PETRO EN LA CAMA
Parece buena noticia que el presidente Berto deje de lado la arenga antiimperialista y logre reunirse con Donald Trump, a menos de que se comporte en aquella cita como en la inauguración del Hospital San Juan de Dios. Allá tomó la palabra e improvisó durante poco más de tres horas el que acaso sea su discurso más delirante: no solo abogó por la liberación de Maduro y dijo que está secuestrado —es decir: acusó a su contertulio Trump de secuestrador—, sino que legó a la historia un arrume inmenso de sabiduría de toda índole: afirmó que Jesús tuvo sexo con María Magdalena; dijo que alguna vez fingió estar dormido, en Queens, para espiar la orgía de unos latinos; sentenció que un flacucho que sabe bailar como él conquista más mujeres que un mastodonte de músculo sin cerebro, y gritó “¡macumba!”, como solía hacerlo la mamá de Cristian Castro en los ochenta. Regañó a las señoras que bautizan a sus hijos con los nombres de Brayan, John, Kevin. Dijo que Miami va a desaparecer y que en Cuba se vive mejor, y de paso confesó que en La Habana le rasparon el esófago y que por eso no se puede tomar un solo whisky (“ni uno, ¡ni uno!”, chillaba con voz aguda, como César Gaviria). También contó lo que habría sucedido si no hubiera sostenido la llamada con Trump: que habría invitado a todos los soldados y soldadas de Colombia a atrincherarse en la Casa de Nariño. Y, por último, informó al país que su desempeño en la cama es inolvidable.
Vayamos por partes y comencemos por lo que habría sucedido si, como él mismo lo dijo, por alguna razón no consigue hablar con Trump: supongamos que aquel 7 de enero, Rosita Villavicencio marca insistentemente a la Casa Blanca desde el Falcon, pero suena ocupado porque Trump se encuentra dictándole órdenes por teléfono a Delcy Rodríguez durante toda la tarde.
Berto, entonces, desiste de su intento de hablar con él. Afuera llueve. En la plaza de Bolívar, la gente lo espera en estado de ebullición: ya queman algunas banderas gringas. Berto, entonces, sale a la tarima con el discurso que había preparado que, según la periodista Darcy Queen, incluía la orden a sus ministros de pernoctar con él, armados en Palacio.
Así sucedería, en efecto. El gabinete se haría presente allí en una escena que recordaría la de sus valientes ministros cuando liberaron a la población de El Plateado en hora y media, ataviados con unos chalecos antibalas que les quedaban o muy grandes o muy apretados, mientras se tomaban selfis.
Con la experiencia militar que adquirió en Zipaquirá en sus años de lucha, Berto les daría órdenes:
—Ministra persona-marica: ¡lidere el frente en el salón de los gobelinos: atrinchérese allá con los muebles estilo Luis XV!
—Son Luis XVI, presidente.
—A mí nadie que es gay me va a decir de qué Luis son esos muebles.
Armandito tumbaría la mesa del escritorio presidencial para utilizarla como trinchera y se pondría una cacerola a manera de casco. Rosita Villavicencio, en bata y con la mascarilla aplicada en la cara, haría las rondas nocturnas por todos los pasillos, armada con una sartén.
Y el presidente, entre tanto, dormiría desnudo, como siempre, pero abrazado a la espada del Libertador para cumplir su sueño mayor: ser una mezcla de Salvador Allende y Simón Bolívar.
Espada que sabe lucir en la cama porque, según afirmó en su célebre discurso, en un fragmento que ya ingresó en los anales de la historia, si se puede decir así, su desempeño en el lecho es sencillamente inolvidable: “ningún periodista chismoso le debe interesar qué hago yo en la cama: hago cosas muy buenas, nadie se olvidará de mí porque seré inolvidable ahí”, afirmó, modesto, el líder planetario de antepasados de italianos, en concreto de Rocco Siffredi.
¿Es el presidente Berto tan sobresaliente en la cama como lo ha sido en la política? ¿Se destaca de veras durante el shu-shu-shu por la manipulación de masas?
Como buen periodista chismoso, ordené a la unidad investigativa de esta columna que obtuviera el testimonio de algunas mujeres que compartieron lecho con él para cotejar la experticia presidencial en las artes amatorias. Y mamatorias. Y este es el resultado.
—Claro que fue inolvidable porque nunca soltó el celular, se sentó en el borde de la cama y trinó toda la noche. No soltó el pajarito… de Twitter.
—Me llevó a su cuarto, me dijo que se iba a empiyamar y quedó biringas; luego me explicó que él dormía así. Después gritó que él no era un mastodonte, sino un flaco que sabía bailar, y empezó a contonearse mientras gritaba “¡Macumba!”. Ahí me fui. Pero nunca se me va a olvidar.
—Me pidió que trajéramos unos latinos de Queens porque quería hacerse el dormido para espiarlos en caso de que hicieran una orgía, pero acto seguido se puso a leerme a Marx y la que terminé dormida fui yo.
—Siempre lo voy a recordar porque me pidió que sincronizara el clítoris con el cerebro a la cuenta de tres, y salí vuelta un ocho.
—Fue bastante monótono. Durante toda la noche se aferró a una única posición. Esa posición consistía en estatizarlo todo.
—Le dije “yo a usted lo amo, presidente”, pero, la verdad, no me volteó a mirar y, bueno, aun hoy no pierdo las esperanzas.
—Estuve con él durante todo un festivo. El jaguar nunca se despertó. Petro tampoco.
—Me dijo que iba a expandir el virus de la vida y me dio miedo: cuando le contesté que por favor no, que yo no planificaba, me hizo nombrar en Planeación Nacional.
—Para mí sí fue inolvidable porque, tal y como sucede en sus manifestaciones, casi no llega.
—Le pedí que me dijera cosas sucias en el oído y comenzó a hablarme de la UNGRD, Olmedo López, y todo lo que hizo su gobierno en La Guajira…
El presidente, pues, es un hombre inolvidable en la cama. Esperemos que no tenga que demostrárselo a Donald Trump en la reunión del martes. En ese caso, que Jesús nos ayude. O en su defecto María Magdalena. ¡Macumba!
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