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Lunes 4 de mayo de 2026
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Daniel Samper Ospina

SI ABELARDO ES PRESIDENTE

Me estaba quedando sin plan para este Halloween, hasta que observé la convocatoria a un concurso de disfraces de la campaña de Abelardo de la Espriella: en una pieza digital publicada en todas sus redes sociales, el candidato más crecido de la derecha —en todos los sentidos, menos en la estatura— invitaba a disfrazarse de tigre para otorgar al ganador un pase de ingreso al Movistar Arena, donde ofrecerá su proclamación. Parecía el anuncio de un cantante: ¡el Tigre del Norte en el Movistar!

La convocatoria resultaba atractiva por más de que la crisis de la mediana edad me traiga nostálgicos recuerdos de los tiempos pasados, que fueron mejores: ¿se imagina uno a un candidato presidencial de los años ochenta, digamos a Virgilio Barco, convocando a un concurso de disfraces? ¿Al Tigrillo Noriega ofreciendo premios para quien se disfrace de tigrillo, a mi tío Ernesto de elefante, a Andrés Pastrana de burro?

Pero en esas me tiene la vida. No hay peor edad que los 50 años. Ahora me levanto a media noche y no puedo volver a dormir, o me lamento de forma exagerada por asuntos sin importancia, como la elección de Wally, el youtuber petrista que celebró su inminente curul escupiendo insultos por Twitter contra todo aquel que no pensara como él: “periodista de pacotilla, llórelo”; “bobo hijueputa”; “ojalá le arda”. Si ya estamos en esas, el Pacto Histórico ha debido inscribir a doña Gloria, la del metro cable de Medellín. O, para descender aún más, al ministro de Educación.

—¿Desde cuándo pasamos de Carlos Gaviria a Wally?  —me quejé ante un amigo por teléfono, como si me hubiera convertido del todo en mi papá. Después me di cuenta de que tenía el micrófono silenciado.

Por lo pronto, alias Wally será vecino de curul de Carolina Corcho, derrotada como candidata por Iván Cepeda: ya no es la soltera más cotizada del país, que era como se refería a sí misma en las entrevistas. Ahora lo será doña Verónica, de quien supimos por un trino del propio Berto que se separó.

Todavía no han hecho la división de bienes; solo la de males: doña Verónica se quedó con los catalanes; Berto, con Armandito.

La negociación de los bienes, en cambio, ha sido más sencilla:

—¿Quién se queda con el saco azul de cachama?
—Quédatelo tú, Gustavo, tranquilo.
—Entonces agarra tú la ruana de mariposas amarillas.
—No, no: quédatela tú.
—O este blazer aguamarina.
—Es tuyo, ni más faltaba.

Distinto de lo que sucederá con la mansión de Chía o los edredones de pluma de ganso, ¡o con el propio Nerú!: ¿quién se quedará con Nerú? ¿Quince días uno y quince el otro? ¿El 24 de diciembre masajeará a Verónica y el 31 a Berto?

El hecho es que cuando me sacuden esos espasmos de tristeza por los tiempos pasados, el joven que fui, que todavía está vivo, sale en mi rescate y me permite conectar con propuestas novedosas, titilantes, acaso mágicas, como la del concurso de disfraces del doctor Abelardo. ¿Por qué de disfraces? Porque estamos en elecciones: la época en que todos los políticos se disfrazan. Algunos de moderados, como Berto hace cuatro años. Otros de santistas, uribistas o petristas, como Roy. Y otros de animales, como el propio Abelardo, que, de forma curiosa, y a pesar del pantalón entubado, la camisa color pastel, el fino zapato de gamuza que luce sin calcetines y la barba perfectamente delineada, se identifica con el tigre y no con el lobo.

Algo del muchacho que fui despertó en mí cuando observé su video, y más todavía cuando husmeé en sus contenidos digitales y encontré verdaderas joyas, como la promoción de unos tenis oficiales de la campaña que cuestan cinco millones de pesos. Se trata de un diseño colorido sobre el calzado fino en el que la efigie del tigre se confunde con la candela mientras a uno le entran unas ganas incontenibles de votar por el tenor de Montería. Ha de calzarse sin medias. El talco lo venden por aparte. Por si la campaña huele mal.

Seducido, pues, por este súbito golpe de vida, decidí entregarme a la candidatura que parece estar de moda: participar en el concurso de disfraces con un uniforme de Falcao; tomar un préstamo para cambiar mis tenis Puma por los del tigre; otro para comprar una bata de seda, y votar —ya qué diablos— por el Bukele italo-cordobés.

No ha resultado sencillo. Más que un acto político, asumir la militancia por Abelardo es un estilo de vida: una invitación al consumo de todos los productos que el candidato promueve mientras ventila sus ideas de gobierno: sus marcas de ron, de café, de ropa; su disco de temas líricos. Incluso el vino Fratellone, de su propia cosecha, con el que brinda por esa mezcla bien lograda de ideología de extrema derecha y buen gusto que es todo él.

Desde entonces boté los pares de medias y entubé los pantalones, y ahora saludo a mis vecinos poniéndome firmes, como los militares. Y hago fuerza por el primer presidente de la historia en cuyas alocuciones reinará la estrategia publicitaria del product placement:

—Compatriotas:

Ante los saboteos legislativos de Wally y la senadora Corcho, he sacado un decreto para extirpar a la izquierda. (Aunque corcho, el de mi vino Fratellone). Para salvar la patria, necesitamos que mi gobierno dure un mínimo de doce años (que es, miren ustedes, lo que dura en las barricas el ron Defensor).

Si Abelardo es presidente, pagará lo que haga falta para tomar la posesión en el Vaticano cantando con Andrea Bocelli; entonará él mismo el himno nacional de las seis de la tarde; prohibirá la changua por decreto; la señorita Antioquia será alta consejera para la Paz; el general Zapateiro del Interior, porque sabe de interiores, según sus románticas solicitudes de WhatsApp; David Murcia, de Hacienda. Nacionalizará a Alex Saab; nacionalizará a la tigresa de Oriente. Y Armandito y Roy se declararán abelardistas. Porque siempre tienen los mejores disfraces.

Sobra decir que no me gané las boletas, pero sigo firme. Al fin y al cabo, ¿qué más boleta que el propio Abelardo? Acaso anunciar una separación por Twitter.

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