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Lunes 4 de mayo de 2026
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Ana Bejarano Ricaurte

PAJARITOS EN EL AIRE

Los bombardeos ordenados por el presidente Donald Trump en distintos lugares de Venezuela para tumbar y capturar al dictador Nicolás Maduro y a su cónyuge constituyen una flagrante violación del derecho internacional, en especial de la Carta de las Naciones Unidas. Y aún con todas las consecuencias peligrosas que se desprenden de este momento que parte las aguas de la geopolítica global sí que da gusto ver a Maduro aprehendido. Asesino, torturador, déspota, ladrón y narcotraficante. Claro que merece un castigo, aunque quién sabe si el camino que ahora emprende conduzca al juzgamiento de los crímenes que cometió contra su gente y su país. 

Entonces se ahogan las redes sociales y opinaderos en teorías de cómo y por qué discurrió la operación gringa de la madrugada del 3 de enero. Aunque compiten miles de teorías e informaciones —muchas de ellas falsas— lo cierto es que, para la noche del sábado, ya parecía ser claro que la estrategia de Trump para deshacerse de Maduro fue solo eso.  

Todas las otras explicaciones son ahora inverosímiles o insuficientes. En Venezuela operan muchas estructuras asociadas con el tráfico ilícito de drogas, prueba de ello es el refugio que distintos clanes y narcos han encontrado en ese país. Algo de eso aterriza en Estados Unidos, por supuesto, pero lo cierto es que la crisis de consumo de fentanilo, que tiene a varias ciudades gringas sumidas en una pesadilla zombi, nada tiene que ver con la cocaína que Maduro y su pandilla han repartido por el mundo.   

Ya lo dijo Trump: lo que quieren es el petróleo. El que consideran suyo tras unas matemáticas extrañas sobre cómo creció la industria petrolífera en Venezuela y quién se ha lucrado de ella. Para él, Venezuela es una jugosa refinería con un par de problemas de recursos humanos que resolverá fácilmente. (Claro que el mismo interés profesan otros imperios que han explotado el crudo de los venezolanos sin que ningún beneficio derive para ellos). Por eso nada de esto se trata sobre la democracia o la justicia.   

Porque si lo fuera ya hubiesen reconocido que en las pasadas elecciones presidenciales Edmundo González obtuvo más de siete millones de votos y consolidó una victoria indiscutible. En su rueda de prensa de ayer, Trump advirtió que la fórmula de González, María Corina Machado, es una señora amable, pero no cuenta con el “respeto” necesario para liderar el país. Acto seguido describió a Delcy Rodríguez como otra señora amable y además dispuesta a trabajar bajo su mando para hacer a Venezuela “grande” otra vez.  

Después de lo que parece un viaje de Rodríguez a Moscú, la chavista de antaño asumió de facto el mando en Caracas y pronunció un discurso sobre la soberanía y todas esas cosas vacías que programan para decir en la boliburguesía. Después, fue declarada presidenta encargada por el Tribunal Supremo, también conocida como la notaría de confianza del régimen.    

Tal vez Trump le tiene pereza a quien le quitó el premio Nobel de la Paz. Quizás hay un acuerdo con Rodríguez porque la otrora revolucionaria comprometida es ahora una negociante que se ha enriquecido a punta de robar a los pobres de Venezuela y por ello es fácilmente comprable. El rechazo a Machado, que hasta hace poco fue una fervorosa trumpista, podría revelar un trato con la cúpula que quedó incólume y que entregó al líder para preservarse (por ahora).   

Trump describió a Machado con enorme condescendencia y desprecio, y eso que ahora se dignó a mencionar su nombre. Ella ha pasado los últimos meses doblegándose en gestos indignos e innecesarios para complacer al presidente naranja, ahora todos desechados cual novio tóxico que se quita la máscara. Como en la canción, Donald le pintó a María Corina pajaritos en el aire, y tremendos pajaritos pintó.  

Machado, con todos su bemoles, incoherencias e insuficiencias es la líder legitima de la resistencia a la dictadura de Nicolás Maduro. Es, además, la fórmula vicepresidencial del presidente electo de Venezuela. Su más reciente error fue creer que Trump sería su soldado por la democracia. ¿Estará dispuesta ahora a demandarle el lugar que el pueblo venezolano le concedió y que él insiste en negarle. 

Como sea, entiendo y acompaño la alegría fugaz de mis amigos venezolanos al ver la caída del sátrapa, incluso si la permitió una operación ilegitima y la impulse la fiebre petrolera. 

Por acá todo se siente borroso, incierto y peligroso. El presidente gringo anuncia el regreso frontal de la Doctrina Monroe con la que trataron a América Latina como su patio trasero y muchos celebran. Es hora de que la izquierda colombiana baje la cabeza porque su tibieza o aquiescencia con el régimen venezolano ayudó a habilitarlo hasta este punto. Y la derecha también debe sacudirse: mientras aplauden como focas Trump puede estar preparándose para pintarles pajaritos a ellos también.

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