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Lunes 4 de mayo de 2026
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Daniel Samper Ospina

DE MUY RICOS O DE MUY POBRES

En el justo momento en que chismoseaba el listado de peculiares gastos del presidente Berto, mi hija mayor me quitó el celular para mostrarme una clasista tendencia digital que está de moda: consiste en enumerar asuntos que suceden únicamente a gente muy rica o a gente muy pobre. Tener un familiar preso, por ejemplo; o tener fotos con políticos. O haber sido bautizado con un nombre en inglés. O ser muy religioso. O tener muchos hijos.

Hay muchas otras semejanzas que prueban lo duro de tener poco y lo enloquecedor de tener mucho: vivir en una loma es algo que sucede a los muy ricos o a los muy pobres; tener un pariente en Estados Unidos; ser dueño de un caballo; casarse entre primos; cenar a la luz de las velas.

Preferir la medicina alternativa. Practicar el ayuno intermitente. Comer alimentos orgánicos. No pagar impuestos. Vestirse con jeans rotos. Saludar de mano a un candidato: todos son asuntos que pasan a los muy ricos o a los muy pobres.

Reconozco que me sumergí en aquella tendencia por horas (tener un carro muy viejo, no tener nada a tu nombre, hacer baños de agua helada) y que por poco no regreso para seguir de cerca las noticias de la semana: el listado famoso de los famosos gastos de Berto —al menos los legales, los que no suceden en bolsas de efectivo—, en el que, además de compras en boutiques de marca como Gucci o Prada, destacaba la visita presidencial a un club nocturno de striptease: el Ménage Strip Club, la mejor casa de lenocinio de Lisboa.

Los moralistas de siempre hicieron lo mismo que las damas que Berto observó: se rasgaron las vestiduras, mientras Berto —el codo sobre la barra, la cerveza de cuarenta euros en la mano, el nudo de la corbata desajustado— las observaba con deleite y le decía al edecán que él no compra sexo porque aún es capaz de la seducción y la poesía.

Pero, visto de otro modo, la visita del presidente al puticlub, en pleno viaje oficial, demuestra orden: porque, cuando uno es riguroso con la agenda, el tiempo alcanza para todo. He ahí un presidente organizado, sí, y además valiente, que dejó la vara alta, acaso para que se trepen en ella las chicas del striptease; un presidente que se destaca por su transparencia, como la ropa de las mismas chicas: ¿cuál otro mandatario está dispuesto a publicar los gastos de las múltiples cuentas de ahorros que maneja? Imagino las transacciones de Iván Duque: compras millonarias en masmelos, en consolas de DJ; facturas de la Panamericana de metros de papel foamy.

En cambio, un presidente Berto cansado, maduro, se fue a estudiar las masas, esta vez de unas muchachas, y observó de cerca el bamboleo de lo que Uribe llamaría las carnitas y los huesitos.

—La culebra sigue viva —le dijo Berto a su edecán, parafraseando a su rival político—. Pidamos otra ronda.

Parafraseando a su rival político, digo, porque en la medida en que me enteraba de nuevos titulares, me costaba trabajo diferenciar a cuál presidente se referían, si a Petro o a Duque: “El gobierno realizó el gasto militar más grande de la historia: compró 16 aviones de guerra por 16,5 billones”. O “El presidente ordenó bombardeos en los que asesinaron a 16 niños”.

¿Quién diablos gobierna?, me pregunté. ¿La derecha o la izquierda? ¿No subió al poder el presidente Berto impulsado por la indignación que despertaban los mismos hechos que ahora protagoniza? ¿No proponía, cuando era opositor, invertir el presupuesto en educación y no en guerra? ¿Qué sigue? ¿Qué Verónica Alcocer se pavonee con el jet set sueco enfundada en vestido de foamy color verde? 

Me dispuse entonces a sacar del cajón la cacerola que abollé en el 2020 al compás de las arengas de Berto, pero para mi sorpresa ya nadie protestaba. Mucho menos los animadores de la conversación digital de aquel entonces, como los vociferantes Gustavo Bolívar o Hollman Morris, que esta vez justificaban tanto el gasto militar como el asesinato de niños por razones de soberanía nacional: hacían tantas contorsiones como una bailarina de Ménage Strip Club. Por poco dicen que no valía la pena protestar porque los niños asesinados en el bombardeo no eran de Gaza.

Estuve tentado a redactar la noticia reemplazando los nombres de sus protagonistas para suscitar su reacción:

“La primera dama María Juliana Ruíz vive como reina en Suecia, país al que, casualmente, su esposo el presidente Duque le compró con sospecha de sobrecostos 16 aviones de guerra para las Fuerzas Militares que comanda. Fuerzas Militares que, por orden suya, han hecho bombardeos en los que han asesinado a 16 niños”.

En el Centro Democrático, por su lado, no votaron en favor de la moción de censura contra el ministro de Defensa porque están de acuerdo con que ordene bombardeos, con lo cual terminé recordando la tendencia de muy ricos y muy pobres que me presentó mi hija, y comprendí que la misma fórmula que iguala a los extremos sociales también aplica para la política.

Es de muy petrista o de muy duquista acumular millones de millas en el avión presidencial; creerse presentador de televisión; untar de mermelada al Congreso; subir el precio de la gasolina; hacerse retoques estéticos (para reducirse la papada o pintarse canas); cantar vallenato; tener un hermano mamón; nombrar ministros mediocres. Y, claro, gastar billones en aviones de guerra y ordenar bombardeos en los que mueren niños.

Aviones de guerra y matar niños: al fin, pues, hay un proyecto común de nación en el que líderes opositores se encuentren a pesar de las diferencias. Solo falta enterarnos de que Iván Duque fue a shows de striptease en su cuatrienio, cuando vivía del gobierno.  

Vivir del gobierno: esa es otra cosa de muy ricos o muy pobres.

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