EL CASO MADURO
El rapto de Nicolás Maduro cometido por tropas especiales de Estados Unidos el 3 de enero es un precedente en extremo peligroso para la armonía internacional. Es casi imposible desdoblar el análisis para enfocarlo en el punto de la inmunidad soberana, pero, por su trascendencia, es necesario hacerlo. Maduro representa toda la iniquidad de un régimen despiadado que ha acabado con Venezuela. La máxima exitus acta probat (grabada en el escudo de armas de George Washington) se ha traducido como que el fin justifica los medios.
Sin embargo, es más complejo. Significa que el resultado prueba los medios o los valida. Es el “todo bien lo que termina bien” de Shakespeare, o la genial frase de John Lennon “Al final todo estará bien. Si no está bien, no es el final”.
En este caso la pregunta retórica es: ¿cuál ha sido por ahora el resultado de esta acción? Pues inflar a Trump e instilar la idea de que todo se justifica porque se libró a Venezuela de un siniestro dictador. Con esa misma filosofía se podría justificar una segunda extracción de Delsy Rodríguez, la vasalla local encargada por Trump, si no sigue órdenes. Y si, ya trasteada, ella involucra al jefe militar Diosdado Cabello, pues vale otra extracción. Con argumentos de similar tesitura cualquier país con poder puede construir una causa para violar el territorio de otra nación.
Si los resultados justificaran todo no habría crítica alguna a la Fundación San José, que expide hasta cuatro títulos en un día para bendecidos que solo pagan cuando ya tienen la coloca. Es la optimización elevada a una dimensión sideral.
La inmunidad es una protección legal que inicialmente se reconocía a los mensajeros y enviados de los soberanos, cualquiera que sea el título. En la antigüedad los reyes representaban al Estado. Al “Rey Sol” Luis XIV de Francia se le atribuye haber dicho “El Estado soy yo”, porque se sentía el centro del mundo por mandato divino. Trump lo supera en cuanto considera que su grandeza no es privilegio de los dioses sino propia. Gustavo Petro, a su turno, parece que se considera la encarnación del pueblo; y el pueblo es el soberano y el Estado.
El derecho internacional no se impone. Los Estados forman voluntariamente las normas con la práctica o plasmando en un instrumento escrito un compromiso jurídico. Lo primero es la costumbre y lo segundo los tratados, las dos grandes fuentes del derecho internacional. Todo lo concerniente al ejercicio de la diplomacia está codificado en convenciones internacionales, y por ello la inmunidad diplomática no está sujeta a interpretaciones. Por lo que hace a la inmunidad de los Estados, de sus reparticiones y de sus dignatarios, se respeta estrictamente en aras de evitar guerras y porque se deriva de reglas cardinales como la igualdad jurídica de los Estados, la no injerencia, la no intervención y la regla de la buena fe, todas normas sagradas enquistadas en la Carta de la ONU, y en lo regional, en la de la OEA.
La inmunidad soberana protege a los gobernantes activos o dignatarios, no importa si son reconocidos o no, máxime si están en su territorio. La fuerza solo se admite para casos de legítima defensa o medidas aprobadas por el Consejo de Seguridad de la ONU. No existen más excepciones a la inmunidad que las del derecho penal internacional.
Estados Unidos propició su desarrollo con los juicios de Núremberg, pero luego ha torpedeado toda la construcción y ahora Trump no duda en vilipendiar a los jueces del máximo órgano de justicia penal internacional. Maneja una locomotora que ha descarrilado todo el tren del orden internacional. Proclamó que no tiene más regla que su moral, que es bastante turbia. Sostuvo que puede matar a alguien o manosear las mujeres que quiera y nadie le dirá nada. Esa no ha sido la moral de los Estados Unidos y es hora de que las instituciones creadas por sus fundadores reaccionen.
El entramado que desde hace años vienen armando rábulas insensatos para justificar la violación de normas internacionales no es más que una armazón de bambú. Las normas no son como el hielo, que sabe a lo que le pongan. Una acción violenta con una tracalada de muertos no se puede disfrazar con la tesis de que fue un respaldo de la justicia local. Que no reconocieran la legitimidad de Maduro no les otorgaba derecho a violar la soberanía de Venezuela con un golpe que pudo causar muchas muertes inocentes. Tan torpes son las posturas que no le advirtieron a Trump que si Maduro no era reconocido no podía desparramar en redes sociales la noticia de que había capturado y enjaulado al “presidente Maduro”. Que el régimen de Maduro sea criminal no les da derecho a combatirlo negociando con los criminales del régimen. Que Venezuela no fuera soberana porque el pueblo está oprimido es el más necio de los argumentos: casi todas las naciones del mundo están en manos de mandones autoritarios, corruptos y criminales.
Esto no es kosher, como diría el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu. Los antiguos pensaban que los dioses, cuando quieren acabar con alguien, lo vuelven loco. Es la única explicación que cabe al fenómeno Trump.
*José Joaquín Gori es abogado y diplomático especializado en derecho internacional.