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Lunes 4 de mayo de 2026
Crédito: Freepik (generada por IA)

¿Qué tan libres o autónomos son los votantes en el momento de decidir sobre asuntos democráticos en esta era de redes sociales, ‘likes’, algoritmos e Inteligencia Artificial?

Crédito: Freepik (generada por IA) ¿Qué tan libres o autónomos son los votantes en el momento de decidir sobre asuntos democráticos en esta era de redes sociales, ‘likes’, algoritmos e Inteligencia Artificial?

Libertad y democracia

Qué tan libres o autónomos son los votantes en el momento de decidir sobre asuntos democráticos en esta era de redes sociales, ‘likes’, algoritmos e Inteligencia Artificial.

Por: Mauricio García Villegas

Cuando hablamos de democracia le damos mucha importancia al debate de ideas, a la competencia electoral, a las reglas de juego institucionales, lo cual es, desde luego, fundamental, pero solemos dejar de lado (o damos por descontado) la libertad de los votantes: qué tan libres o autónomos son para decidir. La democracia moderna supone la existencia de individuos racionales y libres que escogen el gobierno al cual deciden someterse. Locke, por ejemplo, decía que el poder legítimo era el producto del consentimiento libre de los gobernados destinado a proteger sus derechos naturales. Ideas similares fueron defendidas por Rousseau, Kant, Constant y Mill, entre muchos otros, desde el siglo XVIII hasta nuestros días. Sin esa piedra angular (el sujeto racional y libre) no se puede entender el voto ni el poder otorgado a las mayorías ni la libertad política ni el debate democrático. 

Especial Imaginar la Democracia

Como muchos otros principios fundamentales de la democracia (voluntad general, soberanía popular, etc.) la libertad individual es un ideal que nunca se alcanza plenamente porque supone un sujeto omnisciente y racional que, en la práctica, no existe. En todas las democracias hay algo de manipulación de las conciencias; eso es inevitable; pero cuando ese engaño es de tal magnitud que liquida la libertad, la democracia queda en entredicho. 

En todas las democracias hay algo de manipulación de las conciencias; eso es inevitable; pero cuando ese engaño es de tal magnitud que liquida la libertad, la democracia queda en entredicho

Eso puede estar ocurriendo hoy con la tecnología digital, debido a su capacidad para viralizar contenidos falaces, manipular los intereses de los usuarios y, en términos generales, inclinar el resultado de las elecciones en favor de minorías exaltadas. Las redes sociales, producto de esta tecnología, se han convertido en un lugar decisivo para la definición de las emociones políticas que llevan al ciudadano a decidir cómo votar. Inicialmente, durante la primera década del presente siglo, había un gran optimismo sobre los beneficios que las redes podían aportar a la democracia: mayor participación, mejor debate de ideas y más transparencia. En los últimos años, sin embargo, con la elección de Donald Trump en los Estados Unidos, de Javier Milei en Argentina y de Jair Bolsonaro en Brasil, entre otros, el pesimismo se ha impuesto.

Las redes sociales se han convertido en un lugar decisivo para la definición de las emociones políticas que llevan al ciudadano a decidir cómo votar

Eso se debe a la manera como opera la tecnología que sustenta las redes sociales y que las convierte en algo tan adictivo. La circulación de contenidos en esas redes depende de un algoritmo cuyo criterio de selección y promoción no está en el valor o en la veracidad de esos contenidos, sino simplemente en su capacidad para atraer la atención de los usuarios y, como bien se sabe, nada captura tanto esa atención como lo escandaloso, lo estrambótico y lo radical. El algoritmo es un administrador desfachatado que mueve los hilos de la emocionalidad más primaria del ser humano sin tener en cuenta si eso beneficia o perjudica a la gente, a la sociedad o a la democracia. Samidh Chakrabarti, antiguo empleado de Facebook, sostuvo que el algoritmo, que trata toda la información por igual (sin tener en cuenta el contenido, su veracidad o su importancia) busca “amplificar la desinformación, el sensacionalismo, el odio y otras formas de daño social” La “implicación”, es decir la permanencia del usuario en las pantallas digitales, se consigue difundiendo la versión más extravagante, radical o excesiva de lo que le gusta al usuario. “Si publicamos una noticia económica relevante pero ordinaria –dice Nigel Farage (defensor del Brexit)–, obtenemos 4.000 likes, pero si publicamos una noticia que movilice las emociones, obtenemos 400.000”. Según un estudio de MIT, la mentira en las redes tiene un 70 por ciento más de posibilidades de ser compartida que la verdad. El incentivo para mentir, exagerar, distorsionar la realidad es tan grande, sobre todo en política y publicidad, que las barreras morales que usualmente nos protegen contra las malas acciones se derrumban. Muchos políticos no resisten la tentación de mentir y exagerar, entre otras cosas porque ven que si no lo hacen serán vencidos por contrincantes con menos escrúpulos que ellos.

El algoritmo es un administrador desfachatado que mueve los hilos de la emocionalidad más primaria del ser humano sin tener en cuenta si eso beneficia o perjudica a la gente, a la sociedad o a la democracia

La Inteligencia Artificial agudiza el problema de la manipulación de la mente del ciudadano. Según Aaron Harris, director global de Tecnología en Sage (una multinacional de IA) “el auge de los contenidos automatizados y la interacción impulsada por bots (programas informáticos que imitan el comportamiento humano) hace que cada vez sea más difícil separar lo auténtico del ruido”. Hay pruebas sólidas, dicen por su parte Jake Renzella, director de Ciencias de la Computación, y Vlada Rozova, investigadora de Aprendizaje Automático, de que las redes sociales están siendo manipuladas por estos bots para influir en la opinión pública con desinformación. Según un estudio de Imperva, una empresa de seguridad, “casi la mitad de todo el tráfico de Internet fue realizado por bots”. Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, señala que hay muchas cuentas de Twitter (ahora X) administradas por LLM, que son los modelos de lenguaje de la IA, lo cual lo lleva a pensar en la validez de la teoría del “internet muerta”, según la cual los peligros de manipulación, desinformación y condicionamientos de conductas se multiplicarán debido a que los contenidos generados automáticamente superarán a los contenidos generados por humanos.

¿Quién se imagina el mundo actual sin teléfonos celulares, sin redes sociales, sin computadores, sin internet? Los jóvenes de hoy no alcanzan a entender cómo era el mundo de ayer; lo mucho que cambió la vida entre el antes y después de la tecnología digital; lo distinta que era la manera como la gente se relacionaba, se quería y se malquería, valoraba las relaciones humanas, buscaba ser feliz y le daba sentido a su existencia (dentro de un par de décadas ellos dirán los mismo de los adolescentes que empiezan hoy a modelar sus vidas a partir de la Inteligencia Artificial). Parte de la dificultad para entender estos cambios radica en que la tecnología no solo ha cambiado las costumbres, lo práctico, sino también del ethos social. 

La tecnología digital nos prometió acercamiento, conversación, participación, todo lo cual redundaría en una mejor democracia y en más inteligencia colectiva. No obstante, lo que hoy vemos es justo lo contrario: aislamiento, soledad, incomunicación, algarabía, malestar social, democracias amenazadas, avance del iliberalismo, de la irracionalidad, de la mentira, del entretenimiento barato, de la pérdida de la memoria, del deterioro de la inteligencia colectiva y, como elemento aglutinador de todo esto, un ethos individualista, con una nueva manera de valorar lo bueno y lo malo, de ver el pasado y el futuro y de concebir la vida y la naturaleza y la sociedad.
Los teléfonos celulares nos han impuesto una existencia amarrada al de goce liviano y solitario de las imágenes; hemos reemplazado la conversación por la postulación de contenidos, el encuentro por la publicidad de sí mismos. Del ágora pública, en la que se intercambiaban ideas, con la cuota de responsabilidad que había en ello, hemos pasado al mercado de anuncios para ganar aplausos, para descalificar y sobre todo para ganar aplausos descalificando. Y todo eso ha ido en detrimento de los bienes públicos y de los lazos colectivos, lo cual es una desafortunada evolución del individualismo democrático del siglo XIX. El escritor francés Eric Sadin ilustra la acometida de este nuevo éthos a partir de la invasión de la letra “i”, en el iMac, el ipod, iBook, iPhone, iRelax, iRun, YouTube, selfie, todo lo cual alude al “Do it yourself”, que fue coronado por la revista Time Magazine en el año 2006 cuando escogió como personaje del año al YOU.

La tecnología digital nos prometió acercamiento, conversación, participación, todo lo cual redundaría en una mejor democracia y en más inteligencia colectiva. No obstante, lo que hoy vemos es justo lo contrario

Alexis de Tocqueville había anticipado lo destructiva que podía ser esa pasión narcisista para la democracia: “cada hombre –dijo– es ajeno al destino de los demás; está junto a ellos, pero no los ve, los toca y no los siente. Ese hombre no existe sino en sí mismo y para sí mismo y si todavía le queda una familia, ya no tiene patria”. Margaret Thatcher, mucho después, dijo algo parecido cuando sostuvo que “no existía la sociedad sino los individuos”, aunque en su afirmación no había una alarma sino una apología. 

En síntesis, la tecnología digital tiene dos efectos nefastos para la democracia: debilita el espíritu gregario del individuo (salvo en las llamadas democracias iliberales, o populistas, que son una degradación de la democracia) y socava la libertad del ciudadano, al manipular sus preferencias y exacerbar sus emociones más primarias. En este escrito me he concentrado en lo segundo, es decir en la pérdida de libertad de ciudadano, pero lo primero (el deterioro de los valores gregarios) es igualmente importante y en todo caso ambas cosas unidas representan un gran riesgo para la democracia.

La tecnología digital tiene dos efectos nefastos para la democracia: debilita el espíritu gregario del individuo (salvo en las llamadas democracias iliberales, o populistas, que son una degradación de la democracia) y socava la libertad del ciudadano al manipular sus preferencias y exacerbar sus emociones más primarias.

Finalización del artículo