Ilustración: Jorge Restrepo H.
El sorpresivo acercamiento entre Gustavo Petro y Donald Trump alteró el tablero político colombiano, dejó a la oposición sin libreto y abrió una nueva etapa de incertidumbre regional que tiene al ELN y a la relación con Venezuela como telón de fondo. ¿Cuánto puede durar esta nueva luna de miel?, se pregunta María Jimena Duzán.
Por: María Jimena Duzán
Hace 15 años se dio una reunión impensable en Santa Marta. A pocas horas de tomar posesión como presidente de Colombia, Juan Manuel Santos invitó al presidente Hugo Chávez de Venezuela a un encuentro para recomponer las relaciones entre los dos países. La cita no podía ser más improbable porque se sabía que Chavez y Santos eran enemigos irreconciliables. Como ministro de Defensa de Uribe, Santos había conocido documentos de inteligencia que revelaban la existencia de campamentos de las Farc en territorio venezolano y no bajaba a Chávez de encubridor de la guerrilla. Este último no se había quedado atrás y llegó a tildar a Santos de ser el candidato de un régimen mafioso.
Sin embargo, tres días después del triunfo de Santos, Chávez accedió a sentarse con su enemigo en Santa Marta y en la rueda de prensa, luego de esa reunión inverosímil, Santos presentó a Chávez como “su nuevo mejor amigo”.
Ese apunte mordaz e irónico que enmarcó este improbable encuentro le cae como anillo al dedo al acercamiento que acaba de darse entre los presidentes Donald Trump y Gustavo Petro. En 55 minutos de charla telefónica, ambos pasaron de ser enemigos acérrimos a “nuevos mejores amigos”, como sucedió con Chávez y Santos.
¿Cuánto puede durar esta luna de miel? Difícil predecirlo, porque todo parece cambiar por segundos. Lo que sí luce evidente es que una de las primeras implicaciones de este inesperado cambio de escenario es que la oposición quedó descolocada. La dejó tan desconcertada, que aún no sabe dónde quedó parada.
A los uribistas, vickisistas y abelardistas que hicieron todo para envenenar a Trump contra Petro les debió sorprender verlos hablando como dos nuevos amigos. Se inventaron la mentira de que Petro era el jefe del narcotráfico de Colombia y socio del Cartel de los Soles –otra patraña que ya se está derrumbando– y fracasaron de manera estruendosa porque, a pesar de ese historial diabólico que le fabricaron, no pudieron impedir que Trump se sentara con Petro.
Una oposición que cree que puede llegar al poder así no tiene ninguna oportunidad de sorprendernos. Mucho menos si piensa que al escalar los ánimos y exacerbar la ‘petrofobia’ conseguirá posicionarse como la fuerza que puede traer “la estabilidad institucional” al país. No se da cuenta de que esos discursos ya no calan, y de que, en la nación de hoy, lo que ellos llaman “estabilidad institucional” es un eufemismo que sirve para invocar la vuelta a un statu quo viejo y anquilosado que ya no refleja los nuevos centros de poder.
En ese sentido, Petro es un presidente con suerte. Pese a que ha hecho un gobierno caótico, en el que todo se queda a medias y en el que el poder real es ejercido por un sanedrín impresentable que ha saqueado al Estado, el mandatario ha sido afortunado de tener una oposición que se quedó anclada en la Colombia de hace 25 años y perdió la imaginación y la capacidad de sintonizarse con el país de hoy. También le ha servido la llegada de Trump al poder, porque le ha permitido desempolvar el discurso antiimperialista propio de una izquierda vieja que ha revivido a un Petro más radical, que habla de volver a las trincheras y se crece en la polarización y en la pelea.
En cambio la oposición, a falta de nueva savia, se ha convertido en una repetidora de las consignas de MAGA (Make America Great Again), un ejercicio que María Fernanda Cabal ha hecho de manera impecable. Esa derecha, que se siente empoderada porque mira hacia Washington, ha cometido varios exabruptos que le han ayudado a Petro a levantarse de cada revés.
El último es de colección: la derecha ha salido a decir que es partidaria de una intervención militar en Colombia, como la que se llevó a Maduro de Venezuela. Así lo afirmó la representante del Meta Lina María Garrido en una entrevista para La W en la que, sin sonrojarse, dijo que Petro debería ser objeto de una operación militar como la que se hizo en Venezuela para capturar a Maduro. Poco le importó que, a diferencia de Maduro, Petro fuera un presidente elegido en las urnas y que no tuviera ningún requerimiento judicial en las cortes de los Estados Unidos. Otro que salió del forro fue el propio expresidente Álvaro Uribe, quien en una entrevista en El Tiempo insinuó que una intervención militar como la que hizo Estados Unidos en Venezuela era plausible en Colombia porque “las circunstancias de Petro se iban pareciendo a las de Maduro”.
Acéptelo ya, expresidente Uribe, su vaticinio no se cumplió: Colombia tiene un déficit fiscal muy alto, una crisis en la salud de la Madonna provocada por la improvisación del Gobierno, y la inversión nacional en picada. Pero Colombia no se convirtió en Venezuela. El pecado de Petro fue otro: el de no haberse comportado como presidente sino muy pocas veces. Prefirió fungir de twittero y de activista y se puso de ruana el cargo. De todas formas, no está de más decirle a la derecha que ese pecado no da para invocar ni intervenciones ni invasiones y que este país no es el lejano oeste.
Lo cierto es que desde que Trump y Petro se volvieron mejores amigos, la derecha se encuevó y se dio a la tarea de recalcular sus declaraciones para ver cómo se acomoda al nuevo escenario, sin molestar a su señor. Su situación no puede ser más indigna ni más precaria.
La oposición colombiana olvidó que, en las democracias, al gobierno en el poder se le derrota en las urnas, y no pidiéndole al Tío Sam que invada el país para que las fuerzas especiales estadounidenses le saquen al presidente de su camino. A esa derecha que peló el cobre le va a quedar muy difícil ganar las elecciones después de este capítulo aciago y, si no se pellizca, Trump puede terminar pasándola por su guillotina por sumisa y entregada. “No se da cuenta de que Trump desecha a los políticos que se le entregan, como María Corina Machado, y que en cambio convierte en interlocutores a los que lo enfrentan, como sucedió primero con Lula y ahora con Petro”, me dijo acertadamente hace poco el profesor Juan Tokatlian.
Petro debería utilizar este golpe de suerte para enmendar varios de sus errores derivados del fracaso de la Paz Total y lograr un acuerdo con la nueva presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodriguez, que le permita sentar las bases para que el próximo presidente pueda frenar la expansión del ELN. Esta organización armada es la última guerrilla que nos queda y hoy controla casi toda la extensa frontera de 2.219 kilómetros que hay entre Colombia y Venezuela.
El ELN todavía mantiene un fuerte enfrentamiento con facciones de las disidencias de las Farc y con la Segunda Marquetalia, que dirige ‘Iván Márquez’; y prueba de su poderío fue lo que sucedió hace unos meses en territorio venezolano, cuando el ELN mató al ‘Zarco’ Aldinever, el segundo hombre de ‘Iván Márquez’ y a quien la Fiscalía ha señalado de ser uno de los posibles responsables del asesinato del senador Miguel Uribe.
Además, el ELN controla desde hace varios años el Arco Minero y se beneficia de las extracciones de oro y de diamantes blancos. También tiene el monopolio de la venta de la cocaína que proviene de las plantaciones de coca ubicadas en la región del Catatumbo. Me dicen mis fuentes que es una guerrilla con plata y que se da el lujo de pagarle a los guerrilleros un sueldo mensual de 6 millones de pesos. Aunque no se sabe quiénes son los que protegen al ELN en Venezuela, es evidente que esta guerrilla cuenta con aliados importantes que la respaldan dentro del régimen.
La reunión en que Santos y Chávez se declararon nuevos mejores amigos sirvió para que Chávez cumpliera un papel fundamental en el proceso de paz con las Farc y, desde su lecho de muerte, los alentó para que firmaran el acuerdo y dejaran sus campamentos en Venezuela. Hoy, Petro podría aprovechar su cercanía con Delcy Rodríguez para que el Gobierno venezolano decida, por fin, desterrar al ELN de su territorio, como lo hizo Chávez con las Farc.
Esta guerrilla, en su última conferencia, se declaró defensora de la revolución bolivariana. Pero en realidad, como lo ha dicho el mismo Petro, está utilizando el control de la frontera para extraer minerales, vender cocaína y llenarse de dinero.
Desde que se produjo la invasión, se ha registrado una salida profusa de guerrilleros de los campamentos de Venezuela hacia Colombia, lo cual implica que las condiciones de abrigo pueden haber empezado a cambiar.
Todavía es muy pronto para saber cómo va a salir esta zaga de los nuevos mejores amigos. Sin embargo, el país y Petro están más tranquilos y, desde que el presidente es el nuevo mejor amigo de Trump, le ha bajado el tono a sus trinos incendiarios y los ha reemplazado por frases de estadista. Ojalá dure este milagro y Petro pueda acabar su gobierno sin tener que preocuparse por cuidar su trasero.