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Domingo 3 de mayo de 2026

Crédito: Yamith Mariño - CAMBIO

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Imagen de perfil de Federico Díaz Granados
Federico Díaz Granados

Fin de fiesta

No hace mucho escuchaba la canción Fin de fiesta, de Kevín Johansen, a propósito de las pérdidas, las clausuras y los finales, pocas veces felices, de las relaciones humanas. Esa música habla del momento en que la gente se va, de la incomodidad del adiós, de la memoria que se resiste a borrar las fotografías. De alguna forma, la vida es una inmensa fiesta que tiene un final cuando hay que recoger los regueros, abrir las cortinas y ventanas, barrer los desastres y empezar de nuevo todo.

Hace cincuenta años fue el fin de fiesta de una gran parranda que fue el Boom latinoamericano. En el libro Las cartas del Boom, los compiladores y curadores de esta inmensa correspondencia entre Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Carlos Fuentes tomaron la decisión de dividir el volumen en dos partes: Pachanga de compadres y Fin de fiesta, para lograr una cronología del nacimiento, el entusiasmo, la consolidación y el final del Boom o, al menos, el distanciamiento entre sus dos máximas figuras.

El 12 de febrero de 1976, en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, antes del preestreno del documental La odisea de los Andes, García Márquez se acercó a saludar a su viejo amigo y compadre Mario Vargas Llosa. “Mario”, exclamó Gabo. La respuesta fue un fulminante puñetazo acompañado de una frase. “Esto es por lo que le hiciste a Patricia en Barcelona”. Lo demás es historia. Elena Poniatowska corrió a comprar un filete de carne cruda para ponerlo sobre el ojo morado. Ese fue el fin de fiesta. Si bien desde el caso Padilla, en 1971, algo se había resquebrajado en aquella amistad breve pero intensa, hace cinco décadas ese golpe selló el quiebre definitivo. 

En las razones de aquella pelea y la crónica respectiva se han detenido con mayor juicio Gerald Martin, Xavi Ayén, Plinio Apuleyo Mendoza, Guillermo Angulo y, recientemente, Jaime Bayly en su novela Los genios, entre otros. Pero lo cierto es que ese día algo se fracturó para siempre en la literatura latinoamericana. Carmen Balcells ya lo había sentenciado con una frase que mezclaba lucidez y diplomacia: “Mario es el primero de la clase, pero Gabo es el genio”.

Luego de haber empezado una amistad epistolar que se sostuvo durante año y medio Vargas Llosa describe el primer encuentro el 9 de agosto de 1967 en el aeropuerto de Maiquetía de Caracas: “Nos conocimos la noche de su llegada al aeropuerto de Caracas; yo venía de Londres y él de México y nuestros aviones aterrizaron casi al mismo tiempo. Antes habíamos cambiado algunas cartas y hasta habíamos planeado escribir, alguna vez, una novela a cuatro manos —sobre la guerra tragicómica entre Colombia y Perú en 1931—, pero esa fue la primera vez que nos vimos las caras”.

Vargas Llosa escribió además el que quizá sea el mejor ensayo sobre García Márquez: Historia de un deicidio, que fue su tesis doctoral en la Universidad Complutense. El volumen, publicado por Seix Barral en 1971, tuvo dos ediciones en un lapso muy breve, pero a raíz del puñetazo, el autor peruano prohibió que siguiera circulando, y vinieron años de silencio y algunas referencias desdeñosas, sobre todo en torno a la relación de Gabo con Fidel Castro y su apoyo a la Revolución cubana.

Un par de treguas silenciosas ocurrieron durante las décadas posteriores de enemistad. En 2006, Vargas Llosa autorizó que el ensayo se incluyera en el volumen de obras completas editado por Galaxia Gutenberg, y al año siguiente apareció publicado el capítulo ‘El Amadís de Gaula de América’ en la edición conmemorativa de Cien años de soledad, presentada en el IV Congreso Internacional de la Lengua Española en Cartagena de Indias. Tanto que Vargas Llosa accediera a su publicación como que García Márquez permitiera su inclusión en la edición conmemorativa de sus ochenta años fueron, acaso, una tácita tregua o una breve zona de distensión.

En julio de 2009 visité a Gabo, como lo hice varias veces, en su casa de Pedregal de San Ángel. Su memoria comenzaba a fallar, pero los recuerdos del corazón permanecían intactos. Su asistente personal y prima, Margarita Márquez, aprovechaba siempre que algún viajero lo visitara en la casa de la calle Fuego 144 para enviar recortes, libros que él encargaba y algunos efectos personales. En aquella oportunidad envió conmigo una serie de recortes y el libro De Gabo a Mario, de Ángel Esteban, donde se desentrañaba no solo la correspondencia sino la historia de esa amistad. Cuando se lo entregué, Gabo apenas lo hojeó sin mencionar mucho. Solo dijo: “No sabía que había salido este libro”. Prefirió detenerse en los tres volúmenes que yo le llevaba de regalo con los discursos de los premios Nobel de Literatura. Fue inolvidable verlo reconocer las fotografías de los autores en la portada y comentar algo sobre cada uno. “Derek Walcott es un gran poeta”, dijo, entre otros.

Se sabe de algunos amigos bien intencionados intentaron provocar encuentros planeados o aparentemente sorpresivos. Por ejemplo, se menciona mucho una conspiración para que se encontraran “casualmente” en Cartagena, en un restaurante, pues Vargas Llosa estaba invitado al Hay Festival y Gabo pasaba su temporada de comienzos de año en su casa de la calle del Curato. Mercedes, ‘la Gaba’, lo intuyó y canceló la salida aquella noche: “Hemos vivido sin Vargas Llosa cuarenta años y nos ha ido muy bien; no veo la necesidad de que nos veamos ahora”, afirmó. También hubo expectativa ante la posibilidad de que coincidieran en la fiesta de los ochenta años de Carmen Balcells, pero, al final, ninguno de los dos asistió.

Al morir Gabo, el Jueves Santo, 17 de abril de 2014, Vargas Llosa declaró: “Sus obras le dieron gran difusión y prestigio a la literatura; sus novelas le sobrevivirán y seguirán ganando lectores por doquier”. Y ante la pregunta insistente de un reportero sobre la famosa ruptura respondió: “Es un pacto entre García Márquez y yo. Él lo respetó hasta su muerte y yo haré lo mismo”. Y así fue. Ambos se llevaron el secreto y los dos llenaron de prestigio a las letras y al idioma español.

Y quizá toda gran fiesta esté destinada a terminar así, con las luces encendidas de golpe, los vasos vacíos sobre la mesa y una música que aún resuena en la memoria, aunque ya nadie baile. El Boom fue eso: una celebración irrepetible del idioma, una conspiración de talento, ambición y amistad que cambió para siempre la literatura en español. El puñetazo no borró los libros ni el fulgor de aquellas páginas que nos enseñaron a mirar América Latina con asombro y desmesura, pero sí dejó una grieta humana en medio del esplendor. La fotografía de Rodrigo Moya a García Márquez con su ojo morado inmortalizó el momento. La pachanga de compadres dejó algunas de las obras que permanecerán en la memoria de millones de lectores a lo largo de los próximos siglos. Se llevaron a la tumba el secreto, pero nos dejaron el idioma encendido y multicolor. Y eso basta para que, aun en el salón vacío después del fin de fiesta la música siga sonando.

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