Si queremos que la información sea un bien común y no solo una mercancía, se requieren cambios profundos. Uno es romper el oligopolio de los medios. Eso implica financiar el periodismo independiente.
Foto: Freepik
El periodismo no es un lujo, es un bien común
La información es una infraestructura democrática tan esencial como la justicia o la educación. Sin ella, somos presas fáciles de la manipulación, la confusión y la guerra del relato. Pero hoy requiere un cambio y nuevas competencias para navegar en el océano digital con buen criterio.
Por: Marta Ruiz
En Los abusos de la memoria, Tzvetan Todorov advierte que la censura es tan grave para una democracia como la sobreabundancia de información. Una reflexión premonitoria publicada hace un cuarto de siglo, cuando aún no se hablaba de plataformas digitales ni de posverdad.
Especial Imaginar la Democracia
Durante décadas, dice Todorov, el poder operó con los viejos métodos de acallamiento: leyes de silencio, ocultamiento de archivos, persecusión a testigos, represión. Era la censura tradicional, la que Colombia vivió en muchos años durante el Estado de sitio, y que se extendió por decisión de muchos medios y periodistas, motu propio, cuando acogieron los conceptos de la seguridad nacional como si fueran suyos.
Durante décadas, el poder operó con los viejos métodos de acallamiento: leyes de silencio, ocultamiento de archivos, persecusión a testigos, represión
En las democracias contemporáneas, el mecanismo de la desinformación funciona de otra manera. Se trata de ocultar la verdad bajo toneladas de datos, escándalos y trivialidades. El exceso se volvió una forma de amnesia. El ciudadano recibe tanto, tan rápido y tan mezclado, que pierde la capacidad de distinguir lo esencial de lo accesorio.
En las democracias contemporáneas, el mecanismo de la desinformación funciona de otra manera. Se trata de ocultar la verdad bajo toneladas de datos, escándalos y trivialidades
Ese ruido perpetuo es funcional al poder. Es la censura por distracción: una avalancha que termina convertida en un velo que diluye los asuntos relevantes. Todorov insiste en algo que parece obvio: tener más información no es comprender mejor. Acumular datos no alimenta la conciencia. Por el contrario, puede vaciarla. La sobreinformación genera una ilusión de conocimiento que en realidad lleva a la desorientación y apatía, incluso al cinismo. En ese contexto, seleccionar, jerarquizar, dar sentido a la realidad son actos de resistencia.
El buen periodismo es un bien común de primera necesidad. Sin embargo, la época que más demanda de periodistas críticos coincide con un cambio profundo en el ecosistema de medios de comunicación, que debilita al periodismo, muy a pesar de que hay cada vez hay más y mejores reporteros y donde las narrativas se han tornado más interesantes y creativas.
Hoy tenemos periodistas más globales, colaborativos y con amplias capacidades interdisciplinarias y, por supuesto, con oportunidades tecnológicas interesantes. Casi siempre este periodismo esta por fuera de los grandes medios, como lo demuestran las tendencias de los premios de periodismo más reputados como el premio Gabo y el Simón Bolívar. Son periodistas que pueden trabajar gracias a la filantropía, cuyos colectivos o medios sufren lo indecible para sostenerse.
Durante años, la gran lucha de las sociedades era tener una prensa libre, sin injerencia de los gobiernos, fueran estos dictaduras o seudodemocracias, como las que conocemos en América Latina. Luego el debate siguió el rastro del dinero, y su influencia en las agendas y contenidos de la información. La crítica se concentró en la propiedad de los medios, casi siempre oligopolios en manos de un puñado de ricos, defensores acérrimos de las narrativas de las élites que se impusieron como si fuera la realidad completa. Ello no obsta que las salas de redacción, por lo menos en Colombia, estuviesen conformadas en buena medida por periodistas progresistas y críticos.
La estructura oligopólica de los medios ha tenido consecuencias lesivas para la democracia: agendas restringidas y en ocasiones dictadas por intereses privados, líneas editoriales que encubren sesgos ideológicos y, sobre todo, silencios que sesgan la aprehensión de la realidad por parte del público.
La estructura oligopólica de los medios ha tenido consecuencias lesivas para la democracia: agendas restringidas y en ocasiones dictadas por intereses privados
La pauta publicitaria sigue siendo un agente encubierto en toda esta economía política. Durante décadas, la supervivencia de los medios dependió de los anunciantes, y con ello también la cautela, el tono, la prudencia excesiva para hablar de ciertos sectores o empresas. El negocio, al final, es un editor en la sombra.
En la era digital el juego cambió, pero no necesariamente para bien. Hoy la unidad básica de la economía informativa ya no es el centímetro de pauta, sino la atención. Los clics, los likes, el tiempo de permanencia. En esa carrera frenética por capturar al público, el escándalo vence a la investigación, la polarización derrota a los matices y lo urgente sepulta lo importante. La lógica del clic es la fábrica perfecta para un periodismo que reacciona pero no explica. El algoritmo manda.
Hoy la unidad básica de la economía informativa ya no es el centímetro de pauta, sino la atención. Los clics, los likes, el tiempo de permanencia
Y mientras tanto, las redacciones se desangran. Periodistas precarizados, freelancers que trabajan para cinco medios y no alcanzan a pagar un arriendo, reporteros a quienes se les exige producir tres notas diarias, pero a quienes nadie les da tiempo para ir a la calle. Un periodista exhausto termina dependiendo de las fuentes o de versiones prefabricadas que estas le entregan. Así se estrecha el margen de la anhelada independencia.
Son las plataformas digitales las que deciden qué vemos y qué ignoramos. Google, Meta y X, con sus algoritmos, administran la visibilidad de las noticias como si fueran mercancías en un supermercado. El medio publica pero es la plataforma la que decide si esa historia tendrá una audiencia de miles o de nadie. La distribución es una caja negra con fórmulas opacas.
Google, Meta y X, con sus algoritmos, administran la visibilidad de las noticias como si fueran mercancías en un supermercado
¿Qué significa la libertad de prensa hoy?
Algunos expertos y pensadores preocupados con el deterioro de la democracia a todos los niveles, comienzan a plantear que es hora de pensar el periodismo no como un negocio más, sino como un bien público, una infraestructura democrática que necesita también de modelos mixtos, cooperativos, comunitarios. La información debe ser preservada incluso si el mercado no quiere pagar por ella, sencillamente porque es un derecho fundamental. Un derecho que incide en el goce de otros derechos políticos y culturales como el de la participación y la libre elección.
Para el caso de Colombia, la crisis no solo es estructural. Colombia está entre las naciones donde la confianza en la prensa es más baja. La desconfianza es el resultado de años de omisiones, silencios complacientes y coberturas que hace tiempo dejaron de representar la complejidad del país real.
La ciudadanía siente que los medios tradicionales hablan desde arriba. Describen un país al que pocos pertenecen, con agendas cautivas por los mismos protagonistas. Un periodismo desorientado frente a las nuevas realidades sociales y políticas, que no entiende los cambios generacionales y que se niega a profundizar en los cismas en el poder que ha significado la democratización reciente, con la llegada de la izquierda al poder.
Como nunca, los medios más poderosos se han atrincherado en la defensa de un estatus quo, desde un rol que raya con el activismo político. El periodismo hegemónico perdió su papel de mediador confiable, dada su alineación ideológica con las élites y su poca transparencia respecto a sus intereses económicos y líneas editoriales.
Esta opacidad no es exclusiva de los grandes medios, y podría decirse que es peor en casos de influenciadores que incrementan su poder desde la propaganda y la publicidad descaradas. Quienes hemos trabajado en medios sabemos que, mal que bien, las redacciones suelen tener pesos y contrapesos, discusiones y miradas diversas. Hoy priman en el mundo digital los medios unipersonales, donde el soliloquio se ha convertido en un género periodistico en auge. La buena intención de mantener una frontera clara entre información y opinión ha caido en desuso absoluto.
Colombia no puede permitirse una prensa sin credibilidad. La información es una infraestructura democrática tan esencial como la justicia o la educación. Sin ella, somos presas fáciles de la manipulación, la confusión y la guerra del relato. Como dijo Hanna Arendt hay que tener una base de realidad compartida. Sin un mínimo consenso sobre lo que nos ha pasado, solo tendremos un país fragmentado, con versiones individuales y parciales.
Pese a este panorama un tanto pesimista, en la periferia del sistema mediático han surgido voces interesantes que construyen una legitimidad más autentica. Una que emana del esfuerzo periodístico y no de las relaciones con el poder. No son grandes conglomerados sino equipos pequeños, jóvenes, que han recuperado la esencia de un periodismo que piensa en el público y en la democracia. La paradoja es que su fuerza reside en su fragilidad. Como no pertenecen a nadie, pueden investigar a todos. Estos medios han producido investigaciones relevantes de los últimos años en condiciones de enorme desigualdad con los grandes medios.
Si queremos que la información sea un bien común y no solo una mercancía, se requieren cambios profundos. Uno es romper el oligopolio de los medios. Eso implica financiar el periodismo independiente. Se necesitan modelos mixtos, cooperativas de periodistas, fondos públicos con reglas claras, membresías de la sociedad civil y alianzas. Finalmente también alfabetizar a la ciudadanía. Hoy se requiere nuevas competencias para navegar en el océano digital con buen criterio.
El periodismo no es un lujo, sino un bien común esencial para elevar el nivel del debate público, para pasar del epíteto a los argumentos. El periodismo como actividad cultural que moldea nuestro modo de pensar y sentir no pertenece a los periodistas ni a los dueños de medios. Es sencillamente una de las brújulas en tiempos de incertidumbre y desesperanza. Pertenece a los ciudadanos y es un derecho exijible. Por eso son los ciudadanos quienes empujarán el cambio necesario si queremos una información a la altura de nuestros retos como país.
El periodismo no es un lujo, sino un bien común esencial para elevar el nivel del debate público, para pasar del epíteto a los argumentos.