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Lunes 4 de mayo de 2026
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Ana Bejarano Ricaurte

ESTAMOS GANANDO

Este es uno de los años más oscuros que ha enfrentado el feminismo en décadas.

El auge de la ultraderecha presupone el rechazo y satanización de todas las luchas igualitarias y la de las mujeres suscita especial odio en los machitos del neofascismo. Esas violencias del lenguaje tienen muchas formas y efectos. Se promueven y consumen masivamente discursos en contra de la participación femenina en la vida pública.

En redes sociales acumulan millones de seguidores las señoras que para hacerle un perro caliente al marido confeccionan por horas el pan, la salchicha y el queso: desde la ubre de la vaca hasta la boca del señor. La trad wives (esposas tradicionales en inglés) glorifican y exageran las tareas domésticas para justificar la desigualdad de géneros.  

Nunca antes se había registrado tanta violencia digital en contra de las mujeres. El diccionario Oxford declara como palabra del año “rage bait” (carnada de ira), referida al contenido en línea diseñado deliberadamente para provocar rabia o indignación siendo frustrante, provocativo u ofensivo. En esas batallas se mercantiliza la misoginia extrema para ganar atención. Los tecnofascistas, dueños de las plataformas, lo saben y cuentan con ello para enriquecerse.  

Esas ideas y discursos se traducen en violencia concreta en contra de las mujeres. En Colombia, el observatorio de feminicidios ya había registrado 621 para septiembre. La Organización Mundial de la Salud alertó que 316 millones de mujeres fueron víctimas de violencia sexual, el 11% de ellas menores de 15 años.

Este año, el presidente Gustavo Petro intensificó sus desastrosas intervenciones públicas en las que manspleinea la experiencia femenina; siguió rodeado de agresores de mujeres y consagrado a defenderlos. De nada ha servido tampoco que la Fiscalía esté ahora a la cabeza de una mujer, pues ella ha permitido la persecución de aquellas que osan a denunciar públicamente a sus agresores. La misma violencia institucional de siempre.    

La desaparición de la cooperación internacional para financiar la defensa de los derechos humanos ha servido como tiro de muerte a todo tipo de organizaciones, alianzas y colectivos femeninos y feministas en América Latina y África.

En Afganistán, los talibanes expidieron nuevas leyes para ahondar el apartheid de género con el cual despojaron a las mujeres de sus derechos y les prohibieron cualquier gesto de independencia o individualidad. Es una sociedad en la que tiene más derechos un pájaro que una mujer y el mundo lo permite.

En México gobierna por primera vez una mujer, pero un transeúnte cualquiera no tiene problema con manosearle los senos e intentar besarla a la fuerza, aunque esté rodeada de escoltas y cámaras.    

El panorama es desolador y preocupante, porque lo que se avizora para 2026 no pinta mejor. Lo que revela este estado de cosas es que la lucha feminista deberá arreciar sus esfuerzos, multiplicar su estrategias y persistir como nunca antes. Y lo bueno es que, a pesar de toda la oscuridad, nuestra causa justa sigue siendo un faro de esperanza.

El único ataque que ha calado en la base del presidente más poderoso del mundo, Donald Trump, es su cercanía con el pedófilo y traficante sexual de menores Jeffrey Epstein. La negación de Trump de publicar el expediente completo es el único pulso público que ha perdido desde su regreso a la Casa Blanca. Una pelea liderada por miles de víctimas de Epstein, sus familias y abogadas en contra del establecimiento dueño del mundo.  

(En Colombia el periodista Daniel Coronell revela otra pieza del rompecabezas de la relación entre Andrés Pastrana y el reconocido pederasta y su cómplice: una foto con Ghislaine Maxwell vistiendo uniformes de la fuerza aérea. Pastrana no ha entendido que sus explicaciones son incoherentes e insuficientes y que entre más eluda enfrentar este pasado que lo acosará hasta su tumba, se expondrá a más preguntas y al desprecio colectivo).

En Irán, a pesar del régimen que impone el Estado represor, las mujeres han empezado a rebelarse lenta pero contundentemente en contra de los mandatos del velo y los otros que impone a la fuerza la policía de la moralidad.

El activismo colombiano consagra a la caleña Catalina Martínez como uno de los 100 líderes emergentes de la revista Time, gracias a su lucha por la despenalización legal y social del aborto.

Las mujeres seguimos ganando espacios en la vida pública, incluso aquellas que no reconocen el papel que ha jugado el feminismo en la consecución de esos logros, como la primera mujer en ser elegida primera ministra del Japón, la ultraderechista Sanae Takaichi.

A pesar de tantos retrocesos y amenazas, por donde sea que se mire persisten mujeres haciendo su trabajo, muchas veces silenciosamente, y reivindicando que el feminismo es la revolución más exitosa en la historia de las luchas sociales.

Una de las impulsoras del movimiento #MeToo en los Estados Unidos, Tarana Burke, dijo hace poco: “Por muy mal que parezca, por muy difícil que sea este momento, estamos aquí porque estamos ganando”. Este latigazo regresivo es también la respuesta a un movimiento transformador. Cada antiderechos que aviva el odio de los incels de las redes sociales es una confirmación de la fuerza femenina que tanto temen y que no podrán detener.

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