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Miércoles 6 de mayo de 2026
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Daniel Samper Pizano

5 DE MAYO DE 1946

“¿En qué momento se jodió el Perú?”, pregunta un personaje de Mario Vargas Llosa con una frase que se volvió famosa. Para aproximarse a una respuesta hay que leer Conversación en la catedral y otras novelas del premio Nobel peruano. 

¿Y en qué momento se jodió Colombia? Es posible que cada quién tenga su propia versión. Pero, en lo que hace a las últimas ocho décadas, parece evidente que se jodió en las elecciones del domingo 5 de mayo de 1946, cuando el partido mayoritario, el Liberal, se presentó roto entre dos rivales y perdió ante el representante del Conservador. El candidato oficial del liberalismo, Gabriel Turbay Avinader (o Abunader), médico socialdemócrata nacido en Santander de ascendencia libanesa cristiana, obtuvo 441.199 votos. El disidente liberal, Jorge Eliécer Gaitán, logró 358.957. El conservador, Mariano Ospina Pérez, recibió 565.939.  

Así, pues, los liberales derrotaron a sus enemigos históricos por más de 230.000 votos. Pero en esa época no existía la segunda vuelta, como hoy, que dirime la competencia final entre los dos aspirantes más votados y permite reagrupar los partidos que hayan dividido sus votos. Merced a esas matemáticas chuecas tomó el poder el partido minoritario, con Ospina Pérez a la cabeza, y ascendió una mentalidad derechista cada vez más extrema. El triunfo de la minoría frenó los impulsos de avance social y libertad que cuatro gobiernos liberales de 1930 a 1945 habían aclimatado, y acabó por desencadenar una era de violencia política cuyos frutos sangrientos perduran hasta nuestros días.  

El candidato oficial era quizás el hombre más calificado para timonear el país en ese momento y seguir impulsando una revolución social pacífica. Aunque se ha dicho que se trataba de “un desconocido”, cuando el liberalismo lo elige, Gabriel Turbay (Bucaramanga, 1901-París, 1947) había ya sido diputado, representante a la Cámara, embajador en Estados Unidos y otros  países, renegociador del concordato, ministro (de Gobierno, de Trabajo y de Relaciones Exteriores), presidente del Congreso, Designado (antiguo sustituto del titular) en 1937 y precandidato presidencial en 1941.  

La suerte del país cambió aquel 5 de mayo. El destino nacional extravió el mapa que lo encaminaba hacia una naciente modernidad y retrocedió en la historia. Los hechos y protagonistas de una aciaga campaña infestada de racismo, falsedades y xenofobia pasaron a ser temas invisibles o silenciados. La figura y los programas de Gabriel Turbay, el líder llamado a mantener la inercia progresista, se perdieron en la neblina. Muy pocos colombianos son capaces de identificarlo hoy como el liberal que gozaba de aplastante mayoría en el partido numéricamente vencedor. En 1967, el texto de casi mil páginas de Henao y Arrubla que estudiábamos los colombianos cuando la historia patria era materia escolar, dedicó a Turbay solo dos mínimas menciones. Tres líneas. Una manotada de palabras. La memoria de aquel líder y aquella campaña se borró.  

Por eso los ciudadanos ignoran actualmente esa época de alianzas nefandas, traiciones y persecuciones inspiradas en odio y mentiras. Fue una guerra sucia que la oligarquía bogotana libró desde los salones del Jockey Club, que Gaitán atizó demagógicamente —asesorado por la sombra fascista de Laureano Gómez— y que traicionó Alfonso López Pumarejo, dos veces presidente liberal. 

Esos son los hechos que relata la historiadora y socióloga Olga L. González en su libro El presidente que no fue: la historia silenciada de Gabriel Turbay, llamado a provocar un terremoto en la historiografía colombiana del siglo XX y una revisión a fondo de algunos de sus personajes. Sobre él publiqué un avance el 22 de junio (“La conspiración contra el Turco”) y amplío ahora los detalles electorales aprovechando que la doctora González es la invitada de hoy en Los Danieles

Historia de un libro 

El libro también suscita reflexiones sobre la dificultad para divulgar en Colombia textos editados en universidades (la de Los Andes, en este caso). Decía alguien que El presidente que no fue está escrito como una novela de suspenso político, pero apoyada con rocosa firmeza en documentos, testimonios y recursos de rigurosa investigación académica. 

Las ediciones de prensas universitarias suelen tener corta difusión, al margen de la trascendencia de sus contenidos. Olga González, por fortuna, no se resignó a que su investigación de tres años y tres meses —más otro año y medio en el proceso editorial— se apolillara por falta de circulación y decidió promover el libro ella misma de pueblo en pueblo, como hacían los mercaderes de la legua. Desde el pasado 28 de abril, valiéndose de flotas, Transmilenio, taxis, carros, aviones, motos y bicicletas, recorrió quince municipios. De Santa Marta a Pasto, habló con ciudadanos de a pie, académicos, profesores, estudiantes y periodistas; contestó, según calcula, más de doscientas preguntas en universidades, colegios, academias, bibliotecas, librerías, cafeterías e incluso un bar. Durante los últimos años voló más de una docena de veces entre París, su residencia habitual, y Bogotá. 

Gracias al tenaz esfuerzo, los hechos y opiniones que recoge el libro corren por la prensa, la radio, las redes y las plataformas de información y debate. Los Danieles, justamente, publica hoy un artículo exclusivo de la historiadora bogotana, habitual columnista de La silla vacía, sobre las vicisitudes y sorpresas de su hazaña.   

ESQUIRLA: Aunque este país al que intimidan con tres chillidos no ha querido verlo, el domingo pasado César Rincón obtuvo un nuevo y colosal triunfo en la plaza de toros de Madrid. En una corrida en honor del torero Antoñete, el matador bogotano exhibió “una apología del toreo clásico”, cortó dos orejas y salió una vez más en hombros. Su faena fue noticia en España y Francia. En Colombia no, porque lo políticamente correcto es una aplanadora ciega que no tolera disidencias.

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