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Lunes 4 de mayo de 2026
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Daniel Samper Ospina

SI CEPEDA ES PRESIDENTE

Fracasado el llamado a la unidad que invoqué en mi columna anterior para que los doctores Juan Fernando Cristo y Daniel Palacios se unieran en una sola candidatura y los electores pudiéramos elegir ya no entre 98 aspirantes, sino en apenas 97, no queda más remedio que echarse la bendición y esperar lo peor. Salvo la disciplinada izquierda, los demás espectros políticos se dividen y se esparcen en centésimas de aspiraciones que a veces rayan con la caricatura: son espectros en todos los sentidos. ¿No pudiera recogerse aquel reguero de candidatos en un par de opciones lógicas y concretas? La candidata Luz María Zapata, exesposa de Germán Vargas, ¿no podría adherir a la candidatura de su exmarido en caso de que se lance?

Para mayor desgracia, el líder de aquella desintegración continúa siendo Abelardo de la Espriella, el hombre que esta semana publicó un video elaborado con Inteligencia Artificial en el que aparecía con cara de tigre y le enviaba el mensaje al expresidente Uribe de que no participaría en la consulta de marzo. Se sentía uno mirando un comercial de Kellogg’s, una propaganda de Suramericana. El felino parlante elogiaba al expresidente y lo felicitaba por sus logros de antaño, mientras uno como observador perdía la fe en la humanidad, también en los animales, y solo clamaba porque todo fuera un sueño: que todo sea un sueño, que este candidato no exista, que mi mamá resucite este diciembre y me pueda recostar en su pecho y me consienta la cabeza mientras me dice que ya todo va a pasar, que jamás vi ese video, ni los demás de esta campaña, y que no me afane por la candidatura de Iván Cepeda, que ya está en su tope y no logrará conseguir la presidencia.

Porque tampoco soportaría un gobierno de aquel señor de camisas tipo Nerú con el que de veras se instalará un régimen de izquierdas. No sé si me han lavado el cerebro en los chats de vecinos o en los grupos de papás, pero todos ellos, y mis tías uribistas, están convencidos de que su gobierno será la gran puesta en escena de una reunión de chimenea en la que suene La maza sin cantera como música de fondo. Todos se sentarán en el piso, abrazados a un cojín, con ruanas de lana virgen, a repartirse el Estado. Así serán los consejos de ministros. En menos de treinta días habremos comprendido que el bolchevique del barrio La Candelaria subió para gobernar de veras, no como Berto, de quien nos burlábamos por sus desvelos tuiteros y sus salidas de madre. Esta vez será en serio. Al verdadero compañero presidente nadie tendrá que despertarlo de una siesta un martes a las cuatro de la tarde. Es un hombre metódico, colombo-maoísta, sin vicios. Le bastarán dos meses para cambiar la Constitución; tres para estatizar el país; cuatro para organizar sus milicias; cinco para uniformarlas de verde olivo y seis para obligar a los empresarios del Valle del Cauca a adelantar una zafra de caña con asesoría del régimen cubano para que trabajen como hormigas bajo el sol las hectáreas que fueron de ellos (y ahora pertenecen a la economía popular).

—¡Trabaje juiciosa, sumercé! —le gritará, fusta en mano, Claudia López a María Fernanda Cabal cuando la exalcaldesa oficie como teniente de la zafra.

Maurice Armitage invocará clemencia:

—¡Yo ya estoy viejo, yo he sido de izquierdas: tengan piedad! —romperá en llanto por enésima vez.

Pero la única piedad que reconoce el nuevo régimen es Piedad Córdoba, reivindicada en todas las cartillas escolares, y la comandante López no tendrá compasión:

—¡Trabajen, vagos! —gritará.

Imagino un gobierno de Iván Cepeda y me veo a mí mismo huyendo a pie por el Darién en búsqueda de nuevas oportunidades, especialmente laborales. Porque, por si fuera poco, la máxima gracia del futuro Gran Líder consiste en levantar la ceja izquierda cuando lanza como un rayo su mirada de miedo. A diferencia de sus antecesores en general, y de Berto en particular, no ofrece inspiración de ninguna índole a quienes vivimos de la sátira: es imposible imitar su voz, sacarle chispas a su parsimonia, atraparlo en un desliz: qué daríamos porque fuera él, y no Claudia López, quien se lanzará en bóxeres al río Orinoco, o bailara cola contra cola con una diminuta mujer en la costa, como Mauricio Cárdenas, o respondiera ofensas en la plaza pública como lo hizo Fajardo esta semana:

—¡Que si tengo huevas o no tengo huevas, yo le voy a contestar acá al señor que está preocupado por las huevas mías! —dijo con vehemencia en una reunión, mientras desconocía que quien había lanzado la pregunta era un urólogo fajardista auténticamente preocupado por su salud.

El señor Cepeda no lanzaría frases disonantes. No opinaría sobre el clítoris de las mujeres, sobre las notas cuánticas de la guitarra. Al revés: cada vez que toma la palabra, duerme auditorios y mesas radiales con frases largas y correctas, libres de cualquier resbalón y espesas como el engrudo, frente a las cuales ni siquiera caben interpelaciones. Si Cepeda es presidente, convertirá los restaurantes de la zona G en comederos populares; Hollman Morris dirigirá el nuevo Ministerio de la Verdad. Y alias Calarcá será comisionado para la Paz.

Eso somos: mientras existe un aspirante al que llaman Balín por sus propuestas de paz, y 17 candidatos semejantes entre ellos mismos se disputan boronas de popularidad en cada encuesta, el país se despeña hacia una ye con precipicio doble: hacia la derecha, un señor que publica videos con la cara de un tigre animado, confiesa —divertido— que en su niñez torturaba gatos y pretende ser la versión con implantes de Nayib Bukele. Y hacia la izquierda, el líder de piedra cuya imagen de camisa sin cuello será cultivada con fervor en las veredas campesinas para adelantar la versión criolla del Gran Salto hacia Adelante. Aunque Gran Salto hacia Adelante el de Claudia López en el Orinoco.

Regresamos a 2022. No tenemos remedio. Solo nos queda llorar. Como Maurice Armitage cuando le preguntan cualquier cosa. O como el urólogo de Fajardo después de su regaño.

¡BOLETAS PARA EL PETROVERSO!

PASTO
Sábado 31 de enero 
Teatro San Felipe Neri 

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