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Domingo 3 de mayo de 2026
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Daniel Samper Ospina

POLÍTICOS QUE SON THERIANS

Fue mi hija mayor la que me presentó el mundo de los therians. 

—Esta es la última tendencia —me dijo mientras me mostraba un video en su celular en el que varias personas aparecían vestidas como animales.

–¿Adultos que se disfrazan de gatos, de perros? –le pregunté descorazonado, vencido del todo por la desesperanza en el futuro.

–No exactamente: en realidad son personas que se autoperciben como animales: que “sienten” que son animales y no personas.

–¡Pero qué burros! 

–Hace poco fueron noticias porque uno de ellos no quiso ir al médico, sino al veterinario.

–¡Pero es para castrarlo!

–En realidad decía que tenía moquillo.

–¿Y?

–El veterinario no lo atendió –me explicó.

–Seguramente le dio miedo que le hiciera conejo.

Se necesita ser muy animal para considerarse therian, muy bestia. Y otro tanto también para observar los videos que proliferan en las redes por culpa de los cuales perdí un día entero de mi vida: porque, para mi pesar, confieso que desde que miré el primero no pude parar, y pasé una improductiva jornada laboral analizando manadas de therians en una plazoleta de Montevideo; o de therians gatos que se lamían los brazos en un parque de Buenos Aires. Incluso llegué por rebote al video de un japonés que se autopercibía como una boa y se arrastraba por el suelo para avanzar, como un contratista ante Petro. Una vergüenza. 

A esto hemos llegado: a llenar el mundo de personas que, como Gregorio Samsa, amanecen convertidos en animales.

–No se te ocurra salirme con que tú también te autopercibes golden retriever: en ese caso, prefiero que seas de una raza más chiquita —la regañé de forma preventiva, mientras ella me miraba con ojos de cordero degollado.

Me devolvió atenciones mostrándome un video en el cual yo mismo actuaba como perro frente a Claudia López y Angélica Lozano: ¡qué oso! Sucedió, ahora lo recuerdo, por los días en que Carlos Alonso Lucio dijo que los niños no son mascotas como para que los gays los puedan adoptar; y yo me convertí en mascota por un día para que la pareja homosexual más famosa de la política de Colombia, o al menos la segunda, me recibiera. Aporto la prueba. Ese día, lo recuerdo, era Claudia López la que estaba de malas pulgas. Qué paradoja. 

No repetiría semejante video hoy en día porque al perro no lo capan dos veces, y así se lo hice saber a mi hija, mientras ella enrollaba un periódico y amenazaba con sacarme al balcón si me subía al sofá porque ahora dice que suelto pelo. 

No son tiempos sencillos, cualquiera lo sabe. Los chinos celebran su año nuevo con una marcha de robots humanoides semejantes a Juan Carlos Pinzón. El nuevo patricio del Partido Conservador es un vulgar influenciador en cuyo jingle nos invita a votar por él “¡a ver si arreglamos esta mondá!”. Pero nada suscita tantas reflexiones como la irrupción de los therians y su inminente graduación como minoría.  

Tengo cincuenta años, la edad en la que uno comienza todas las frases con la expresión “en mi época”. Y en mi época había amigos que eran perros con las novias, compañeros de colegio que eran bestias para las matemáticas; gallitos finos para pelear; incluso burros que fumaban marihuana. Pero a ninguno de ellos se le habría ocurrido conformar todo un estilo de vida que, acuérdense de mí, exigirá el respeto de sus derechos en el futuro próximo. A las empresas se les pedirá contratar un mínimo de therians; lo mismo al gabinete presidencial: por lo menos un par de ratas. Y tres sapos. Y la tendencia se tomará el mundo entero hasta que lo naturalicemos. 

Puedo imaginar a mis hijas:

—Mira, te presento a Peluchín, mi novio: se autopercibe pomeranian —me diría una, mientras el adolescente gira tres veces en el tapete antes de acostarse.

El asunto es que los candidatos presidenciales ya saben que en estas elecciones el voto therian será definitivo como no sucedía desde épocas de mi tío Ernesto, cuando se asumía elefante.

Abelardo De la Espriella es un candidato therian por partida doble: se autopercibe como un tigre pero se viste como un lobo, lobo con piel de oveja; confesaba ser ateo pero ahora posa con unos pastores (que parecen hienas) para meternos gato por liebre. O Paloma Valencia, que es therian desde su propio nombre, no para de dar lora y se autopercibe mascota de Uribe. O el propio Fajardo que se observa a sí mismo en un espejo como si fuera una de las ballenas que le gusta contemplar. O Roy, que pasó de ser un lagarto de coctel a identificarse como un zorro de la política y convertirse en el verdadero candidato del jaguar: por encima, incluso, de Iván Cepeda, el candidato que se autopercibe comunista al que se le comieron la lengua unos therians de su partido que se consideran ratones. Es el candidato que no dice ni mu. No asiste a debates, acaso por gallina. Nadie sabe qué opina de que haya muerto el niño Kevin Acosta, o de los casos de corrupción del Gobierno, incluyendo las mordidas que, al parecer, ofreció Bonillita, el exfuncionario que se define como french poodle.  

Qué elecciones. Parecen un zoológico. Una vez más, autopercibieron a Íngrid Betancourt como una arpía. María de la Paz Gaviria es uno de los muchos delfines que pretenden aterrizar en el Congreso, ese nido de víboras, esa fábrica de micos. Claudia López se zambulle en el Orinoco como si fuera un pirarucú atrapado en el cuerpo de una candidata y hace en la campaña lo mismo que el pez en el agua: nada. Pero quiere que la cuenten al lado de un señor de apellido Huerta, un ciudadano que se autopercibe como aspirante presidencial y por el que votarán cuatro gatos.  

Y qué humanidad: no existe otra especie de la naturaleza capaz de tantas tonterías: no se imagina uno a un águila calva capaz de autopercibirse como Juan Lozano, por ejemplo. 

No tenemos salvación.  

Así se lo dije a mi hija antes de que me dejara encerrado en el balcón. Esa noche, como castigo, no la dejé salir con Peluchín, su novio pomerania. Por mucha rabia que le diera.

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