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Lunes 4 de mayo de 2026
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Luis Alberto Arango

Decir disparates no resuelve nada…

Si algo dejó claro el consejo de ministros en Córdoba es cómo podrían transcurrir los meses finales del Gobierno Petro: problemas reales que exigen ejecución, pero que terminan absorbidos por la confrontación y la narrativa ideológica.


El título de esta columna no lo pronunció un dirigente de oposición ni un columnista crítico. Surgió del presidente de la Unión Sindical Obrera (USO), Martín Ravelo, respondiendo directamente al presidente Gustavo Petro después del consejo de ministros realizado en Córdoba el pasado 10 de febrero. Resume, con una contundencia inesperada, el momento político que vive el país: “Decir disparates no resuelve nada…”

No era para menos. El consejo de ministros debía concentrarse en una emergencia grave. En Córdoba, 58.020 familias resultaron afectadas por las inundaciones; cobró 18 víctimas mortales; 10.346 viviendas sufrieron daños; más de 30.000 hectáreas de cultivos quedaron bajo el agua y 450.000 cabezas de ganado están en riesgo. Se estiman al menos 80.000 millones de pesos para la recuperación inicial. Con esas cifras sobre la mesa, el Gobierno solicitó declarar la emergencia económica. Era una reunión para coordinar decisiones urgentes.

Petro abrió la sesión fijando reglas: “esto es un consejo de ministros… no estamos en un foro, ni en una fiesta… estamos resolviendo”. Incluso advirtió que no se trataba de “quedarnos analizando”, sino de analizar para resolver. El problema es que la dinámica posterior contradijo esas afirmaciones. Durante 4 horas y 45 minutos, la reunión derivó en algo muy distinto a una coordinación ejecutiva.

Tras los primeros datos técnicos sobre la crisis, se expandió hacia múltiples frentes: ataques de Petro a la Fiscalía, referencias a la parapolítica, cuestionamientos a la Ley 142, críticas a la Corte Constitucional, menciones reiteradas a grupos económicos y, otra vez, su fijación con Luis Carlos Sarmiento. La emergencia climática quedó intercalada entre exposiciones ideológicas y confrontaciones políticas.

Uno de los varios temas que trató el presidente fue el de Ecopetrol. Al respecto afirmó que, si el precio del petróleo baja de 60 dólares por barril, Ecopetrol se quiebra. Agregó que un “compañero sindicalista” no tenía idea de lo que hablaba y que impulsar el fracking sería “arruinar” la empresa más rápido. La respuesta de la USO fue técnica y publicada en redes sociales. Ravelo recordó que el breakeven —el punto de equilibrio para no registrar pérdidas— ronda los 50 dólares y que el lifting cost promedio, es decir, el costo operativo de extracción, está cerca de 12 dólares por barril. Mientras el Brent —la referencia internacional del precio del petróleo— esté por encima del punto de equilibrio, la empresa genera utilidades. Decir que se quebraría por debajo de 60 dólares, sostuvo el sindicato, carece de sustento técnico.

La USO fue más lejos: recordó que el país importa cerca del 20 por ciento del gas que consume, que la Refinería de Barrancabermeja importa crudo liviano para completar su carga y que evaluar responsablemente los yacimientos no convencionales (el fracking), podría fortalecer la autosuficiencia energética. El mensaje de la USO fue claro: el debate exige cifras, no ideología.

“El mensaje de la USO fue claro: el debate exige cifras, no ideología”.

Es embarazoso que el sindicato petrolero deba explicar al presidente de la República las finanzas de la principal empresa exportadora de Colombia. Pero que, además, lo haga advirtiendo que “decir disparates no resuelve nada” es demoledor.

Sin embargo, hay algo más profundo y diciente sobre lo que nos espera los próximos meses de gobierno. En medio de la discusión sobre una tragedia que afecta a decenas de miles de hogares, el presidente señaló que “esta tragedia es en parte culpa de negociantes del agua y de negociantes de petróleo. Y no hay más culpables”. Reducir un fenómeno multicausal —clima extremo, gestión de embalses, ordenamiento territorial, infraestructura— a una explicación única puede ser eficaz políticamente, pero no es propio de un espacio técnico de coordinación.

“Eso demuestra que la solicitud no era producto de la improvisación”.

Cuando el consejo ya llevaba más de dos horas y media, Petro terminó de desmentirse —“esto no es un foro ni una fiesta”— convirtiéndolo, precisamente, en eso. En plena emergencia, con decenas de miles de familias afectadas, se desvió hacia una anécdota sobre alcohol: “aquí había el ron Córdoba… después entró el aguardiente antioqueño, el ron Caldas… y yo bailaba… aquí la borrachera tiene que ayudar en algo”. Y, sin transición, pasó a dictar otra cátedra: atacó el etanol, el azúcar y el trago como “veneno” —“etanol, veneno en la atmósfera y azúcar, veneno en la sangre”— y propuso “hacer un cambio” en los sembrados, con un apéndice sobre el Valle del Cauca (arroz, algodón, maíz, piña, frutas) en pleno consejo convocado por la tragedia de Córdoba. Una cátedra improvisada, en el lugar equivocado y en el momento equivocado.

El presidente dijo que el gobernador de Córdoba había pedido un “gerente” para coordinar la emergencia. Una solicitud que no era improvisada: Colombia ha recurrido muchas veces a figuras ejecutivas de mando único para destrabar decisiones y acelerar la respuesta en crisis de esta magnitud. Petro, en cambio, lo descalificó con el argumento de la autonomía —“¿la autonomía dónde quedó?”—, un concepto que, para este caso, es inconexo e irrelevante. Y aunque luego matizó (“no le digo que no”), no tomó una decisión.

En lugar de ver en esa figura una herramienta para potenciar la eficacia del Estado en circunstancias excepcionales, pareció leerla como una concesión política. ¿Es resistencia de Petro a la lógica ejecutiva o inclinación permanente por el debate abstracto sobre la operación concreta?

Durante más de tres años, el estilo del Gobierno ha sido similar: confrontación permanente, búsqueda de antagonistas estructurales, cátedras sobre economía política y una narrativa que privilegia la explicación ideológica sobre la ejecución administrativa. Colombia no ha sido gobernada con una dirección ejecutiva clara, con metas medibles y evaluación constante de resultados. Se habla mucho —y no pocas veces con disparates— y se ejecuta poco.

Los últimos meses de un gobierno suelen servir para consolidar gestión y ordenar la transición. Pero todo indica que, más bien, lo que veremos es la prolongación del modelo exhibido en el consejo de ministros de Córdoba.

“…lo que veremos es la prolongación del modelo exhibido en el consejo de ministros de Córdoba”.

Cuando incluso aliados naturales —como la USO— sienten la necesidad de advertirle al Gobierno que “decir disparates no resuelve nada”, lo que está en juego es la concepción misma de liderazgo que se le ofrece al país.

En las próximas elecciones no se elegirá únicamente un programa o un apellido. Se elegirá un método: el de la ejecución responsable o el de la estridencia permanente; el de la gestión con resultados o el de la narrativa desordenada sin cierre.

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