ASÍ SE REPARTEN NUESTROS CUERPOS
(La siguiente columna describe de manera explícita la violencia machista).
La salvación de toda Grecia depende de las mujeres
Lisístrata
Aristófanes
¿Acaso las mujeres del mundo albergan duda alguna sobre la vigencia del odio patriarcal contra nuestros cuerpos y existencias? Donde sea que se abra un periódico o se encienda una pantalla se describen los vejámenes sufridos por unas y otras, a manos de los hombres que destruyeron sus vidas.
Los archivos del pederasta Jeffrey Epstein cada vez involucran a más poderosos de distintas partes del mundo. Cuando el periodismo termine de procesar lo que revelan esos tres millones de documentos desclasificados por el gobierno estadounidense, habrá tomado una radiografía precisa de la red de trata y explotación sexual de menores que gobernó Epstein por décadas. De las maneras en que funcionaba esa máquina que hacía pasar por relaciones públicas el tráfico sexual de niñas con el que complacían a los hombres más poderosos del planeta.
En su tardío esfuerzo por cumplir con la ley de transparencia, el Departamento de Justicia de Donald Trump reveló las identidades de varias víctimas, mientras protegió a muchos victimarios. Aun así, las fichas siguen cayendo. Kathy Rummler, exasesora del presidente Barack Obama y, hasta hace poco, abogada general de la gigante financiera Goldman Sachs, renunció por los cuestionamientos que enfrentó en los correos liberados en los que llama a Epstein “Tío Jeff”. A Deepak Chopra no lo dejan en paz los periodistas porque aparece aupando a Epstein a que viajara a verlo, con su pasaporte falso y “sus chicas”. Andrés Mountbatten, hermano del rey Carlos III de Inglaterra, es arrestado por compartir información de Estado con el pedófilo.
No habrá nadie que deje de ser cuestionado por su cercanía con lo que ya pinta como la red de trata más grande y poderosa de la que tengamos registro, y sí que hay archivo de ello, para dolor y beneficio de sus víctimas.
Nada de esto le podemos contar a los más grandes medios colombianos, que, tras semanas del hecho, se rehúsan a mencionar al expresidente Andrés Pastrana y sus varias y cuestionables apariciones en los archivos.
Quién sí se ha atrevido a cuestionar al Rey Andrés (Pastrana) fue la periodista Ana Cristina Restrepo, quien contó en su columna de El Espectador que el expresidente le explicó que su foto con Maxwell disfrazados de soldados: “es (sic) yo siendo presidente”. Respuesta que deja más inquietudes, entre otras, establecer si para entonces ya había ocurrido el viaje con Epstein a Cuba, o como diría el exmandatario “es yo siendo expresidente”.
Y entonces cambiamos de canal y aparece la icónica Gisèle Pelicot relatando la tortura que vivió desde el momento en que un policía francés le contó que habían descubierto que su esposo la ofrecía en redes oscuras del internet para que otros hombres fueran a su casa a violarla, mientras ella roncaba con los somníferos que su marido mezclaba a escondidas en su comida. Más de doscientas violaciones y más de setenta monstruos pasaron por su cama, invitados y registrados en video.
La revelación del horror, las fotos y videos de lo que le hizo su esposo de más de cincuenta años de matrimonio casi la destruyen, pero la salvó su dignidad, su fortaleza al renunciar a su derecho a un juicio privado y su empeño por que la vergüenza cambiara de bando. El coraje de Gisèle es lo único que podría asemejarse en dimensión al horror que sufrió. Llena de dolencias causadas por las violaciones que nunca ha recordado, su esposo y verdugo la acompañó a todo tipo de médicos y al final de cada consulta le repetía: “¿Sí ves? No tienes nada, todo está bien”.
Un canal después, en Afganistán, el régimen talibán reforma el Código Penal para hacer aceptable la violencia física del marido en contra de su esposa siempre que no queden consecuencias visibles.
Todo esto así: a plena vista. Es el orden patriarcal que estructura y organiza nuestras sociedades, expuesto sin vacilaciones, en millones de correos o videos en donde los hombres se reparten los cuerpos femeninos como mercancía barata. Sometimiento sexual de una niña de doce años, penetración de un cuerpo inerme para que un cómplice grabe, golpes salvajes que, mientras solo produzcan una hemorragia interna, permanecerán impunes.
Por eso Dominique Pelicot guardaba toda la evidencia de la red de salvajes que dejó entró a su lecho conyugal en una carpeta titulada sin vacilación alguna “Abusos”; por eso Epstein y sus amigotes dueños del mundo hablaban de las deliciosas pizzas que comían, código para referirse a las niñas cuyas vidas destruyeron; por eso Ghislaine Maxwell parece jactarse de usar un helicóptero, uniforme y armamento de las Fuerzas Armadas colombianas, por invitación de un presidente de la República, sin que los más grandes medios de comunicación lo incluyan en sus reportajes sobre el tema.
No hay sosiego ni esperanza porque pasa en todos lados, por cualquier razón y a plena luz del día. Y después volvemos a cambiar el canal para ver otra historia de la que todos hablemos, pero por la que nadie responda.