El presidente Gustavo Petro durante el anuncio de su propuesta de tratado regional para vigilar el Pacífico. Crédito: Presidencia - Andrea Puentes
Petro, el presidente que perdió la noción de lo que significa su cargo. Análisis de María Jimena Duzán
No se sabe que es peor: si una derecha cínica y sin memoria como la que tenemos o una izquierda con mentalidad de rebaño que anda como en la fábula de Andersen, alabando el traje nuevo de Petro, pese a que saben que está desnudo.
Por: María Jimena Duzán
En Palacio nadie se atreve a decirle a Petro que sus discursos delirantes y fuera de toda proporción están implosionando los logros conseguidos por el progresismo y de manera cobarde han preferido someterse a la farsa de justificar todas sus salidas del forro.
Lo felicitaron y le cultivaron el ego tras el episodio indigno que protagonizó hace pocos días en Nueva York cuando llegó de improviso a una manifestación contra el genocidio en Gaza, después de llevar tres días perdido y de haber dejado metidos en una cena al presidente Lula y al presidente Boric. Megáfono en mano, un Petro que se sentía levitando, instó a las tropas estadounidenses a que desobedecieran a Donald Trump y en el colmo del alucine, propuso la creación de un grupo armado, una especie de resistencia armada, como solución para frenar el genocidio en Gaza. No se atrevieron a decirle que esa propuesta era un despropósito viniendo de un presidente y que una cosa era denunciar el genocidio en Gaza, una bandera que él a empuñado como ningún otro presidente en el mundo y que otra, muy distinta, era utilizar la causa palestina para hacerse el osado y desconocer el principio de la no injerencia en los asuntos internos de otros Estados, uno de los pilares del derecho internacional, que Petro tanto defiende cuando le conviene.
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Callados, decidieron seguirle la cuerda al emperador y salieron a justificar sus embarradas cacareando la tesis de que lo que hizo Petro fue un aporte a la paz del mundo, un llamado a la humanidad para que el ejército estadounidense deje de matar niños en Gaza y frene el genocidio.
Y claro, la farsa sigue. Después de esta costosa fanfarronada, Vicky Dávila, precandidata de la derecha, decidió cruzar esa misma línea roja e incitó a las tropas colombianas a que desobedecieran a Petro para que no cumplieran la orden de trabajar en la frontera con el régimen de Maduro porque es un dictador. El presidente en esta ocasión reaccionó muy distinto y amenazó a la candidata y a todos los que volvieran a instar a las tropas en su contra con demandarlos por el delito de sedición.
El presidente está tan ensimismado que ya no se da cuenta de los efectos que tienen sus delirios de grandeza ni de que su desprecio por el derecho internacional le sirve a la derecha colombiana, -que sí le parece bien que Trump destruya barcos en las costas venezolanas- para ambientar una posible intervención de Estados Unidos en Venezuela, como de hecho ya lo está haciendo.
Nada de eso le preocupa a Petro porque desde hace un tiempo anda tan infatuado consigo mismo que ya perdió la noción de lo que significa su cargo. Que alguien le explique que cuando habla en el exterior, cada palabra, cada frase tienen un efecto en la vida de los colombianos y que la condición de presidente no se pierde porque se vista de negro, de blanco o se ponga la kufiya palestina.
Esa cultura de rebaño se vio también en la forma como reaccionaron muchos funcionarios petristas luego de que le quitaron la visa al presidente. Varios de sus ministros entregaron la suya en señal de solidaridad como si fuera más importante el ego herido del presidente que su responsabilidad ante el Estado. La canciller entregó su visa a sabiendas de que faltaban dos días para que se diera la sesión en el consejo de seguridad de las Naciones Unidas sobre la implementación del acuerdo de paz y se empezara la discusión sobre si se extendía o no la Misión de Verificación, que fue clave para evitar que Iván Duque hiciera trizas la paz. Esta misión sigue siendo el único consenso al que se ha llegado en el Consejo de Seguridad de las Naciones en materia de acuerdos de paz en el mundo y desde 2017 se ha renovado cada año su mandato. Sin embargo, por primera vez ese consenso peligra. No se sabe cuál va a ser la posición de Estados Unidos ahora con Trump y aunque Petro se ha comprometido a financiar las sanciones emitidas por la JEP y hay avances en la reforma agraria, la implementación del acuerdo de paz no ha sido un tema que le quite el sueño. Y para ser sinceros, tampoco ha ayudado la manera caótica como Petro ha manejado las relaciones internacionales. Ordenó sacar de la misión de Colombia ante la ONU a uno de los mejores embajadores de carrera que tenía la cancillería porque no le gustó el puesto que se le asignó en el discurso ante las Naciones Unidas y, con excepción del vicecanciller Mauricio Jaramillo, no se ve que su gobierno esté trabajando por lograr que ese consenso se mantenga.
Si el consenso se rompe, luego de ocho años, Petro le echará la culpa a Trump y posará de mártir, pero le hará un gran favor a la derecha colombiana que nunca estuvo de acuerdo con el acuerdo de paz y que ya anda diciendo por boca de varios de sus candidatos que si llega al poder lo primero que va a hacer, además de destripar a la izquierda es acabar con la JEP.
A la izquierda también le ha faltado valentía para decirle al presidente que el genocidio en Gaza no se puede usar como mampara para incentivar el odio en Colombia, cosa que hizo muy bien la derecha en el pasado. Pensábamos que si la izquierda llegaba al poder se acabarían los encapuchados porque la protesta se volvería un derecho. Pero los encapuchados no se acabaron y el derecho a la protesta ha terminado convertido en un arma del gobierno que se enfila según amanezca Gustavo Petro. Ayer la enfiló contra las periodistas que lo criticamos. A unas las matoneó diciéndoles que eran “muñecas de la mafia” y a otras nos tachó de hacer “periodismo mossad” porque revelamos sus vergüenzas. Hoy tiene en la mira a los empresarios a quienes considera enemigos del pueblo porque “han puesto la ganancia por encima del ser humano”. Los encapuchados, hace unos días, destruyeron las instalaciones de la Andi, quemaron llantas y atemorizaron a los habitantes de los barrios acomodados bajo la tesis (estalinista) de que los que tienen más que uno es porque se lo han robado.
Uno puede y debe cuestionar a los empresarios por su insoportable apego al status quo, por su falta de empatía y por haberse mirado siempre el ombligo en los años del conflicto, pero lo que no se puede es decretar el odio contra ellos ni contra nadie porque para eso no llegó el progresismo al poder. La izquierda no duró 100 años luchando por llegar a la Casa de Nariño para hacer lo mismo que la derecha, ni para tener a un presidente de izquierda que se ufane en decir que su mujer ideal es la que acompasa su clítoris con su cerebro, sin que nadie le cuestione su machismo.
Petro decidió que la lucha por la causa palestina va a ser el centro de su política nacional e internacional y que eso es más importante que sacar adelante reformas que están atascadas en el Congreso como la que crea los jueces agrarios, claves para poder hacer más rápido la reforma agraria, o como la reforma que define cómo se van a hacer los traslados de los dineros desde el gobierno central a los entes territoriales, acordada en la ley de competencias. Si Petro fuera un presidente serio, en lugar de andar incitando el odio, debería estar de cabeza, sacando esta reforma, porque esa sola sería ya una verdadera revolución.
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Tampoco nadie se atreve a cuestionar el silencio de Petro frente a los escándalos de corrupción que rodean a sus funcionarios más cercanos. Y quienes se han atrevido a hacerlo han terminado crucificados. Eso le pasó a Luis Enrique Rojas hace unos meses cuando, siendo presidente de Hocol, filial de Ecopetrol, denunció que desde octubre del 2024, Ricardo Roa, presidente de Ecopetrol, lo había presionado para que se le asignara el millonario proyecto de la regasificadora de Chuchupa a Gaxi, una empresa que no tenía experiencia en ese campo y que era de propiedad de Juan Mancera. Este sujeto es un cuestionado empresario, amigo personal de Roa y a quien se le conoce como el que mueve los hilos del poder en la estatal petrolera desde que Roa llegó a ese puesto. Luego de que Rojas hizo esa denuncia -que yo revelé en su momento- no solo fue despedido del cargo, sino perseguido.
La derecha que quiere volver al poder, ahora sí se rasga las vestiduras en contra de la corrupción y se proclama defensora de las instituciones, pese a que en el pasado las socavó con la parapolítica, con sus fiscales de bolsillo y con su desprecio por los derechos humanos. Y la izquierda no sabe cómo decirle a Gustavo Petro que hace rato perdió su conexión con la realidad por temor a ser cancelada por el emperador.
El único que se ha atrevido a decirle al emperador que está desnudo ha sido Gustavo Bolívar. Él ha entendido que es más importante la fidelidad al proyecto político que defender al presidente de todas las embarradas que comete. Hace unos días sorprendió al país con su decisión de retirar su precandidatura presidencial y apoyar a la del senador Iván Cepeda, una movida que hizo para evitar que en la consulta que va a adelantar el Pacto histórico, el partido del presidente, gane el exalcalde Daniel Quintero. Según Bolívar, el progresismo no se le puede entregar a un exalcalde que está acusado por corrupción y que además no es progresista.
En medio de tanta complacencia con el emperador, es bueno saber que en la izquierda todavía hay gente valiente.