmación (para usar un lenguaje de esta época), nuestra aversión a las verdades incómodas y nuestra incapacidad de actualizar nuestras opiniones y prejuicios a la luz de nueva información. Admiraba las opiniones fuertes y las pasiones políticas. No creía que las opiniones tuvieran que converger, pero confiaba en que la verdad terminaría prevaleciendo sobre la falsedad; que la verdad, por decirlo de alguna manera, era una propiedad emergente de los intercambios libres y tolerantes. Uno podría decir que tenía en mente, más que a la ciudadanía en general, a los políticos y pensadores de su tiempo.

Sea como fuere, las ideas de Mill siguen siendo relevantes. Llaman la atención sobre las consecuencias adversas de suprimir o silenciar ciertas ideas y opiniones: en muchos casos, la supresión termina dándole más visibilidad e importancia a las falsedades y a las mentiras dolosas. También destacan la importancia de algunos de los actores que participan en el mercado de las ideas: el periodismo investigativo y científico, los medios de comunicación independientes y aquellos dedicados al fact-checking. Por último, enfatizan la importancia de los esfuerzos de pedagogía ciudadana y alfabetización digital.

Sea como fuere, las ideas de Mill siguen siendo relevantes. Llaman la atención sobre las consecuencias adversas de suprimir o silenciar ciertas ideas y opiniones: en muchos casos, la supresión termina dándole más visibilidad e importancia a las falsedades y a las mentiras dolosas

Pero, más allá de las prescripciones puntuales, el optimismo de Mill contrarresta el pesimismo generalizado que anuncia el declive de la verdad, la pérdida de nuestra capacidad de razonar y el fin de la democracia y la libertad. Con todos sus problemas, el mercado de las ideas sigue operando: la democratización del conocimiento ha aumentado y más ciudadanos tienen hoy acceso a información de calidad.

Con todos sus problemas, el mercado de las ideas sigue operando: la democratización del conocimiento ha aumentado y más ciudadanos tienen hoy acceso a información de calidad

Es muy temprano, sugiere la lectura de Mill, para decretar el fin de la verdad. La imprenta y la radio trajeron en su momento predicciones similares. Somos “hackeables”, pero solo hasta cierto grado. Preservamos todavía la capacidad de pensar por nosotros mismos y ser consecuentes. En fin, en medio del pesimismo, el cinismo y la resignación, no está de más un poco de optimismo liberal.

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