NO CREDENCIAL, NO CRÉDITO
La orden del presidente Petro a la canciller Sarabia para que elimine “todo” requisito para los nombramientos de embajadores es atrabiliaria. El canciller no dicta leyes ni decretos; y las normas del servicio exterior se desprenden de la Carta, se regulan por ley y se reglamentan por decreto ejecutivo. El canciller ejecuta esas disposiciones y no puede saltárselas a la torera. Los poderes discrecionales que Petro confunde con imperiales son como salvavidas, rodeados de restricciones legales, administrativas y presupuestales. Por no decir éticas.
Esto es otra bandera roja. El presidente no para de atacar a todas las instituciones. Su ministro de Justicia Montealegre desparrama eufemismos para triturar la Constitución y edificar una dictadura. El arribado Saade ha sostenido que hay que cerrar el Congreso y que Petro debe ser reelegido. Ya posesionado incurrió en usurpación de funciones y abuso de autoridad al ordenar que se frenen las citas para obtener pasaporte. La doctrina Saade de la inercia maliciosa también ha impregnado al sistema de salud y contaminará a toda la administración. Es una situación dramática.
En el derrotero de preparar una tortilla dictatorial es evidente que se está echando mano de todo lo que pueda ser exprimido. La inmensa telaraña de las misiones diplomáticas y consulares en el exterior puede alojar a todas las huestes ávidas de vivir a expensas del erario y de promover desde el exterior la toma del poder.
Se sabe que la palabra embajador tiene su origen en el latín ambasciator, más o menos mensajero. En alemán, botschafter significa embajador o mensajero. En la Biblia son mensajeros de Dios. La práctica diplomática exige que los embajadores sean acreditados entre jefes de Estado. Esa es la condición básica, y, siendo que se los acredita en forma solemne con la firma del primer mandatario en virtud de sus “relevantes y excelsas condiciones personales”, se concluye con inexorable elegancia que no se puede designar a cualquier Perico de los palotes. Para asumir funciones presentan sus cartas credenciales de estilo, rimbombantes; pero tenemos casos en que nuestros representantes lo que cargan es prontuario.
La diplomacia fue fundamental para el reconocimiento y el sostén de todos los países latinoamericanos que se independizaron. Santander dictó un decreto para establecer un elegante uniforme diplomático, a la altura de la época. Pero vemos que ahora con la lluvia de paracaidistas el despacho de relaciones es una colcha de retazos, inorgánica; y la carrera diplomática no es instrumento de la diplomacia sino mera fachada.
Para llegar al rango de embajador de carrera hay que ingresar por concurso y se requieren idiomas, escalar una tras una las posiciones y aprobar evaluaciones y cursos de ascenso durante varias décadas. El embajador tiene que confirmar sus conocimientos periódicamente con un evento de actualización, del que depende que permanezca o lo retiren en el escalafón. Quienes concursan se capacitan para representar al país y para participar en la proyección de la política exterior y el manejo administrativo del ramo diplomático. Paradójicamente, los encargados de los asuntos más delicados, como nómina, personal, dineros y contratos, manejo administrativo, régimen disciplinario, etc., son todos foráneos, sin apego al ramo y en su mayor parte codiciosos, algo que Petro no aconseja. Tal parece que para los torcidos no conviene designar a los profesionales del ramo. Tampoco los quieren para que propongan cursos de acción en diplomacia.
El punto de las cualidades necesarias para ser diplomático da para infinitas disquisiciones. Harold Nicolson en su insuperable manual La diplomacia menciona estas virtudes: verdad, exactitud, calma, paciencia, buen carácter, modestia y lealtad. Y da por supuestos la inteligencia, los conocimientos, el discernimiento, la prudencia, la hospitalidad, el encanto personal, la destreza, el valor y hasta el tacto. Napoleón creía que además debían ser favorecidos por la suerte.
La diplomacia en ocasiones se asemeja al ajedrez, porque requiere de estrategia, cubrir posiciones, enroques y sacrificios; en otras es como el billar: hay que saber tacar carambolas. La moraleja es simple: sea que se maneje como arte y ciencia o se juegue como ajedrez o billar, no podemos utilizar pintores de brocha gorda ni enviar a la partida jugadores de parqués.
*José Joaquín Gori es profesor de Diplomacia