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Miércoles 6 de mayo de 2026
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Ana Bejarano Ricaurte

BENITO ANTONIO MARTÍNEZ OCASIO

Yo canto las canciones 

que los pueblos necesitan 

y les digo que la vida es bonita

La vida es bonita, Héctor Lavoe 

Un año después de lanzar su sexto álbum DeBí TiRAR MáS FOToS, Bad Bunny se consolida como referente cultural de la diáspora latinoamericana que ahora quieren sacar a patadas de los Estados Unidos. Una serendipia que era al mismo tiempo inevitable, porque la historia de Benito Antonio Martínez Ocasio es también la de su isla y la de los 68 millones de latinos que emigraron en busca del sueño americano.  

Desde muy temprano en su carrera se ubicó políticamente, en especial con respecto a lo que ocurre en su amado Puerto Rico. Cada vez más libre y contundente, a pesar de la cúspide de premios, récords, dinero y fama global, un año por fuera de su casa (el primero de su vida) bastó para fijar su atención devota hacia su gente, y grabar su música más política y explícitamente comprometida con la causa de los migrantes latinoamericanos.  

Un año después de su primer éxito global (Soy peor), Puerto Rico sucumbía tras el paso del huracán María por la falta de asistencia del gobierno gringo, del cual depende como “territorio no incorporado”. Y se toman en serio lo de “no incorporado”, porque a los boricuas los gobierna el presidente de los EE. UU., pero ellos no tienen derecho a votar en esas elecciones. El golpe de María se sintió en todas partes y murieron muchos por cuenta de la desidia política. Para conmemorar los siete años del ventarrón que lo destruyó todo, Benito le dedicó Una velita. Mientras su carrera se disparaba vertiginosamente, su isla seguía (y sigue) sometida al tratamiento de inmigrante ilegal que Washington le da. 

Tal vez por eso, tras conquistar el mundo, se encerró a trabajar en un álbum que es una carta de amor a Puerto Rico, a su resistencia civil y, por supuesto, a su cultura. Benito sabe que se para sobre un enorme legado musical. Además del viaje que ofrece por casi una decena de ritmos puertorriqueños —viejos y nuevos, sabrosos e inevitables­—, entreteje sus canciones con un discurso político potente que cantan dichosos despistados y contestatarios por igual.  

El disco abre con una de las canciones más icónicas en la historia de la salsa: Un verano en Nueva York, del Gran Combo de Puerto Rico. Además de ser símbolo de ese género que se impuso en la Gran Manzana, es también la historia de los inmigrantes, que celebran la independencia gringa del 4 de julio con un “desfile borinqueño”. Bad Bunny la interviene para rehacerla por los vericuetos de la música urbana actual. La detiene a media marcha y se escucha una voz que imita al presidente Donald Trump y pide disculpas por su maltrato a los latinos.  

En La mudanza, lo persiguen unos hombres vestidos de negro, cual milicia neofascista tipo ICE, mientras huye para plantar su bandera. En el video de esa canción, nos regala la mirada de Ricardo Alcaraz, fotógrafo insigne de la desobediencia civil puertorriqueña contra el régimen colonial que los somete. Alcaraz fue la memoria del independentismo de los setenta, uno que nunca se apagó y que sigue resistiéndose al borramiento de su cultura, como Benito. 

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Y, cuando el álbum reventó todas las carteleras, decidió que solo lo promocionaría en Puerto Rico por un año. Atrajo al planeta entero a la isla del encanto, revolucionó su economía, la cultura, el turismo y el lugar de su país en el mundo.  

Hace una semana recibió tres Grammy anglos, entre ellos el de Álbum del año. Al aceptar el trofeo dijo: “Antes de agradecer a Dios quiero decir: fuera ICE. No somos salvajes, no somos animales, no somos aliens, somos humanos y somos americanos”.  

Las bases xenófobas de MAGA repudian al boricua que les habla y canta en espanglish. Por eso su actuación de hoy, en la fiesta más icónica del Tío Sam —el Super Bowl (la final del fútbol americano)— es para unos una afrenta y para otros un merecido reconocimiento. Ya dijo Trump que no asistirá y que desprecia la selección de Benito para el espectáculo del medio tiempo.  

Pero el solo hecho de estar ahí y ser elegido porque es el más grande (para muchos el mejor) es un acto de resistencia. Incluso sin el disco, ni las canciones, ni fotos protesta, su éxito es una declaración. Se toma el escenario de una institución cultural gringa como el Super Bowl y cantará en español. Su presencia explica que la americanidad de los inmigrantes no será debatida porque ellos ya son parte intrínseca de ese país que transformaron.  

La guerra cultural contra la latinoamericanidad en los EE. UU. fracasará. Podrán prohibir Cien años de soledad en los colegios públicos o tratar de competirle a Bad Bunny con un espectáculo racista, pero nada borrará la huella latina en ese país. Uno de los mitos fundacionales del gran milagro estadounidense, el melting pot (el crisol de culturas), hace rato sabe a sancocho latino.  

Héroe accidental de esta reformulación del mundo, Martínez alza su voz sin dubitaciones. Y millones de personas entonan sus cantos como si suscribieran sus causas. Hace pocas semanas pasó por Medellín para regalarnos una histórica puesta en escena. Hoy a las ocho de la noche (hora colombiana) el mundo espera ansioso la casita de su abuelo que el artista pasea por el mundo.  

Benito no teoriza sobre la pregunta tonta de si el arte es político; él se preocupa por honrar a su cultura, producir la música que le dicta su sangre y ser el más escuchado del planeta mientras lo hace. Aunque el nuevo orden grite “lárguense”, él contesta: “De aquí nadie me saca, de aquí yo no muevo”.

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