NOS PUEDE PASAR LO MISMO
La madrugada en que cayó Nicolás Maduro tuve el instinto de redactar un comunicado equilibrado en el que condenara tanto la dictadura de Maduro como la violación flagrante al cielo de Caracas.
—¿Qué haces? —se despertó mi esposa.
—Voy a redactar mi posición y a darla a conocer al mundo: acaban de llevarse a Maduro.
—Pero son las tres de la mañana.
—Pero el mundo merece saberla.
—¿Edmundo? ¿El presidente?
—El mundo: la gente, en general, que necesita una luz en medio de esta confusión.
—¡A quién le importa tu análisis en estos momentos! ¡Además estamos de vacaciones! ¡En una finca! ¡Vas a despertar a las niñas! ¡Vas a despertar a todo el mundo!
—A todo Edmundo, dirás —musité mientras me retiraba.
No le presté atención. Para estar a tono con las reflexiones que desbordaban las redes sociales, me dispuse a redactar mi modesto, mi mesurado aporte. Las noticias informaban que el exdictador viajaba en dirección a Nueva York acompañado de Cilia: aquella mujer que, a diferencia del régimen petrolero de su esposo, tenía problemas de caja, como lo constatamos en vivo y en directo a través de sus encías. Trump, además, informaba detalles del operativo: la manera en la que Maduro procuraba enclaustrarse en un cuarto de paredes de acero mientras lo seguían los soldados americanos, uno de ellos, si la traducción no falla, con un soplete: ¿qué clase de persecución era esa? ¿Sonaba entre tanto la música de Benny Hill? ¿Llevaba el soldado la careta de soldadura? ¿Era en realidad un operario del Sena? ¿El hermano de Duque es mamón?
Pero el primer borrador de mi comunicado resultó poco reflexivo:
“¡Al fin cayó el tirano! ¡Ahora sí te quiero ver bailando!”, redacté.
Desperté a mi esposa para leérselo, pero como única respuesta se dio vuelta en la cama.
—¿Me puedes dejar dormir? —pidió.
—¿Pero es que no entiendes la gravedad del momento? —le reclamé.
—Qué más gravedad que mirarte con esas sandalias.
Omití el comentario despectivo: estaba en chancletas, era verdad, y en medias, sí, porque las mismas sandalias me tallan el talón. Así ha sucedido históricamente. Pero la noticia me había atrapado un sábado de vacaciones y lo meritorio, de todos modos, consistía en arrancar en la madrugada de la finca un texto reflexivo.
—¿Eres periodista y todo lo que te sale es una arenga? —me reclamó cuando, ya incorporada, aceptó que se lo leyera una vez más.
Acto seguido, derramó una serie de reflexiones en las que me pedía no leer el momento como si se tratara de un cotejo de fútbol:
—Maduro es un tirano, sí, pero ¿no te das cuenta del precedente que queda sembrado? ¡Ahora Trump es el sheriff de Suramérica! ¿Qué tal que le dé por hacer lo mismo en Colombia? —me reclamó.
Pero el paralelo no tenía sentido. Si Trump ordenara a la Fuerza Delta romper el cielo bogotano para llevarse a Petro, y realizaran el operativo en la madrugada, seguramente no lo encontrarían: o lo encontrarían, pero trinando.
Bombardearían en simultánea las caballerizas de Usaquén y el mausoleo donde está Gaitán, y MiniDelcy ingresaría presurosa a la habitación presidencial:
—¡Despiértate, jaguar! —exclamaría, mientras le retira los edredones de plumas de ganso—. ¡Los Gripen ya están listos en Catam para enfrentar al águila dorada o volarnos a Suecia ahora que doña Verónica desocupó la casa!
El presidente duerme desnudo, de modo que, para cumplir con el consejo de “cuidar su trasero” ofrecido por el mismo Trump, se precipita, sí, pero al armario, para vestirse. Los marines lo siguen con un soplete en la mano, porque suponen que quiere encerrarse en una habitación de acero, pero, antes de ingresar, Berto sale del vestier con el traje beige que estrenó en diciembre.
—You are under arrest! —grita un soldado.
—The walkin dit! —responde el presidente mientras se anuda la corbata.
Toma entonces un megáfono y ordena llamar a Víctor Currea de Lugo como traductor:
—Dígales que desobedezcan la orden de Trump y obedezcan la orden de la humanidat.
Los soldados se miran con desconcierto.
—O que al menos me dejen mandar un trinito —complementa.
Redacta, entonces, un trino extenso, sin puntuación, en el que habla de Simón Bolívar y la matemática cuántica, y propone aumentar en un 23, 7 % el salario mínimo del —lo llama así— “hermano obrero americano.”
Al final los marines lo suben a un avión caza para conducirlo a Nueva York, pero al ingresar al espacio aéreo americano las autoridades gringas no le permiten el ingreso porque no tiene visa.
***
En mi matizado análisis sobre Venezuela hablaría sobre los ganadores y perdedores del momento histórico. Ganadora: la democracia venezolana. Perdedor: el derecho internacional. Ganadores: los petroleros gringos. Perdedores: la ninguneada María Corina Machado y Edmundo González, que estaba tranquilo en Madrid. Ahora debe viajar a Caracas. Ganadora: Laura Restrepo: ahora podrá asistir al Hay Festival. Perdedora: la caja de dientes de Cilia, olvidada en Miraflores.
Pero estuve poco inspirado. Van apenas cuatro días de enero: la Navidad sucedió tan solo hace diez días (tres meses en Caracas, por orden del régimen). Y ya parece que hubiera transcurrido un año entero. Ha caído, pues, Nicolás Maduro. Sobrevivió a un conteo regresivo; a un concierto en la frontera; a la presidencia interina de Juan Guaidó. Sobrevivió, incluso, a la embajada de Armandito Benedetti. Pero lo derrotó la ventisca invasora de Donald Trump.
Con Maduro cae también la mayor fábrica de humor involuntario de dictador alguno: recordaremos por siempre cuando hablaba con el pajarito de Chávez; cuando no pudo sumar siete más seis; cuando gritaba a Trump “Hans off de inmediaty” en un inglés que, por lo visto, resultó incomprensible. Este, pues, fue su final. Lo correteó un soldado gringo con un soplete mientras él se escondía en piyama, en el cuarto de pánico. Después lo enfundaron en una espantosa sudadera color gris clarito, con los ojos vendados y una soga que le apretaba las muñecas.
Se las apretaba con fuerza. Como las sandalias a mis talones cuando no me pongo medias.
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Sábado 5 de marzo - Centro de Convenciones
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