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Lunes 4 de mayo de 2026
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Daniel Samper Ospina

EN LA CONSTITUCIÓN PETRISTA

Resulta paradójico que el presidente Berto haya presentado un proyecto de ley con facultades extraordinarias la misma semana en la que parecía haber perdido las suyas. Fue evidente en la entrevista que le ofreció a Daniel Coronell y que seguí en compañía de un amigo extranjero.

—¡Qué desastre de periodista! No deja hablar, es grosero, se dispersa —me dijo.
—Ese no es el periodista: es el presidente —le aclaré avergonzado.
—¿El presidente no es el de los modales y la corbata?
—No. Es el otro.

Era el otro. Es decir: el presidente Berto que, más desgualetado que nunca, se escurría en la silla mientras lanzaba largos soliloquios en los que abría paréntesis dentro de los paréntesis y exponía, como carne abierta, las obsesiones que invadían su cerebro: se quejaba de que no podía conferir la Cruz de Boyacá a Karol G; defendía a Maduro y atacaba a los codiciosos empresarios de Andrea Bocelli, que no le regalaron boletas; proponía sacar a Donald Trump del poder, el goloso del Norte. Y confesaba que quería ser un mandatario inolvidable.

Su obsesión por ser recordado resultaba especialmente conmovedora y el país debería atenderla con un cúmulo de acciones que permita a las generaciones venideras conocer la obra de este hombre magnífico que propugnaba por un país más justo, en el cual las mujeres acompasaran el cerebro con el clítoris y nadie que fuera negro lo pudiera contradecir. Urge fundar el Instituto de Estudios Petristas dirigido por el intelectual Daniel Rojas para enseñar matemática cuántica; construir un  museo que exhiba la ruana de mariposas y el saco cachama, entre otras prendas; financiar un nuevo documental de Hollman Morris sobre la vida del prócer de Ciénaga de Oro, esta vez para narrar la forma en la que liberó Palestina con ayuda de los desobedientes soldados de Donald Trump; y organizar cada año un Petrofest de tres días de duración inaugurado por Karol G y clausurado por Andrea Bocelli, en los que canten Doctor Krápula y Conchita Baracaldo, entre otros talentos musicales.  

***

Resultaba insoportablemente paradójico observar que el presidente perdía el juicio en la misma semana en la que, ay, Álvaro Uribe lo ganaba; y más insoportables parecían las noticias que caían una tras otra sobre los titulares de la prensa, dentro de las cuales el anuncio de una asamblea constituyente parecía el peor. En un video enviado desde la China, el ahora exministro Chiquito Malo se grabó a sí mismo para anunciar al país que, contrario a lo que había firmado Berto sobre mármol, el Gobierno pretende cambiar la Constitución. Acomodado en una silla, mientras balanceaba los piecitos que le colgaban en el asiento sin tocar tierra, el exministro parecía un pequeño Buda.

Redactó, pues, el proyecto de ley, y de paso su propia carta de renuncia, en la que se quejaba de las dagas de sus compañeros, y dejó al país embarcado en esta nueva aventura.

Hasta la fecha, la única constitución memorable del petrismo era la de Agmeth Escaf, afectada por la alta ingesta de arepas de huevo de Luruaco que el congresista quiere elevar al grado de patrimonio de la nación. Ojalá se le dé. Podrían consagrarla en la misma ceremonia solemne en la que Karol G reciba la Cruz de Boyacá.

Pero la voluminosa constitución del doctor Agmeth, el corozo del Norte, no será nada comparada con la que pretende impulsar Berto. Si consigue sacarla adelante, se instalará en el poder para siempre: sería su verdadera manera de que nunca lo olvidemos.

La idea es convocar una constituyente a la manera chavista conformada por 71 delegados especiales que representen el pueblo. El Gobierno dirá cuáles etnias o minorías lo componen: bodegueros, tuiteros, miembros de comunidades indígenas afines al petrismo, como las que dispararon flechas en la Embajada de Estados Unidos la semana pasada. Qué imágenes. Las observé con el mismo amigo extranjero:

—¿Están lanzando flechas? —preguntó, aterrado.
—Es utilería —disimulé en vano.
—¿Y por qué las disparan?
—Porque el presidente amenazó con llevarse por segunda vez el oro del país, en esta ocasión para regalarlo en Palestina. A cambio les repartirán espejos.

Pero era falso, claro: Berto jamás regalaría un espejo. Es el único objeto que le permite extasiarse ante alguien de su misma belleza.

Belleza que, retomemos el hilo, ha logrado tras incesantes operaciones estéticas que ahora recobran sentido, porque ¿para qué se somete a cirugías plásticas el presidente de la República como no sea para eternizarse en el palacio de gobierno? Nadie se reduce la papada, se implanta pelo y cotiza siliconas en la zona posterior para pasar al retiro. La transformación de su propia constitución anticipaba la del 91.

Resulta inquietante que un presidente que delira en horario triple A goce todavía de una popularidad respetable, especialmente en los estratos uno y dos, gracias a sus promesas populistas, y en el estrato tres, gracias a Margarita Rosa de Francisco.

Nadie puede descartar, por eso, que termine saliéndose con la suya y consagre una Constitución que resuma sus obsesiones con artículos como estos:

Artículo 1: 
Otórguesele la Cruz de Boyacá a Karol G.

Artículo 2: 
Declárese misógino a todo homosexual de clóset cuyos genitales sean reemplazados por bombas.

Artículo 3:
Ofrézcanse dos boletas de cortesía al presidente en cada concierto de Andrea Bocelli.

Y, para rematar, y dadas las noticias posteriores:

Artículo 4: 
Quien funja como Primera Dama, y se separe, podrá seguir viajando por cuenta del erario (y visitando cárceles y recibiendo masajes de Nerú.)

Artículo 5:
Quien sea presidente de la República, y haga parte de la Lista Clinton, podrá seguirlo siendo de forma indefinida.

Le mostré el proyecto de constituyente petrista a mi amigo extranjero y por poco se atraganta. Se estaba comiendo una arepa de huevo de Luruaco, a su juicio el verdadero tesoro de este país. Por encima del oro del que Berto despojó a los indígenas poco antes de ofrecer la entrevista a Daniel Coronell, el encorbatado presidente de Colombia.

Definitivamente, es un gobierno inolvidable.

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