INOLVIDABLE
Una arbitrariedad de la que fue víctima llevó a Gustavo Petro a la Presidencia de Colombia. ¿Podrá otra arbitrariedad darle el reconocimiento de líder mundial con el que sueña? ¿Un nuevo atropello lo convertirá en inolvidable como él quiere?
En diciembre del año 2013, cuando se acercaba el final de su período como alcalde de Bogotá, el entonces procurador general, Alejandro Ordóñez, lo destituyó del cargo y lo inhabilitó por quince años para ejercer funciones públicas.
Ordóñez, un ultraderechista a quien Petro ayudó a elegir procurador por primera vez, quería sacarlo del puesto –y de paso acabar con su carrera política– con una decisión que lo castigaba por la adopción de un sistema público de recolección de basuras para Bogotá. La verdad es que el desaseo se había tomado las calles de la capital, pero también es cierto que el procurador no podía legalmente sacar al mandatario local por esa causa. Más que la basura, quería cobrarle sus posturas políticas.
El alcalde Gustavo Petro declaró como suele hacerlo ahora: “Estamos ante un golpe de Estado contra el gobierno progresista (…) pido a toda la ciudadanía democrática movilizarse en Bogotá y en el país. Vamos por la paz y por la democracia”.
Desde ese momento, el balcón de la Alcaldía, que da a la emblemática plaza de Bolívar, se convirtió en el epicentro de una movilización permanente para desafiar el abuso del procurador Ordóñez. Miles de personas, algunas acarreadas por la maquinaria de la administración local, pero muchas espontáneas, se empezaron a juntar bajo el balcón, con la estatua de Bolívar como testigo, para reclamar la permanencia del mandatario.
El período de Petro, que estaba a un unos meses de concluir –con más pena que gloria, aunque él no lo admita–, tomó un rumbo inesperado: El alcalde se convirtió en una víctima de la injusticia y, además de ganar el proceso en tribunales de Colombia y del exterior, salió de la Alcaldía catapultado como candidato presidencial.
Ya siendo presidente, Gustavo Petro recordó a su perseguidor Alejandro Ordóñez, con una frase mordaz pero cercana a la gratitud: “Al destituirme, me hizo presidente de la república”.
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La situación que se vive ahora es increíblemente similar.
El señalamiento de Gustavo Petro como “líder del narcotráfico” es un despropósito para cualquier persona seria, incluso para sus más recalcitrantes detractores. Como congresista, Petro fue uno de los mayores denunciantes de las alianzas del narcotráfico con agentes del Estado y paramilitares. Por cuenta de esas investigaciones, fue víctima de persecuciones y seguimientos ilegales, como está probado judicialmente.
También es una arbitrariedad su inclusión en la lista de la OFAC por cuenta del incremento de las áreas de siembras ilícitas. Los cultivos de coca –que, según el SIMCI, han aumentado durante los gobiernos de Juan Manuel Santos, Iván Duque y Gustavo Petro– no han crecido por complicidad de ninguno de esos presidentes con narcotraficantes.
Nada de eso es lo que le están cobrando a Petro, aunque esas sean las razones publicadas. Tampoco su ardiente defensa de la causa palestina. Otros mandatarios como Claudia Sheinbaum, de México; Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil; y Gabriel Boric, de Chile, han condenado la execrable masacre de civiles palestinos por parte del gobierno de Israel, sin que eso haya deteriorado su relación con Estados Unidos.
Lo que le están cobrando es su intervención en la política interna de Estados Unidos. Todo lo demás era manejable dentro de las características ominosas de la administración Trump. Varios jefes de Estado –como Macron, Sheinbaum, Trudeau y Zelensky– han sido víctimas del desbordamiento verbal del presidente de Estados Unidos. Algunos han reclamado respeto, con firmeza y dignidad.
Pero solo al presidente de Colombia se le ocurrió agarrar un megáfono en las calles de Nueva York para invitar a los soldados de Estados Unidos a desobedecer a su comandante en jefe, el presidente de ese país. Eso es algo que no puede hacer un jefe de Estado por respeto a la autodeterminación de las naciones, por consideración con su propia investidura y por la responsabilidad con su país.
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El lunes, el presidente Petro me negó que había dicho lo que ustedes pueden ver acá. Agregó que lo que hubiera afirmado lo hizo dentro de los actos de la Asamblea General de Naciones Unidas. Nada de eso es cierto. Sí lo dijo, y fue en un mitin callejero.
El vértigo de sentirse líder mundial, sin realmente serlo, sumado a su pasión de antiguo agitador, llevó al presidente Gustavo Petro a cometer ese irremediable error. Un error que su orgullo le impide reconocer.
Ese no fue un acto de dignidad, sino una provocación innecesaria. Dudo mucho que llenar la plaza de Bolívar sea suficiente para solucionar la situación, entre otras cosas porque Trump no es Ordóñez.