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Lunes 4 de mayo de 2026
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Daniel Samper Ospina

TÍPICO DE POLÍTICO EN CAMPAÑA

Observé con estupor el informe de Caracol sobre la manera como las disidencias de alias Calarcá Córdoba tienen un pie puesto dentro de la inteligencia del Estado: el periodista Ricardo Calderón mostraba, a manera de pruebas, chats de la guerrilla en los que quedaba claro que habían apoyado la campaña de Petro:

El hp remetió con toda y ahora dio orden de capturarmen… y se picaro picaro no se imagina que tenemos las puevas —decía el uno.

Todo se izo a traves de franca marquez —decía el otro.

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Con semejante tipografía, con semejante ortografía: ¿cómo sabe el periodista que el autor de los chats no es el mismo presidente Berto, o acaso su ministro de Educación?

Para mayores angustias, el informe explicaba que uno de los implicados, presunta ficha doble del Gobierno y la guerrilla a la vez, es el director de inteligencia estratégica, llamado Wilmar Mejía, miembro a la vez del consejo directivo de la Universidad de Antioquia, donde según un diputado organizaba las primeras líneas: un extraño señor de barba de perilla que cursó 29 semestres en la licenciatura en Educación Física. Quiero decir: estudió catorce años largos para ser profesor de gimnasia: ¿perdió doce veces materias como Flexiones I o introducción al estiramiento de gemelo? ¿De verdad nadie sospechó que podía estar realizando otro tipo de actividades?

Pese a todo, con esa experiencia lo nombraron director estratégico de la inteligencia del Estado, cargo al que se presentó en sudadera y con un cronómetro colgado en el pecho.

—¿Y usted sí es bueno para asuntos de espionaje?
—No, pero sí para contar lagartijas.

Colombia merece tener guerrilleros que sepan conjugar en enclíticos; guerrilleros que pongan tildes. ¡Guerrilleros cuyos alias tengan un sentido mínimo de la geografía, para que el reemplazo de alias Calarcá Córdoba no termine siendo alias Lorica Quindío!

Y, sin embargo, la única manera de dejar atrás el delirante gobierno de Berto es derrotándolo con contundencia en unas elecciones en las que aspiran más de 102 candidatos, porque acaba de retirar su candidatura Juan Zuluaga. Lo cual significa que se había lanzado. Lo mismo Andrés Guerra: lo cual significa que existe una persona llamada de esa manera.

Por estos días, todos, sin excepción, procuran mostrarse humanos a como dé lugar.

En lo que podría ser un guiño a Álex Flórez, Claudia López se lanzó al río Orinoco en pantaloneta.

—¡Me meto al Orinoco! —gritó en el aire la nueva Kapax, antes de caer como una bomba en las aguas carmelitas y chapotear en estilo libre, sin sumergir la cabeza. Parecía ahogándose. Como en las encuestas.

Roy Barreras se grabó a sí mismo mientras empujaba un Renault 4 clásico que estaba como su candidatura: sin arrancar.

—¡Así vamos a empujar a Colombia! —decía, animado, mientras impulsaba la maquinaria, como siempre, y el conductor lo mantenía en neutro. A Roy Barreras, quiero decir. Se trataba, además, de un ejemplar antiguo, de piezas originales, reconocido por las generaciones anteriores como el más vendido. Me refiero al Renault 4.

Juan Carlos Pinzón lleva dos semanas demostrando que es capaz de ingerir la misma dieta del pueblo. El establecimiento procura engordarlo de todos los modos posibles para que su candidatura se vuelva viable o aparezca en el programa Kilos mortales, lo que suceda primero. No hay día en que sus asesores no lo obliguen a comer sancocho en plazas de mercado, empanadas en puestos callejeros. Existe un video memorable en que devora con fingida naturalidad unos tomates, como si fueran mogollas o mangos. Sin echarles sal siquiera. Con la mano. Se comió por lo menos una docena. El empresariado entero ha invertido cientos de millones en su candidatura: solo en tomate chonto y en pastillas de Lomotil han gastado cien millones de pesos. Pero a la fecha, la aspiración de Juan Carlos Panzón parece desnutrida.

Y, sin embargo, ningún momento de esta campaña supera el baile de Mauricio Cárdenas con una mujer a la que le saca dos cabezas y media. Es la definición por excelencia del cachaco: la representación perfecta de quienes nacimos en el altiplano, nombre que describe, de paso, el derrière del candidato. La mujer se contorsiona con ritmo envidiable plegada al pobre exministro Cárdenas, mientras él, con fingida naturalidad, procura meterle ánimo a la danza. En determinado momento se arriesga con una vuelta temeraria y remata después, sin necesidad alguna, pero ya entregado al papel, con la osadía pélvica de un perreo de cola con cola, muy hecho a su manera de exministro de Hacienda: sin sacudir el cuello, incluso sin tenerlo, y con un movimiento de articulaciones semejante al del muñeco Ken, el novio de la Barbie: parece un tótem, un robot sin aceite.

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El baile ortopédico del exministro sirve de punto de partida para elaborar lo que podríamos llamar #ElRetoCárdenas: los ridículos y lugares comunes a los que se debe entregar un candidato para poder graduarse como tal.

No importan las ideologías. Tras un minucioso estudio de los ganadores de la presidencia (Berto, lo recuerdo, posó en una iglesia con una ruana; Santos se quitó los zapatos con unos mamos: Duque bailaba mejor que la pareja de Cárdenas), quien aspire a terciarse la banda tricolor en el pecho debe realizar todas y cada una de las siguientes acciones:

  1. Abrazar niños.
  2. Ponerse un sombrero típico (vueltiao en la costa, llanero en Yopal; en el caso de Pinzón puede ser palangana de frutas en Cartagena).
  3. Comer sancocho en plaza de mercado.
  4. Tomarse fotos con una etnia indígena (ojalá con penacho de plumas en la cabeza).
  5. Dormir en casa humilde.
  6. Posar en ruana.
  7. Jugar fútbol.
  8. Tomar chicha, guarapo o masato.
  9. Rezar en una iglesia.
  10. Jugar rana o tejo.
  11. Meterse a un río.

Y, claro, bailar como Mauricio Cárdenas: el hombre que nos regaló aquel perreo inolvidable en el que mueve las caderas con la misma rapidez con que la fiscal Camargo mueve el caso de alias Calarcá. Qué fiscal. Merecería una lluvia de tomates. Si Juan Carlos Pinzón no se los hubiera terminado.

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