PETRO EMPERADOR DESNUDO
La columnista María Jimena Duzán dijo que Petro, como el famoso emperador del cuento de Hans Christian Andersen, estaba desnudo, a lo cual el presidente respondió en su cuenta de Twitter que a él le gusta estar desnudo. Como homenaje a ambos, hemos decidido recrear esta historia antes de que el presidente pierda la envestidura.
Había una vez un emperador que destinaba toda su fortuna a comprar vestidos, generalmente de marca Ferragamo.
En reuniones con su séquito, el emperador lucía ruanas de lana arrón tejidas con unas deslumbrantes mariposas amarillas; blazers color verde menta: ¡hasta un saco azuloso que parecía confeccionado con escamas!
Concentraba tanto tiempo en la elección de sus vestimentas, que muchas veces asistía con retraso a las reuniones.
Un día llegó al reino un impostor que se hacían pasar por sastre y se presentó delante del emperador como si fuera un diseñador italiano.
—Soy Dito D´ Benedetti, disegnadore; y vengo a fabricarte una prenda bien bacana —lo saludó.
—Pero que no sea una piyama porque yo duermo desnudo —respondió el emperador, que, en la noche, acalorado por el edredón de plumas de Palacio, se acostaba biringo.
—Nada de eso, mi llave: ¡será un sastre! ¡Un sastre elaborado con la tela más cheveronga del mundo! ¬—exclamó el modisto, animado.
—¿Y esa tela es de mi gobierno? ¡Porque en mi gobierno hay mucha tela de dónde cortar! —indagó el emperador.
—¡Es un paño mágico, mi llave, porque se vuelve invisible a los ojos de los necios y los que le hacen fuerza a Israel!
—Invisible en qué sentido —dudó, escéptico, el emperador.
—¡Invisible-invisible! ¡Como el tren elevado de la costa!
Los dos echaron a reír y el emperador aceptó de buena gana el regalo de su nuevo amigo: se puso empelotas mientras este le tomaba las medidas de arriba abajo con el mismo metro que el propio emperador había dejado en su alcaldía. Algunas medidas eran tan desesperadas como la de convocar una constituyente.
—¿También me quito el interior? —preguntó el mandamás.
—Sí, sí: confía en mí que soy tu ministro del ídem —respondiole este mientras hacía la mímica de vestir al emperador con pantalones, camisa y sacoleva que no existían¬—. ¡Es el mejor traje de todos los tiempos! —exclamó tras hacerlo.
—¿Lo es? —reaccionó, dubitativo, el emperador frente al espejo.
—Claro que sí: solo es invisible ante los ojos de los dueños del capital —lo convenció el otro.
Desnudo por completo, con la porquería expuesta ante todos, el emperador se caló la corona sobre sobre las hebras recién puestas de sus implantes capilares y asistió a reunión con sus ministros.
—¡Con ustedes, el emperador! —anunció el sastre—. ¡Y con un traje que sólo podrán observar quienes en verdad lo amen.
Vestido apenas con los zapatos Ferragamo, las gafas de sol y la cachucha de su hija Andrea, pero desnudo el cuerpo por completo, el emperador ingresó al recinto.
—Pero ¿qué es eso que se le ve? ¿Otra espada de Bolívar? —preguntó en voz baja la secretaria MiniDelcy.
—¿Es el pajarito de Chávez? —murmuró Rosita Villavicencio.
—Ni en mi Fruver he visto tales chirimoyas —secreteó David Racero, mientras se restregaba los ojos.
El emperador, entre tanto, se escurría en la silla como dios lo trajo al mundo y agarraba el lápiz con la mano.
—Me siento en una escena de mi anterior trabajo —dijo en voz baja la “ministra persona marica”.
—Parece un calibre 38 —anotó el ministro de Defensa.
En medio del estupor, nadie se sentía capaz de musitar palabra.
El diseñador explicó delante de todo el séquito real las virtudes especiales de aquella tela invisible a los traidores:
—Es un vestido que no podrán observar los magistrados del Consejo de Estado, los miembros de la prensa Mosad, los uribistas y, en general, los blanquitos oligarcas nazis! —explicó.
Todos, entonces, comenzaron a elogiar el traje del monarca:
—¡Qué chimba! —croó el ministro de Educación, sin dar especificaciones de a qué se refería—; ¡no “han habido” vestidos más bonitos, señor emperador!
—Ni chiquito ni malo: es perfecto —sentenció el ministro Chiquito Malo sin detallar de qué hablaba.
Aquel día sucedía una visita pedagógica de párvulos que querían conocer los majestuosos salones de Palacio.
Extraviado de sus compañeritos, uno de los pequeños ingresó a la sala del consejo de ministros.
—¡Ay juelita! —exclamó el niño.
El emperador reaccionó poniéndose de pie. Los ministros tornaron la mirada hacia el pequeño. Y después hacia el niño.
—¿Qué sucede, pequeñuelo? —preguntó el emperador—. ¿Por qué has gritado?
—Primero, ningún “pequeñuelo”: ¡soy el exministro Bonilla y trabajé con ustedes, pero sigo en proceso de decrecimiento, como la economía!
—¡Oh! —exclamaron todos.
—O sea que el tamaño sí importa —acotó la ministra persona marica.
—Y segundo, grité tras verlo desnudo, majestad: ¡ni Olmedo López en el calor de La Guajira se desvestía de esa manera!
El emperador montó en cólera:
—¡A mí nadie que sea negro me va a decir que estoy empeloto! —gritó.
—¡Pero yo no soy negro! —respondió el chicuelo—. ¡Y usted sí está biringo, alteza!
El salón se sumió en un espeso murmullo. El emperador se paró frente a uno de los fastuosos espejos del palacio y se miró de arriba abajo.
El diseñador, entre tanto, se defendía diciendo que había elegido un traje cuyas telas eran parecidas al Gobierno: por lo transparentes. No por lo invisibles.
—Además, el vestido te combina con este reloj, mi llave —le dijo al monarca mientras se quitaba el Rolex de la muñeca para regalárselo. —Y no es chimbo —añadió.
—No hablemos de chimbos —pidió el emperador.
Acto seguido, ordenó continuar con la reunión y transmitirla por televisión abierta como si nada sucediera.
Y así decidió exhibir sus vergüenzas, y en adelante caminaba con la cochinada a la vista de todos, sin pudor ni rubor, mientras el pueblo mismo empezaba a acostumbrarse y los órganos de control no ponían atención a su ídem. Y, jacto de sí mismo, todas las noches decía ante el espejo que era el mejor miembro del Gobierno.
Sin que nadie supiera a qué se referían exactamente.
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Miércoles 5 de noviembre
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Martes 18 de noviembre
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