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Lunes 4 de mayo de 2026
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Ana Bejarano Ricaurte

DONALD Y MARÍA CORINA

¿Qué hace a una persona merecedora de un Nobel de paz? No son pocos los desaciertos del Comité del Nobel en esa materia, pero sí muchos los candidatos importantes que han ignorado.

El de María Corina Machado es un nombre controversial, el cual tiene bastantes lunares en lo que respecta a la lucha por la paz, pero por lo menos no se trata de un presidente al que la semana pasada le preguntaron si iba a suspender el derecho al habeas corpus y contestó: “¿Suspender a quién?”.  

Al anunciarse la noticia, las redes sociales se inundaron de reproches a Machado por su apoyo al genocida Benjamín Netanyahu, y al ataque indiscriminado de los gringos a una lancha en el caribe. Además, ha sido aliada de voces guerreristas en el mundo, incluyendo las colombianas.

Si en Venezuela no se hubiese instalado una dictadura que ha incurrido en el catálogo completo de los crímenes de lesa humanidad Machado probablemente sería hoy una líder más de la derecha latinoamericana, que propende por protecciones al sector privado y otras reivindicaciones que usan para hacer más ricos a los que ya lo son. Estaría lejos de ser la madre de los venezolanos olvidados.

Lo que cambió el curso de la vida y trayectoria política de Machado, así como el de todo un país, es el régimen autoritario que impuso Hugo Chávez y que ahora continúa Nicolás Maduro en Venezuela. Creo que ahí está la valía de Machado como recipiente del Nobel de Paz. Como lo dijo ella misma al recibir la noticia, este reconocimiento no es de ella, o no solo de ella, sino de todo un pueblo que ha sido secuestrado por unos ladrones que emplean y ensucian la palabra pueblo para enriquecerse a costa del erario y de la pobreza de la gente. Los de la leche podrida para estafar a las familias más pobres, esos que defendió Abelardo De La Espriella.

Machado ha arriesgado todo para luchar por el regreso de la democracia a Venezuela; para acabar con el régimen del terror que impera allá, en el que desaparecen personas para torturarlas y aterrorizar a la sociedad civil. Ahora opera desde la clandestinidad, tras el último fraude electoral del régimen y permanece en su país con la esperanza de que un día vuelvan a celebrarse elecciones libres. Por eso la gente también arriesga su vida para salir a aplaudirla y a abrazarla por las calles, porque a pesar de décadas de injusticias ella sigue ahí.      

María Corina es una paradoja porque ella no lucha por la paz, ni ha sido esa su causa, pero su presencia y persistencia sí es un símbolo de esperanza para un país sumido en la arbitrariedad y en la injusticia.

Como la nueva Nobel es una operadora política audaz sabe que corre el riesgo de molestar al aspirante a dictador y por eso incurrió en el ridículo y decepcionante gesto de dedicarle el premio. Trump casi se lo recibe, y salió en hombros a alardear que merecía tanto la medalla que hasta Machado lo decía. Después, ella apareció en Fox news, la cadena oficial del presidente, a repetir en distintos segmentos por qué consideraba que Trump merecía el reconocimiento más que ella.

Como caminando en puntillas para no despertar a Donny, María Corina recorre los pasillos de MAGA sonriendo y ofreciendo la medalla al candidato a tirano. Pero se equivoca si cree que la democracia regresará a Venezuela de la mano de Trump y no es la primera vez que busca aliados en figuras que repelen la institucionalidad.

Tal vez lo hace porque a Venezuela la dejaron sola los demócratas del mundo. Las derechas corruptas y arbitrarias de distintos países se llenan la boca hablando de democracia en Venezuela cuando en sus casas promueven y defienden todo lo contrario. Y la izquierda, con contadas excepciones, insiste en defender la “soberanía” venezolana, para excusar los caprichos del dictador. La sociedad civil que defiende los derechos humanos tiene un punto ciego con Venezuela y por eso la oposición al régimen acude a ese sector de la derecha que no es autoridad alguna para defender la democracia.

La esperanza de este suceso no deriva de María Corina, pues ningún premio podría convertirla en algo que no es y que tampoco desea ser. Pero sí celebro que el Comité del Nobel no se haya doblegado ante las presiones directas de Trump para que lo ungieran a él. Porque hay pocos menos merecedores de ese premio.

Claro que hay mejores candidatos, con credenciales más limpias para alzar esa copa, pero si en estas épocas apocalípticas la elección estaba entre una mujer que se esconde en su país para enfrentar al dictador y otro señor con muchas ganas de convertirse en uno, entonces representa algo de esperanza. Incluso aunque ahora ella se dedique a decir que es él quien lo merece.

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