EL CARNAVAL DE EUFEMISMOS
Dispuesta a llamar vino al jugo de la uva fermentado y pan a la masa farinácea que pasa un tiempo en el horno, Mac Lamus nos trae hoy una lección sobre el eufemismo, esa manera contorsionada e indirecta de denominar las cosas.
¿Cuándo será que a las cosas
se las llame por su nombre?
Ciudadano: no se asombre
si en esta jerga oficiosa
el eufemismo lo acosa.
Es parte de una cultura
que detesta la feúra
y que insiste en esquivar
aquello que hay que nombrar
sin rodeos, con soltura.
Dijo Trump, en días recientes,
que él no era un dictador
y se describió, mejor,
como un hombre inteligente,
muy práctico y coherente,
de gran sentido común.
Y me pregunto si algún
despistado americano
no lo ve como un villano
y en su falsedad cree aún.
También pasa a cada rato
en el terreno local;
la simulación es tal
que ya a cualquier mentecato
le dicen precandidato.
Los pillos pasan por buenos,
e ignorando el sucio cieno
donde revuelcan su vida,
al baldón buscan salida
y al rechazo son ajenos.
Hay ejemplos numerosos
de lo que implica el cinismo
al usar el eufemismo.
Y resulta sospechoso
que conocidos mañosos
que han sido condescendientes
con tandas de delincuentes,
si antes eran imputados
ahora vayan embalados
dizque para presidentes.
Sin embargo, es en su exequia
en donde la hipocresía,
disfrazada de muy pía,
al ya fallecido obsequia
dones que son entelequia.
Cuando alguien que ha sido perro
migra tieso hacia el destierro,
de su índole fiel dan fe
al punto que creer que
se ha equivocado de entierro.
El tacaño es mesurado,
el borracho es un bohemio,
aunque haya sido del gremio
de juerguistas consumados.
Neurótico es reservado,
repelente, introvertido,
el falso ya no es fingido
sino persona discreta,
buen amigo el alcahueta,
y el pendejo… acomedido.