MEMORIA PARA EL PALACIO
Se sienten excepcionales los episodios de remembranza por los cuarenta años del holocausto del Palacio de Justicia que hemos visto este año.
Tal vez el primer hito en este ciclo de memoria fue la censura sobre la película Noviembre. Su relato y caracterización pudo molestar a los familiares del magistrado inmolado, Manuel Gaona, pero no se justificaba el acto de censura que lograron por medio de una acción de tutela.
El diálogo silenciado no buscaba mancillar al magistrado Gaona, sino precisamente recrear el estigma del cual fue víctima y que probablemente contribuyó a su injusto asesinato. Eran posibles otras soluciones distintas a acallar la cinta. Además, la memoria sobre un hecho de semejante trascendencia histórica no es una garantía únicamente en cabeza de los familiares o herederos de quienes fueron asesinados; la memoria, para que cumpla su función, debe constituirse de manera colectiva. Esos diálogos enmudecidos son un poderoso símbolo de una sociedad incapaz de conversar honestamente sobre este y tantos hechos.
La entrevista a la exministra de comunicaciones, Noemí Sanín, con la escritora Helena Urán Bidegain es otro hecho lamentable. Si bien podemos celebrar que se den esas conversaciones sus respuestas son insuficientes.
Sanín intentó explicar que la imposición del partido de fútbol sobre el cubrimiento periodístico no fue censura sino una medida preventiva para restablecer la normalidad en el orden público. Recordó que pidió a los medios de comunicación que fueran responsables y la orden fue desacatada; que la decisión provino del presidente; que ella no tuvo relación con el Ejército, ni acceso a la estrategia militar; que nunca se llama a los otros ministros de Belisario a responder. Mejor dicho: que el tema no es con ella.
Otra oportunidad perdida de reflexionar y sincerarse con el país. Nadie le pide a Noemí que asuma la responsabilidad por la retoma del Palacio de Justicia, pero sí algo de reflexión sobre las consecuencias corrosivas de imponer un partido de fútbol antes que la divulgación imprescindible de semejante horror. Incluso si no se enteró (versión poco creíble), ella era
la funcionara responsable de esas comunicaciones truncadas.
El presidente de la República ha hecho lo suyo, pues lleva más de tres años reivindicando la bandera del M-19 y otros símbolos de la extinta guerrilla sin preocuparse por qué significa eso para las víctimas del holocausto del Palacio o para el sistema judicial, que nunca volvió a ser el mismo. Encima de eso, publicó en X la siguiente mentira: “ninguna bala proveniente de armas del M-19 se encontró en los cuerpos de los magistrados asesinados”. El sistema de medios públicos aplazó el estreno de la película Fragmentos de otra historia del 2 al 12 de noviembre sin ofrecer ninguna explicación. Urán Bidegain, quien participó en el proyecto, me compartió su preocupación por la eliminación de unas imágenes del presidente Gustavo Petro con la bandera del M-19. ¿Estará Hollman Morris editando la pieza a gusto de su jefe?
A pesar de los desaciertos, este año trajo eventos, misas, crónicas, entrevistas, testimonios, performances, fotografías, libros y debates sobre estos hechos, como no ocurría hace tiempos. La creación de la Fundación Carlos H. Urán, en honor al magistrado inmolado, es un esfuerzo de su hija Helena por impulsar procesos de memoria que sean colectivos y que remuevan los cimientos del silencio. Un grito sensato en contra del negacionismo y del uso político del dolor de las víctimas.
Incluso, el silencio impuesto en Noviembre habilitó espacios de discusión que antes encontramos cerrados. Y no es la primera vez que la represión sobre el tema de la toma y retoma del Palacio de Justicia ha sido propulsora de la memoria.
Así lo recuerda la maestra Doris Salcedo, a quien le prohibieron intervenir para una muestra los objetos encontrados después del incendio. Ella dice que esa arbitrariedad la arrojó a la calle. Desde donde, muchos años después, descolgaría 280 sillas durante 53 horas en el minuto exacto en que cada víctima del asalto perdió su vida. Salcedo trabajaba en la Biblioteca Luis Ángel Arango a unas cuadras del Palacio y presenció la toma. Ella sería una artista distinta si no hubiese sido testigo de eso y del silencio que vino después. Y, por tanto, lo sería también la historia del arte colombiano.
Se celebra en Buenos Aires la Conferencia Latinoamericana de Periodismo de Investigación, en donde nos reunimos periodistas y quienes los defendemos a pensar cómo sobrevivir el apocalipsis contra la verdad. Entre eventos escapé al museo de la memoria de la Escuela de Mecánica de la Armada, que funcionó como centro de tortura y represión durante la última dictadura. Un calabozo quirúrgicamente retratado por la obra maestra de Leila Guerriero: La llamada.
Ahí no hay objetos, pues los militares hicieron lo posible por destruir cualquier evidencia de sus fechorías. Pero llenan las paredes y espacios los recuerdos de las víctimas, sus plegarias, sus fotografías, sus historias de supervivencia.
Tal vez lo que estos días nos revelan es que necesitamos también un lugar para recordar, para fijar las voces de los inmolados. No una exposición parcial o temporal en la Casa del Florero. Un lugar en el que puedan verterse las culpas, los reproches y las celebraciones; un lugar permanente para la fluctuante memoria del Palacio.